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Buena voluntad
MÉXICO, DF, 20 de diciembre del 2014.- Cae la noche de una de las posadas del 2014 en la ciudad de México, se percibe el ambiente navideño con la rápida puesta del sol invernal. Otra señal son la infinidad de casas iluminadas con focos multicolor, que parpadean mientras dibujan figuras alusivas a la época. Además, la gente se vuelca a las calles para celebrar en una de las formas más comunes: con compras.
En la delegación Iztacalco, sobre el Eje 5 Sur, casi al cruce con la Avenida de Las Torres, en la casa de la familia Ontiveros, se preserva una de las tradiciones más distintivas y coloridas de la Navidad: colocar una representación del nacimiento del Hijo de Dios. Éste en particular es una versión espectacular, por sus dimensiones, por cómo se instala y por el número de personas involucradas.
Luego de hacer una fila que se prolonga hasta la vuelta de la esquina, en la colonia Militar Marte, y de revisan uno a uno los puestos de comida que se instalan desde hace años, para aprovechar a la concurrencia que observa el nacimiento, se pueden encontrar: postres, gorditas, elotes y esquites, pambazos, hot cakes, discos y películas piratas y, en la siguiente esquina, juegos mecánicos.
Entonces, por fin, es posible platicar con doña Conchita Ontiveros, propietaria de la casa, quien narra para Quadratín México el origen de su tradición.
“Tenemos como 50 años de hacer este nacimiento. Empezó mi mamá, Juana Rodríguez y mi papá, José Ontiveros, con uno chiquito y fue creciendo. Lo ponemos siempre el primer domingo de diciembre. Hacemos un almuerzo en la calle desde unos 15 días antes del primer domingo de diciembre, que es cuando se inaugura. Empezamos con el armazón y todos los años hacemos algo diferente”, explica desde la sala de su casa la anfitriona, que irradia dulzura por todas partes.
Doña Conchita explica que durante esta media centuria han habitado en esa misma casa y que poco a poco, el gusto de su mamá convirtió la representación en una obra monumental. Ahora abarca totalmente la cochera del inmueble y, por el otro lado, el jardín. Sólo queda descubierto un pequeño pasillo que permite el acceso a la puerta y que está invadido de visitantes.
Toda la parte exterior está decorada: absolutamente todos los muros están pintados con imágenes que evocan la noche en que Jesús llegó al mundo en la ciudad de Belén, incluso las cajas que operan la electricidad del domicilio. Mientras que en la parte alta hay lonas con fotografías de cielos estrellados y en el fondo, paisajes boscosos que terminan por ambientar el lugar.
En los dos grandes sectores en los que se divide la escena, confluyen fuentes, arroyos de agua corriente, puentes, desierto, hortalizas, viajantes, artesanos, pastores, animales, leñadores, carpinteros, incluso pequeñas fogatas y, por supuesto, los integrantes del Misterio: José, María, los Reyes Magos, el Ángel y, el Niño, quien tuvo que ser colocado desde el inicio por lo difícil que sería colocarlo con todo el nacimiento ya montado.
“No tenemos idea de cuántas piezas que contiene. De hecho tenemos piezas sobrantes que ya no podemos colocar porque no caben”, responde doña Conchita, quien tiene perfectamente estructurada la historia de su tradición y, explica que es una obra en la que participa mucha gente de varias maneras. Pero sobre todo, reitera que su familia no está interesada en beneficiarse económicamente del montaje.
“Somos mucha familia y todos traen algo, todos cooperan. Tengo un sobrino arquitecto que es quien diseña, otros son comerciantes y traen lo que haga falta, un hermano presta una bodega para guardar la estructura, porque arriba sólo tenemos las figuras, ocupan dos cuartos completos de la casa. Hay gente que ya no pone su nacimiento, nos los ha regalado”, afirma la anfitriona.
Además, doña Conchita cuenta también que su hermana vive con ella y durante estas fechas debe dejar su coche fuera de la cochera, desde mediados de noviembre y hasta el 7 de enero, que es cuando se levanta el nacimiento. De paso, hay que presupuestar las reparaciones al jardín, que se seca por la falta de luz y agua durante casi dos meses. Pero afirma no importarle.
A pesar de no estar preparada para una entrevista, la señora con el cabello corto y cano, gestos amables y memoria fotográfica, se sienta de lado ante el reportero para evitar, de paso, el lente indiscreto del fotógrafo, quien busca robarle un ángulo para una postal. No quiere retratos.
“Mi mamá murió hace nueve años. Entonces dije éste es el último año que lo ponemos el nacimiento porque era para ella. Y casi me crucifican en la casa. Me dijeron: ‘tía si no quieres ya no lo hagas, pero esto se va a seguir haciendo’ “, continúa con resignación.
Sin embargo, en el fondo, la entrevistada reconoce que la obra no es ya para su familia, sino para los cientos de personas que acuden a admirarla y los otros tantos que aprovecha para ganar un poco de dinero. Por ello mucha gente coopera, de formas ya poco comunes actualmente.
“Dejamos las luces, la música y las caídas de agua encendidas toda la noche también. Las fogatitas que tenemos, tampoco se apagan, hasta que se acabe el tanque de gas. También mi hermano deja un costal de colación allá afuera para los visitantes”, señala al tiempo que afirma no sentirse preocupada por mantener abierta su cochera o el gasto de tener en función la obra familiar.
“Todas las figuras que están allá afuera están a la mano. Si quieres llevarte alguna, aquí no hay vigilante. La señora de los elotes nos hace favor de cerrar la puerta. Aquí (en la estancia), cerramos con seguro y cuando ya no hay gente, nos hace favor de cerrar y nos avienta la llave por arriba. No hace falta más, todos nos conocen y nos quieren”, presume la señora Conchita.
Pero no son estas las únicas muestras de buena voluntad que atrae a su casa, como una serie de bendiciones indirectas, tan ‘ad hoc’ para la celebración de estas fechas: la gente camina en orden, respetuosamente, nadie empuja ni se atropella. Todos respetan la obra, nadie mete la mano o el pie más allá de los límites establecidos. Sólo algunos arrojan monedas a las corrientes de agua, para pedir, quizá, que la armonía y la paz que emana la obra, se traslade a sus hogares.
También, en el cuenco de vidrio donde se colocan las colaciones, la gente ha depositado monedas, como un reconocimiento a la belleza del nacimiento. Pero sólo cooperan, nadie sustrae algo.
“Nos da mucho gusto ver que viene gente de asilos, de kinders. Siempre tenemos gente, los sábados y domingos se hace más cola y hemos visto cómo antes venían niños, que luego se convirtieron en jóvenes y luego, ya ‘jaladitos’ por las copas, nos presumen como adultos, que han venido aquí desde hace muchos años.
“También ha habido algunos ‘vivos’ que cobraban a ’10 pesos la entrada’ y tuvimos que poner letreros de ‘Aquí no cobramos la entrada’. Otra gente lo aprovecha como negocio, pero nosotros no. La delegación les da permiso de vender y parece que les va muy bien”, explica.
Pero también la misma fila para entrar a la casa cuenta sus propias historias:
“Vino una pareja vestida de novios hace tres o cuatro años. Se acaban de casar no sé si en la tarde o en la mañana y me dijeron: ‘señora aquí nos conocimos, en la fila y ahora venimos de gusto porque nos casamos’. Les dije, bueno, pero no vayan a venir si se divorcian”, y ríe la entrevistada con transparencia
“Han venido artistas también, la más conocida fue Rocío Dúrcal. Muy ordenada hacía fila pero alguien la identificó y la pasamos. También han venido doctores, por mi hermana y a toda la gente les gusta: chiquitos, medianos y grandes. Es hermoso verlos”, presume nuevamente.
Y entonces, luego de contar que a pesar de su intento por no molestar a los vecinos, han tenido algunos problemas, con el estacionamiento de los autos y con un vecino, quien, resignado de reclamar, prefirió abrir también las puertas de su casa y vender dulces a quienes esperan en la fila.
La plática está por concluir, pero como si éste reportero y su compañero fotógrafo, Luis Vargas, fueran de la casa, reciben también la atención de doña Conchita, quien amablemente les invita: “agua, un café, un ponche”.
Los visitantes se disculpan y agradecen las muchas atenciones recibidas en la casa de los Ontiveros. Sin embargo, justo al despedirse, acceden a una última petición de doña Conchita: “Un abrazo de navidad y el deseo de las mejores bendiciones para el año que comienza”.