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Francisco I. Madero, una figura revolucionaria
Una historia de lealtades y culpa perpetua; su vida quedó atrapada en ese instante, un segundo de valentía y fracaso
Clint Hill murió el pasado lunes 24 de febrero, a los 93 años, en su casa de Belvedere, California, con su esposa Lisa a su lado. Fue el célebre agente del Servicio Secreto que saltó a la cajuela de la limusina de John F. Kennedy aquel 22 de noviembre de 1963, tras los disparos de Lee Harvey Oswald en Dallas. Su vida quedó atrapada en ese instante, un segundo de valentía y fracaso que lo marcó hasta el final. Me hubiese gustado entrevistarlo. No sé si me habría dicho algo que nunca había revelado antes o si Clint Hill se limitaría a repetir ese relato ya gastado por el tiempo, pero quisiera haber charlado con él. Tal vez le habría preguntado si alguna vez soñó con un final diferente o si en alguna versión de su memoria, había conseguido salvar al presidente y cambiar la historia de ese mediodía en Dallas
Hoy, 26 de febrero de 2025, pienso en Clint Hill desde mi escritorio. No lo conocí personalmente, pero a la distancia, a muchos kilómetros de California, donde murió este lunes, lo siento cerca en mi memoria, más incluso que a la propia Jacqueline Kennedy. Y pienso que es extraño cómo alguien puede volverse un fantasma familiar, sin haber cruzado jamás una palabra con él.
Lo vi en muchas entrevistas, leí varios de sus libros, observé su rostro y su dura y a la vez melancólica mirada en cientos de fotografías. En la última década, en su cara se notaba ya el paso de los años y, sobre todo, el peso de un sólo día, aquel en las calles de la ciudad donde la modernidad y la historia se entrelazan, y fue marcado por el eco de un disparo que cambió el rumbo de una nación.
Recuerdo cómo comenzó todo. Yo tenía cinco años y vivía en Tapachula. En casa de mis abuelos maternos, a donde llegaba a refugiarme por las tardes, descubrí al presidente John F. Kennedy, y también a Marilyn Monroe, en las páginas de la revista Life en español.
Fui un lector precoz y desde los cinco años también comencé a saber del mundo a través de la lectura de Selecciones. No sé exactamente qué me atrapó primero, si las imágenes, las portadas a todo color, o la presencia constante de un hombre que —aunque a partir de ese fatídico mediodía en Dallas ya no estaba entre nosotros—, siguió dominando las páginas como si el tiempo se hubiese detenido el 22 de noviembre de 1963. Ese día recuerdo también vi llorar en silencio a mi abuelo Abraham, al escuchar por la tarde la noticia de su muerte y leer en el tiraje especial del periódico local El Debate, los pormenores del asesinato.
Semanas después, llegó Life y conocí, como millones, la crónica del magnicidio de Kennedy. Supe de su tragedia, del misterio que rodeaba su muerte, que al paso del tiempo se convirtieron en una obsesión infantil que hasta hoy nunca ha desaparecido.
Con cada número de la revista, con cada fotografía de esa primera dama con el vestido rosa manchado de sangre, con cada crónica de aquel día en Dallas, la historia me atrapaba cada vez más. Vi las fotos de cuando Jacqueline Kennedy descendió del avión con la misma gracia con la que solía moverse, vestida con un traje Chanel, rosa frambuesa, de lana bouclé, suelto y ligero, que caía sobre su figura con gracia y naturalidad que se ajustaba a su anatomía. Luego supe que no lo había comprado en París. Era un Chanel, sí, pero reproducido bajo la estricta licencia de la casa Chez Ninon en Nueva York, con telas y patrones enviados desde Francia. La chaqueta, de doble botonadura y ribetes azul marino, se ceñía a su cuerpo, como si el destino hubiera decidido que precisamente esa silueta debiera quedar impresa en la memoria del mundo.
En la cabeza, Jacqueline llevaba un sombrerito redondo, un pillbox o literalmente una caja de píldoras, porque su forma cilíndrica y compacta era similar a los pequeños estuches en los que se guardaban las pastillas. Se trata de un tocado pequeño, sin alas ni visera, del mismo tono de su vestido. Debajo, los guantes blancos de cabritilla, de gran suavidad y resistencia, que en ella eran un símbolo de elegancia y refinamiento. La textura delicada de los guantes apenas asomaba mientras saludaba a la multitud con una sonrisa contenida. He leído que esa expresión en sus labios no era de felicidad, sino de disciplina. La misma que la llevaba a sostener esa imagen en cada aparición, a ser la mujer de un presidente al que le abría paso con la determinación de quien comprende su papel en la historia, antes de que la propia historia se lo reconfirme.
El rosa no era un color cualquiera. Era un mensaje. Representaba juventud y renovación, el barniz de modernidad que la Casa Blanca necesitaba. Pero en Dallas, ese mismo color se tiñó de un rojo más oscuro. La tela, que horas antes se sacudía con la brisa texana y brillaba al sol, se convirtió en testigo de un instante imposible de borrar. Y ella no se quitó ese traje al salir del hospital Parkland con el cuerpo inerte de su esposo dentro de un féretro, ni tampoco durante la juramentación de Lyndon B. Johnson, en una ceremonia improvisada a bordo del Air Force One, aún estacionado en la pista de Love Field. Y así permaneció, con él, en Washington, ante los ojos de millones de televidentes y las cámaras de los periodistas.
Mientras la sangre de John F. Kennedy ya endurecía los puños y el frente de su chaqueta rosa —y desatendiendo las voces de sus asistentes que la conminaban a cambiarse la ropa, salpicada también de gris, con minúsculos restos del cráneo y el cerebro de su marido—, Jaqueline murmuró con voz plana, sin aparente emoción: “No lo haré. Que vean lo que le han hecho”. Al hablar, sus labios parecían haber olvidado su forma natural. No temblaban; frente a las cámaras se veían tensos, rígidos, como si se resistieran a moverse. Y no era una mueca, tampoco un rictus de dolor evidente, sino algo más. Su boca, normalmente amistosa y sonriente, tenía ahora un aire extraño; mostraba un gesto que era más que la rabia apenas contenida, algo insondable que solo quienes han visto lo irremediable pueden llevar en el rostro.
No hubo otro atuendo en la historia contemporánea de los Estados Unidos, que quedara tan impregnado de los vestigios testimoniales de un terrible momento, como el de ese día en Dallas.
Crecí con esa imagen, y con los años, he escrito extensas crónicas de lo acontecido en Texas y aún pervive en mí la sensación de que Kennedy fue más que un presidente asesinado; fue un símbolo de algo que, desde niño y aún sin entenderlo del todo, me deslumbró.
Sin embargo, también quedé cautivado por la actitud de Clint Hill, ese mediodía en la calle Elm. Para muchos fue un hombre corriente en un momento extraordinario, pero para mí fue el héroe al que siempre imaginé —vestido no con el pantalón y el saco oscuro que le sirvió de mortaja temprana para el presidente, antes de ingresarlo al Parkland hospital, distante unos 6.4 kilómetros de Dealey Plaza—, sino con capa de superhéroe, corriendo a toda velocidad hacia la limusina negra, para resguardar a una atribulada Jaqueline, quien también, hay que decirlo, estuvo expuesta a las balas del francotirador del depósito de libros. Pero él la protegió.
Las seis personas que viajaban en la limusina Lincoln Continental SS-100-X, el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas, eran, además del presidente Kennedy y su esposa Jacqueline, el gobernador de Texas John Connally —quien resultó herido durante el tiroteo—, y su esposa Nellie, que se hallaban en el asiento intermedio del auto. Adelante, los agentes del Servicio Secreto, William Greer —conductor del vehículo—, y Roy Kellerman, sentado en el asiento derecho.
Clint, de lentes negros, viajaba de pie sobre el estribo izquierdo del auto de seguimiento Halfback —un Cadillac detrás de la limusina SS-100-X, a unos 3 a 4 metros del vehículo presidencial—, cuando oyó el primer disparo. Corrió hacia adelante y trepó a la cajuela justo cuando el auto aceleraba hacia el triple paso subterráneo, un tramo de unos pocos segundos y menos de 10 metros en total desde su posición inicial. La limusina estaba ya a unos 70 metros del edificio de siete pisos, en el momento del tiro fatal.
El depósito de libros Texas School Book Depository, ahora llamado Dallas County Administration Building, está en 411 Elm Street, y desde su ventana del sexto piso, en la esquina sureste —donde Lee Harvey Oswald disparó—, hasta el lugar exacto donde Kennedy recibió el último disparo, hay una distancia de entre 85 y 90 metros.
La limusina presidencial llegó al área de emergencias del Parkland hospital minutos después del tiroteo en Dealey Plaza, y Kennedy fue declarado muerto a las 13 horas, en la Sala de Trauma 1, unos 30 minutos, tras los disparos.
Ese hospital también sería testigo de otros eventos ligados al caso. Lee Harvey Oswald murió ahí dos días después, el 24 de noviembre, tras ser baleado por Jack Ruby, y el mismo Ruby falleció en sus instalaciones en 1967, a causa de una embolia pulmonar, relacionada con cáncer de pulmón en una de las salas de seguridad dentro del hospital, diseñada para pacientes en condiciones críticas, que requieren vigilancia policial.
Después supe que Clint Hill se convirtió en padre ausente, un esposo roto y un escritor tardío. Conocí además que originalmente él no era el protagonista de la historia, pero en esos fatídicos segundos, luego de las tres descargas, quedó atrapado en ella para siempre al proteger a Jacqueline y posiblemente a evitar que Oswald siguiera disparando. Dallas marcó su infausto destino, pero no lo fue todo. Aquel instante de 1963 lo convirtió en símbolo de aparente fracaso, pero también de humanidad y lealtad.
Me pregunto qué pensaba Hill cuando cerraba los ojos por la noche. ¿Se repetía las imágenes como un castigo? ¿O acaso había aprendido a dejarlas a un lado, a negociar con los recuerdos sin que le destruyeran del todo? Nunca salvó a Kennedy, pero quizás cada noche nunca dejó de intentarlo.
Su epitafio podría ser simple: “lo intenté”. Así lo escribió él mismo en la red social X en 2024, al cumplirse 61 años del magnicidio. Dos palabras que pesan como una vida. No hubo justificaciones, ni largos discursos. Sólo eso: “lo intenté”.
Si alguien tenía derecho a resumir su existencia en dos palabras, era él. Aquel día saltó sobre el automóvil, cubrió a Jackie con su cuerpo y trató de hacer lo imposible. Pero el destino, la fatalidad, la precisión de un certero tirador como Oswald, ya lo había decidido. Su esfuerzo quedó marcado en la historia, pero la misma historia parece que no le concedió la redención.
Con los años, Clint Hill se convirtió en cronista de su propia pesadilla. Publicó libros, concedió entrevistas, reconstruyó una y otra vez el instante que le cambió la vida. Hay quienes lo vieron como un hombre valiente; otros, más severos, como un testigo derrotado. Para mí, quizá fue ambas cosas.
En una entrevista dijo que, al mirar hacia atrás, lo único que le quedaba era contar la verdad tal como la vivió. Y en eso fue implacable. Sus palabras no tenían adornos, ni épica, ni grandes revelaciones. Sólo la dureza de quien carga con la memoria de algo irreversible, como hacemos muchos.
Pero Clint Hill no nació con el destino de ser un nombre en los libros de historia. Vino al mundo el 4 de enero de 1932 en Larimore, Dakota del Norte, hijo de Alma Peterson, una madre soltera de 39 años con cinco hijos más. El humo de la Gran Depresión ahogaba las praderas, y su madre, criada en la rudeza noruega, no podía cargar con otro. Lo dejó en un orfanato de Fargo —una ciudad helada de calles anchas y edificios bajos de Dakota del Norte—, en enero de 1932, en una cuna de madera fría donde, se asegura, lo bautizaron luterano antes de que Chris y Jennie Hill lo adoptaran tres meses después. Empero, Fargo dejó en él un eco silencioso de su primer abandono, que lo perseguiría hasta el fin de sus días.
Washburn, un pueblo de mil almas, fue su refugio infantil. Los Hill —también de raíces noruegas como su madre—, le dieron un hogar austero pero sólido. Clint creció entre campos de trigo y cielos abiertos, un chico callado que sus biógrafos aseguran cazaba conejos con un rifle prestado y jugaba fútbol bajo el sol helado. No había lujos; su padre, carpintero, y su madre, ama de casa, le enseñaron el valor del trabajo duro y el silencio.
—Nunca hables de más —le recordaba siempre su padre Chris Hill, una lección que Clint llevó hasta el Servicio Secreto.
En la escuela, Clint era aplicado, pero no brillante. Sacó buenas notas, las suficientes para entrar a Concordia College en Moorhead, Minnesota, donde estudió historia y educación física. Allí conoció a Gwen Weigel, su primera esposa, una joven que lo acompañaría en los años por venir. Se casaron en 1955, antes de que el Ejército lo llamara al servicio militar. Fue un matrimonio práctico, sin aspavientos, como todo en su vida entonces —se recuerda.
El Servicio Secreto llegó en 1958, tras un paso por los ferrocarriles y un trabajo de escritorio que lo aburría. Empezó a trabajar en Denver, cazando falsificadores, pero pronto lo destinaron a Washington. Proteger a Eisenhower fue su bautizo: un general distante que apenas lo miraba. Luego, en 1960, lo asignaron a Jacqueline Kennedy, un cambio que le desgradó ostensiblemente.
—Pensé que era un castigo —escribió en Mrs. Kennedy and Me. No sabía que ella lo arrastraría al ojo del huracán y también casi hasta la inmortalidad.
El 22 de noviembre de 1963, Dallas lo hizo añicos. Hill, de entonces 31 años, corría atrás del Lincoln de Kennedy cuando el primer disparo sonó. Vio al presidente desplomarse y saltó hasta la cajuela, empujando a Jacqueline de vuelta al asiento mientras las balas zumbaban. El filme de Abraham Zapruder lo congeló ahí: un hombre de lentes negros y traje oscuro, trepando contra la muerte. Kennedy no sobrevivió, y Hill cargó esa culpa como un yugo. “Si hubiera sido un segundo más rápido, habría yo muerto en su lugar”, dijo al programa 60 Minutes en 1975.
La película de 26 segundos en 8 mm que capturó Zapruder del asesinato de John F. Kennedy, con sus 486 fotogramas, incluye el momento exacto en que Clint Hill saltó a la cajuela de la limusina para proteger a Jacqueline. Zapruder vendió los derechos a Life por 150 mil dólares —equivalentes a más de 1.3 millones hoy—, pero quedó tan afectado que donó parte del dinero y nunca volvió a usar su cámara Bell & Howell.
Gwen, la esposa de Clint, se hallaba en casa con sus dos hijos pequeños, Chris y Corey, cuando las noticias llegaron. Chris nació en 1958, Corey en 1961, y ambos crecieron con un padre ausente, que se hallaba siempre de viaje, en cumplimiento del deber.
Luego del magnicidio, él siguió al servicio de Jacqueline hasta 1964; después pasó a trabajar con Lyndon B. Johnson, escalando a jefe de protección presidencial en 1967. Pero el alcohol ya era su sombra y su mejor amigo. Una botella de whisky en la mesita y dos cajetillas de cigarrillos Lucky Strike al día, eran su desayuno, comida y cena.
Entonces la depresión lo golpeó como un puñetazo de Cassius Clay directo a la mandíbula. En 1975, a los 43 años, los médicos lo forzaron a retirarse. El estrés postraumático —un diagnóstico que entonces no tenía un nombre definido en la ciencia médica—, lo había quebrado.
—También me hice adicto a la telenovela Dallas. No podía dormir sin ver la serie —reveló en el documental Five Days in November. Su esposa Gwen lo sostuvo como pudo, pero el matrimonio se desgastó. Para 1982 ya vivían separados, un divorcio de común acuerdo que Hill confirmó en una entrevista con Brian Lamb en 2012.
El alcohol y el cigarro, con mayor intensidad, lo dominaron aún más en esos años oscuros. Vivía en Alexandria, Virginia, en una casa modesta que aseguran apestaba a tabaco rancio. En 1963, tras el magnicidio —comentó una vez—, había caminado hasta el mar en Palm Beach, con la ropa puesta, con el fin de que las olas se lo tragaran, pero un policía lo sacó y logró rescatarlo. “Quería desaparecer”, escribió en My Travels with Mrs. Kennedy. Quienes lo trataron en esos días, señalan que en los 70, su vida por las noches eran un altero de botellas vacías esparcidas sobre la mesa y recuerdos que lo asfixiaban y muchas veces lo llevaron a pensar en la muerte.
En diciembre de 1975 habían pasado doce años desde aquel día en Dallas. La imagen de Clint Hill saltando sobre la parte trasera de la limusina presidencial se había vuelto un símbolo de valentía y también de desesperación. Ahora, sentado en su hogar, al lado de su esposa Gwen y frente al periodista Mike Wallace en el programa 60 Minutes, el exagente del Servicio Secreto rompía su silencio, revelando no únicamente los recuerdos de aquel día, sino también el peso que había cargado desde entonces.
El desgaste de los agentes era un tema ineludible. “Muchos están agotados”, reveló Hill. Recordó cómo —tras el asesinato de Robert Kennedy en 1968—, el Servicio Secreto se vio obligado a proteger a los candidatos. “Trabajaban 12 a 18 horas al día, siete días a la semana, ausentes de sus hogares durante semanas, incluso meses”. Testimonios médicos ante el Congreso lo confirmaban: sufrían la misma fatiga extrema, el estrés, que los soldados en combate.
Wallace, incisivo como siempre, abordó la eficacia de las listas de personas peligrosas que manejaba el Servicio Secreto. “Algo así como 35 mil a 45 mil nombres; ¿es correcto?”. Hill asintió, asegurando que la lista se actualizaba diariamente. Pero Wallace tenía una objeción. “Sarah Jane Moore no estaba en esa lista. Lynette Fromme tampoco. Arthur Bremer, James Earl Ray, Oswald, Sirhan Sirhan…”. Hill esbozó una sonrisa cansada. “¿Y qué hay de Mike Wallace?”, bromeó. Wallace siguió el juego: “¿Estoy en esa lista?”. “Hoy no. ¿Y mañana a las cuatro de la tarde?”, replicó Hill con ironía.
El tema de la seguridad presidencial se tornó más serio.
—¿El Servicio Secreto tiene la última palabra en protección presidencial? —No siempre, admitió Hill. Reveló que había tenido enfrentamientos con Bob Haldeman, jefe de gabinete de Nixon, sobre el diseño del automóvil presidencial. “Queríamos una cubierta que protegiera al presidente desde atrás. Él dijo que no”. Wallace no dudó: “Si hubiera existido esa protección en Dallas, ¿Kennedy seguiría vivo?”. —Sí —respondió Hill sin vacilar—. Sí lo estaría.
El recuerdo de aquel 22 de noviembre de 1963 se cernía sobre la conversación. “Al primer disparo corriste y saltaste sobre la limusina en menos de dos segundos —dijo Wallace—. Jacqueline Kennedy estaba trepando sobre la cajuela”. —No, no estaba trepando —corrigió Hill—. Ella se había inclinado hacia atrás porque parte del cráneo de su esposo había salido despedido hacia la calle. Wallace lo miró con gravedad. “¿Entonces, no intentaba escapar?” —preguntó. —No. Sólo trataba de recuperar una parte del cráneo de su esposo—, dijo Hill.
—En estos años, ¿has pensado en la posibilidad de más de un tirador? —preguntó nuevamente Wallace—. Hill, cigarrillo tras cigarrillo, negó con la cabeza. —Hubo tres disparos —respondió lacónico—. “¿Un solo francotirador, tres disparos?”, le inquirió nuevamente el periodista. “Sí” —respondió él. Luego Wallace fue directo: “¿Oswald actuó solo?”. —Completamente —reiteró el atribulado agente. Luego llegó la pregunta inevitable:
—¿Se pudo haber evitado el asesinato? Hill tragó saliva y miró al techo. —Si yo hubiera reaccionado medio segundo antes, hoy no estaría aquí —le respondió. Wallace lo miró fijamente. “¿Dices que hubieras recibido el disparo en su lugar?”. —Sí —respondió Hill. “El tercer disparo” —volvió a decir Wallace. —Sí, señor —reiteró el agente. “¿Eso hubiera estado bien para ti?”. —Sí, eso hubiera estado bien para mí —indicó.
Wallace intentó aliviar su carga. “Pero reaccionaste en menos de dos segundos, Clint. No puedes culparte”. —Sí puedo —dijo Hill, los ojos húmedos, con la voz firme, pero quebrada—. Lo haré hasta mi tumba.
Un silencio denso se instaló en la sala antes de que Wallace volviera a la carga: “¿Fue esta la razón de tu retiro?”
—Sí, señor —respondió Hill sin dudar.
Los médicos ya le habían diagnosticado un severo problema neurológico derivado del trauma. “Me han recomendado tratamiento psiquiátrico”, mencionó. Wallace asintió, comprendiendo que aquel hombre, que había corrido hacia el peligro sin pensarlo, llevaba doce años huyendo de su propio pasado. Y nunca lograría escapar del todo.
Afortunadamente un amigo médico lo salvó en 1982. “Para o te mueres”, le dijo. Y fue hasta entonces que Hill dejó el whisky y los cigarros de un solo golpe. Fue un acto brutal de fuerza de voluntad, semejante a trepar a la cajuela de esa limusina otra vez. Sus hijos estaban creciendo: Chris, un joven serio, y Corey, más reservado, vivían con su madre. Ellos lo veían poco, pero les escribía largas cartas, llenas de consejos sobre Dallas. “Nunca les hablé de eso” —sobre el asesinato de Kennedy—, admitió en una charla en 2016. “A mis hijos sólo les contaba historias de trenes, no de presidentes”, dijo en una entrevista con People años más tarde, en 2023.
Tras su retiro, Hill se escondió. Rechazaba entrevistas y vivía de una pensión modesta cerca de San Francisco. Pero en 1990 dio un paso que lo cambió todo. Volvió a Dealey Plaza, al lugar de los hechos que eran su pesadilla, y caminó solo por la plaza. Subió hasta el sexto piso del Depósito de Libros, y miró por la ventana desde el mismo lugar donde había disparado Oswald. “Hice lo que pude” para evitar más daño, murmuró. Fue un alivio parcial y un primer respiro tras décadas de ahogo.
Entonces conoció a Lisa McCubbin. En 2009, un amigo lo conectó con esta periodista que tenía intención de hacer un libro sobre él. Hablaron dos horas en Washington, y algo se encendió. Las charlas semanales se volvieron diarias. Lisa lo sacó del pozo y en 2012 publicaron Mrs. Kennedy and Me, que vendió miles de ejemplares. “Ella me devolvió la voz”, dijo a la cadena C-SPAN.
El libro fue solo el comienzo. En 2013, con el 50 aniversario del asesinato, salió Five Days in November, un relato crudo de esos días fatales. Hill describió el sonido del disparo, el cuerpo de Kennedy cayendo, la sangre en sus manos. “No hay poesía ahí”, escribió. Fue un ejercicio de catarsis, un intento de soltar el peso. Las ventas subieron, y más entrevistas llegaron.
Five Presidents vino en 2016, un repaso a su carrera con los presidentes Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon y Ford. Mencionó también que recibió la Medalla del Tesoro en 1963, pero que nunca la usó, porque “no la merezco”, dijo. Para él, el relativo éxito era Jacqueline viva, no las medallas.
En el libro Hill habló de Ike Eisenhower como “un militar rígido”, de Johnson como “un torbellino”, de Nixon como un “paranoico”. A Gerald Ford, lo describió como “un hombre decente, sin complicaciones”, alguien que trajo calma tras el caos de Watergate. “Ford no exigía, escuchaba”, escribió, recordando un presidente que prefería la sencillez, un contraste con los que lo precedieron. En una entrevista de 2016 en la Biblioteca JFK, amplió: “Él era el primero que no me hacía sentir en guardia todo el tiempo”.
Y siempre volvía al presidente asesinado. En esa ocasión dijo: “Kennedy era un hombre que te hacía querer ser mejor”. La audiencia lloró; Hill no.
La periodista Lisa McCubbin se convirtió en más que coautora. En 2021, a los 89 años, Hill se casó con ella en una ceremonia discreta celebrada en Belvedere, California. “Mi amor de una vez en la vida”, la llamó en la red social X. Su exesposa Gwen Hill —de quien se divorció en la década de los 80—, murió ese mismo año.
Vivió junto a McCubbin en una casa con vista al Pacífico, un refugio donde Hill halló una paz tardía y donde ella lo cuidó cuando el corazón empezó a fallarle, una insuficiencia que le causó la muerte el pasado lunes 24.
La depresión nunca se fue del todo. En My Travels with Mrs. Kennedy (2022), Hill reveló noches en que los recuerdos lo asaltaban. Pero escribir lo salvó. “Ponerlo en papel me dejó respirar un poco”, dijo a Seth Doane en CBS. Las giras de libros lo llevaron por todo el país: Dallas, Nueva York, Fargo. En cada parada firmaba libros con mano temblorosa y escuchaba a fans que lo llamaban “héroe”. Yo también lo hubiera hecho sin dudarlo.
El Theodore Roosevelt Rough Rider Award —el reconocimiento más alto que otorga el estado de Dakota del Norte a sus ciudadanos destacados—, le llegó en 2018. Su retrato cuelga en el Capitolio estatal, y permite observar a un hombre de ojos cansados, en un traje gris. “No me siento digno”, dijo en la ceremonia. Pero ahí está ya, un hijo de la localidad de Washburn, que llegó más lejos de lo que imaginó.
Las entrevistas lo marcaron. Después de la entrevista con Mike Wallace en 1975 —donde fue directo, crudo, y lloró frente a millones—, en 2012, casi 40 años después, con Brian Lamb en C-SPAN, fue más mesurado, pero igual de honesto. Un año después, la CBS lo llevó de vuelta a Dallas. Sus apariciones públicas fueron pocas, pero intensas. En 2016, la biblioteca JFK lo recibió con aplausos. En 2018, Norsk Hostfest lo indujo al Scandinavian-American Hall of Fame. En 2022, la revista Town & Country lo entrevistó:
—Necesitamos un poco de Camelot ahora —dijo, refiriéndose a ese ideal de grandeza y esperanza que el mundo vio en los días de Kennedy—. Su voz temblaba, por el peso de los años, pero seguía firme. De hecho, sin proponérselo, se había convertido en el último guardián de un episodio trágico de la historia de Estados Unidos, que sacudió al mundo entero y que pocos podrían contar en primera persona.
Hill nunca creyó en conspiraciones, como lo ha hecho el resto de la gente. “Fue un hombre, un arma, y tres disparos”, afirmó a la revista People, en 2023, cortando de raíz las teorías conspirativas. Sentado al lado de Lisa, su mujer y coautora, mencionó decenas de veces la palabra “culpa”, “deber”, y “un segundo”, el instante que él no pudo recuperar. Y supo muy bien que Oswald siempre tuvo la ventaja, él no.
Ese mismo año, durante el 60 aniversario del asesinato, habló en el National Law Enforcement Museum. “Hice lo que pude”, repitió. Fue su mantra final.
Su vida, marcada por el recuerdo trágico de aquel día en Dallas, al final transcurrió en una calma que contrastaba con la intensidad de sus mejores años. Las fotografías en blanco y negro de su juventud reposaban en su escritorio, junto a una bandera cuidadosamente doblada. Parecía que ya no había rencor en su semblante, sólo la fatiga inevitable de una vida vivida con intensidad.
En ocasiones solía reunirse con sus antiguos compañeros del Servicio Secreto, quienes, aún con décadas de experiencia, escuchaban aún absortos las historias que él compartía. Había algo especial en su voz y en sus gestos medidos, al transmitir esos recuerdos que siempre le humedecían los ojos y que, sin proponérselo, le confería la autoridad de un hombre que había visto demasiado y estuvo a punto de derrumbarse por el peso de su loza personal.
Sus ojos, de un azul grisáceo, casi acerado, parecían contener aún la misma intensidad de aquel instante en el que, sin pensarlo, saltó sobre la cajuela de la limusina presidencial en un intento desesperado por proteger al presidente Kennedy y a Jacqueline. Pero lo vivido había dejado su huella en él. Su cabello, antaño oscuro y bien peinado, se había tornado completamente blanco, con rizos suaves que se desordenaban con el viento. Pero estaba consciente que esos ojos —alguna vez implacables en su vigilancia—, ahora se apagaban poco a poco, bajo los párpados pesados de la edad. El paso de los años también le había arrebatado la movilidad que alguna vez lo definió.
Caminaba ya con dificultad, necesitando apoyo para desplazarse. Su respiración, ahora entrecortada por los estragos del EPOC, lo obligaba a depender de un tanque de oxígeno que lo acompañaba como una sombra a donde fuera. Pese a ello, nunca dejó de compartir sus anécdotas, relatadas con la precisión de quien sabe que la historia es su legado. “Aún sueño con aquel día”, decía a quienes siempre se atrevían a preguntarle sobre Dallas. “No es algo de lo que uno pueda escapar”.
Este lunes, cuando llegó el momento de su partida, seguramente se fue con la discreción de un hombre que siempre entendió su papel en la historia: proteger, servir, y en el fondo, cargar con el peso de los instantes que definen a una nación.
Clint Hill murió en su casa, con Lisa a su lado. “En paz y en mis brazos”, escribió ella. Su corazón, desgastado por muchos años de tragos y cigarrillos, pero también de culpa que nunca fue suya —un peso que cargó, porque no pudo cambiar el destino en Dallas—, finalmente cedió. El Servicio Secreto, al conocer su deceso, lo honró calificándolo como “Un símbolo de valentía y coraje”.
Ella dijo que Clint dejó una casa llena de libros, fotos en blanco y negro, y una chaqueta vieja que usó en Dallas. Lisa la guarda como reliquia. “Era más que un agente”, dijo en su obituario. Él era un hombre que corrió hacia las balas y vivió para contarlo, aunque, como se afirma, nunca se lo perdonó del todo.
Su epitafio podría ser simple: “lo intenté”. Lo dijo él mismo en 2024, al cumplirse 61 años del magnicidio. Dos palabras que pesan como toda una vida. Clint Hill no salvó a John Kennedy, pero nos dejó su relato personal, crudo y muy humano, para que nosotros —quienes lo admiramos desde siempre—, lo repliquemos ahora.
Me hubiese gustado entrevistarlo y preguntarle si alguna vez soñó con un final diferente, y si, en alguna versión de su memoria, había conseguido salvar al presidente y cambiar la historia. Y también, si en esa otra realidad imaginaria, él mismo habría sido más libre. Quizá, con suerte de reportero, me habría dicho algo que nunca había revelado antes, o tal vez Clint Hill se limitaría a repetir ese relato ya gastado por el tiempo. Pero de todas maneras hubiese querido hablar con él. Realmente, en el fondo, no sé qué hecho inédito o novedoso podría haber obtenido con la entrevista, pero, ¡demonios!, cuánto lamento no haber podido hacerlo.