Obispos de México: Un nuevo horizonte/Felipe de J. Monroy*
Con la esperanza, un pie herido y a rastras, caminó kilómetros y kilómetros en la oscuridad. El evento que acababa de sufrir lo había dejado trastornado, por eso en la noche más negra de su vida, buscó el apoyo de sus amigos; el amparo de sus amigos que tanto quería, y a los que siempre dio preferencia por encima de sus propios padres.
El impacto que casi partió en dos su automóvil negro, también lo quebró a él en lo emocional; su pobreza anímica era igual a la pobreza material.
El crédito de su teléfono celular sólo le alcanzaba para unas cuantas llamadas y en las bolsas del pantalón sucio y roto de mezclilla, el dinero no existía.
No quería llamar a sus padres, ya bastante habían hecho por él y no había correspondido de la misma forma. Además no se sentía con valor para enfrentarlos pues apenas unos días atrás, la discusión que tuvo con ellos dejó resquebrajada la convivencia familiar.
No le quedaba otra opción que resolver el problema él solo.
Con el sereno de la madrugada como único compañero, se echó a andar para buscar a alguien que le tendiera la mano.
Se sentía culpable del accidente que acababa de tener con su carro negro, pero también por la discusión con sus padres que tanto amaba (pero que no atinaba a entender). Por eso inconscientemente se echó a caminar a manera de expiar sus faltas, sus culpas, los remordimientos.
En la bruma de la noche cada paso que daba era una penitencia para su maltrecha extremidad inferior. Cada paso que daba era darse cuenta de su soledad en medio de tantas proclamas de “amistad”. Cada paso era una llamada de auxilio al hermano del alma.
Cada llamada era ausencia. Cada llamada era silencio; era un golpe al corazón, una fractura a la amistad. Era abono a su desesperanza, a su fe perdida.
En su caminar en busca de auxilio, con la negrura de la noche y la soledad como fieles compañeros, golpeado y con los puños apretados a punto de tronar, sólo encontró a Dios.
Nunca antes lo había invocado tanto.
Esa noche cuando todo su mundo estaba ausente, solo Dios acudió a su llamado.
Hacía días que su joven vida se había convertido en un rodar y rodar. Sus 22 años comenzaban a conocer las noches de insomnio. Noches de vorágine en la cama. Noches de sudor con hartazgo.
Esa era su vida de juventud, de tumbos aquí, de tumbos allá.
Cuando era apenas un niño sus sueños, su urgencia era crecer lo más rápido posible: “mamá ya quiero ser grande”. Ahora deseaba echar el tiempo atrás y sentirse arropado en el calor de sus padres, de su hogar.
Caos en la razón.
Confusión, desasosiego en el corazón. Esa era su vida desde hace tres años.
Noches y días de furia contra la vida. De coraje contra su propia humanidad. De rabia contra su mundo.
No había nada que lo detuviera. La inercia de la insatisfacción por los retos no alcanzados lo arrastraba. No había nadie que lo detuviera. No había tope que lo frenara.
Los días que eran noches para él, los vivía entre la cordura y la sinrazón. 22 años que vivía entre destellos de madurez y ráfagas de intolerancia y rechazo a las reglas, a la autoridad paterna, a la disciplina, a lo ya establecido.
Sus sueños de grandeza se volvieron pesadillas. Ya nada tenía claro. Su mente era una mezcla de intenciones, desesperanza y compromisos no cumplidos.
No supo dosificar la libertad que desde niño tuvo; se la echó de un solo golpe, traspasó la línea del libertinaje.
La inconsciencia que da la juventud: el tener todo bajo control; el saber más que los demás; el tener siempre la razón; el “yo lo puedo todo”; el querer comerse el mundo a puños y no lograrlo, todo ello tornó su vida en un caos y en un cúmulo de desilusiones.
Al alba, a punto de desfallecer, con el corazón y su carro partido en dos, sin el amparo de sus grandes amigos; en su caminar en busca de ayuda, como siempre, lo único que encontró fueron los brazos abiertos y cálidos de sus padres.
Sólo ellos podrían estar siempre ante cualquier llamada de auxilio de su hijo, el ser más amado…
QMX/mmv