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Confianza, esperanza perdida
La desconfianza mina a la sociedad mexicana, no hay duda. Los ciudadanos ven con recelo a sus autoridades en general, no se sienten protegidos por el Estado y sus instituciones. Menos aún tienen fe en sus gobernantes por una u otra razón, la mayoría de la gente se siente agraviada por fenómenos como la corrupción y el abuso de poder. En este mar picado, México vive una crisis que va más allá del momento por un escándalo, la comunidad sufre el desencanto con la democracia y en un año electoral, los políticos y gobernantes son reprobados por una comunidad desesperada, pero que no tienen más remedio que apostar por el voto.
El extraño pedido de audiencia de los padres de los normalistas de Ayotzinapa al grupo criminal de Los Rojos en la búsqueda de sus estudiantes desaparecidos y su insistente reclamo de suspensión de elecciones, inaceptable demanda que comienza a replicar grupos radicales de izquierda en otros lugares, debe ser un llamado de alerta para gobiernos y partidos políticos. Agraviados o manipulados, los ciudadanos que simpatizan con la cancelación de elecciones pueden contaminar a buena parte de la sociedad que está inconforme con la situación.
Una encuesta de Gabinete de Comunicación Estratégica deja ver que los mexicanos tienen claro que la joven democracia no anda bien de salud: 42 de cada cien personas entrevistadas por todo México afirman que la democracia se halla estancada y peor aún 36 dicen que retrocede. Sólo 16 de cada ciento de las personas consultadas piensa que la democracia avanza.
Ahora que arrancan con todo las campañas electorales, los partidos políticos y los gobernantes en general deben tener en cuenta que las encuestas indican que son de los peor evaluados por la ciudadanía, los mexicanos no les confían nada y no los ven como solución.
Las campañas propagandísticas hablan de cambio, esperanza, honor, fuerza, compromiso y mucho más, pero cuando Gabinete investigó qué tanta confianza tiene Juan Pueblo en los partidos, las opiniones revelan un campo que en otros países causaría pánico: 48.1 por ciento de la gente no confía nada en los partidos y 31.6 por ciento lo hace algo. La desconfianza de la sociedad en diputados y senadores es de 43 por ciento y con la que se ve a los presidentes municipales es de 40 por ciento.
Los partidos y políticos gastan miles de millones de pesos en propaganda de todo tipo, pero no invierten nada en reconstruir la confianza de la sociedad, pero eso no se logra en una campaña sino en las cámaras de Diputados y Senadores con leyes y reformas que muestren un real compromiso con la gente, cambios que acaben de tajo con los privilegios en todos los campos, que eliminen la impunidad de los diputados y senadores, que regulen sus salarios y gastos y que hagan de la democracia mexicana algo que se sienta y se vea entre los ciudadanos. Pero nada hay que permita al ciudadano ilusionarse y creer que hay algo nuevo bajo el sol.
En este escenario, existe el peligro que los llamados a cancelar elecciones sean una chispa que caiga en pasto seco y provoque un incendio social. La responsabilidad es de muchos, partidos, políticos y gobernantes sin duda tienen una mayor, pero la sociedad, todos y cada uno de los ciudadanos son responsables del sistema democrático y tienen que defenderlo, si son demócratas, con su voto. No importa por tal o cual partido voten si es una decisión, ni tampoco si es independiente o gente del sistema, ni siquiera si votan en blanco o anulan, incluso la abstención razonada puede ser un escudo democrático. Pero ir por la anulación de elecciones es una sinrazón impulsada por grupúsculos raciales que pueden encontrar eco en la justa indignación de la gente.
Hojas extraviadas
Una nota informativa traspapelada en los días de vacaciones indica que la desesperación ha llevado a los padres de los desaparecidos de Ayotzinapa a pedir ayuda a criminales. El dolor puede llevar a transitar por todos los caminos en busca de alivio, pero sin lugar a dudas andar por la ruta que llevaría a ponerse del lado de la delincuencia es un error. Simplemente hay que recordar que los normalistas fueron secuestrados y asesinados, de acuerdo con las investigaciones de la PGR, por policías al servicio de la banda de Los Guerreros, cuyos sicarios habrían acabado con la vida de los estudiantes. Ahora los padres de esas víctimas piden ayuda a Los Rojos, criminales que azotan partes del estado. En fin, el dolor es comprensible y la desesperación también, pero no se justifica que se pida al criminal que haga justicia.