
El recuerdo de un Maestro que vivió sin tregua, entre acordes y sombras
MÉXICO, DF., 22 de junio de 2014.- Efraín Huerta llegó al mundo en la ciudad de México a sus 23 años. Nació un 16 de mayo en el número 8 de Letras de México con el destino manifiesto de volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial.
Ese destino hizo que algunos, los más rebeldes y marginales, lo rebautizaran como Infraín, en alusión directa a la estridente y contestataria ventana literaria que abrieran, al alimón, Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaños.
El joven Infraín cargó desde ese 16 de mayo un odio profundamente amoroso por la ciudad que lo enseñó a leer y a la que hizo suya mediante el filoso látigo de su desprecio profundamente bipolar.
La voz de Efraín resonó más allá de las Letras de México que le dieron vida y de su profunda garganta salió el grito colectivo a la capital: “Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada día más inmensa, cada hora más blanda, cada línea más brusca”.
A partir de esa declaración titánica, que aún resuena en las calles de este Distrito Federal, nada paró a Infraín. Entre 1938 y 1941 se forjó en la revista Taller, donde conoció al poeta del poder y la palabra exacta: Octavio Paz.
Infraín no se detenía y en 1944, dicen los expertos, alcanzó la madurez al parir Los hombres del alma, un año después de sus Poemas de Guerra y Esperanza, en los que prevalecía el desafío que lo trajo al mundo.
En 1950, bajo la influencia más kafkiana que un guerrero puede experimentar, sufrió la metamorfosis y la academia lo convirtió en el padre del ‘cocodrilismo’, movimiento literario neovanguardista que lo convirtió en el Gran Cocodrilo.
Además de rebelde, poeta y luchador, Efraín Huerta fue, por supuesto, un laureado periodista –en 1978 ganó el Premio Nacional de Periodismo- y un comunista militante y diletante.
A Efraín sólo lo pudo detener la muerte; y eso sólo parcialmente. Su corazón no aguantó las luchas de tantos años y el 3 de febrero de 1982 Infraín pasó a mejor vida y dejó su propio epitafio en un poemínimo:
“No se pulque a nadie de mi muerte”.