
Extinguen incendio en terreno baldío de Santa Fe
MÉXICO D.F., 27 de julio del 2014.- El señor José Reyes, oriundo de la colonia Portales donde ha habitado casi 90 años, nos recrea imágenes de la impresionante transformación que ha sufrido la capital del país durante el siglo XX.
El señor Reyes nos ha platicado sobre fiestas de carrete y sombrero en las que se bailaba charleston, calles llenas de frondosos árboles y aventuras acuáticas en el Río Churubusco. Aquí la continuación de su relato, en exclusiva para Quadratín México.
“También nos íbamos a nadar a una fuente que estaba aquí en la colonia Postal. Nos íbamos caminando y atravesábamos los llanos. Antes de llegar a la Clínica 10 del Seguro, (cerca del actual Metro Villa de Cortés), unas cuadras hacia adentro; vivía una colonia de chinos que tenían sus hortalizas. Se vestían con su gorro picudo y sus bigototes largos y delgados”, afirma don Pepe.
“Y nos ponían cada corretiza porque de regreso decíamos: ‘Vamos a darle mate a los chinos’. Y pues según lo que sembraran les robábamos: lechuga, apio, zan’orias, ay lo que tuvieran. Como tenían alambrado solamente, era fácil brincarse y ya nada más decían: ‘¡Ya vienen! ¡Ya vienen!…’ Y vámonos, a correr”.
Pero había otros juegos, que eran tradicionales y no requerían de complicados aparatos electrónicos. También la forma en que celebraban fiestas típicas se modificó de tal forma que, al mirar hacia atrás, incluso parece algo exótico:
“De chicos nos salíamos aquí a jugar. Nos gustaba mucho el trompo de cuerda y si no, las canicas: los huesitos (de chabacano), la matatena y a jugar ‘hoyitos’. Eran juegos de hace 80 años. Ahora ya no existen.
“Para los 15 de septiembre usábamos los postes de fierro y nos poníamos a darles con un palo, con una piedra y sonaban ‘re duro’ o echábamos batallas con nuestras espadas de madera. También marchábamos y hacíamos nuestros tambores con botes.”
“Otra palomilla se juntaba aquí adelante y nos aventábamos pleitos, pero bonitos, de uno contra uno. Eran de:
—Qué… qué…
—Po’s contigo…
—Po’s ya vas.
“Para las posadas ya más grande, empezaba a venir más gente. Llegó un señor que era zapatero, se llamaba Felipe y otro, el señor Cortés, diario hacía posadas. Entonces íbamos con don Felipe y como hacían dos o tres piñatas decíamos: —Órale, vamos por la fruta’.
Entonces nos dejaban recoger tejocotes ya maduritos en Santa Cruz. Pa’ las posadas era lo que había”, explica el entrevistado.
“ ‘Sí, cómo no. Recojan los que ya están maduritos, ya caídos.’ Nos decía el señor. Y nos daban medio costal por diez centavos”. Entonces mide con la palma de su mano, paralela al piso, el alto imaginario de la compra.
“También le cantábamos a los peregrinos. Ahora ya ni les cantan. Ya ahora es puro baile, chupe y luego los pleitos”, afirma. “Antes era bonito, nos veníamos con nuestros cucuruchos llenos de fruta pa’l ponche y en Navidad y Año Nuevo sí se ponía bueno.”
Otra travesura que hacían los muchachos de ese entonces consistía en atrapar incautos y encima de ello, ser recompensados por prestar un servicio a la comunidad…
“Como no había pavimento, en tiempo de aguas éramos re abusados y mañosos para sacar pa’l cine: hacíamos hoyos aquí en frente de la casa y luego los llenábamos de agua en la tarde. En aquel tiempo había unas cosas de madera, así como las vigas pero redondas, que se llaman ‘marillos’. Y teníamos nuestra herramienta.
“En la nochecita luego se atoraba un carro y nos decíamos: ‘Ya cayó uno’ ”.
—¿Qué, qué le pasó? ¿Está bien? Si quiere le ayudamos a sacarlo.
—No pu’s sí.
—Oye, ¿tú tienes herramienta?
—A ver, déjame ver si hay.
“Y como ya teníamos todo, ya hasta teníamos nuestras vigas y con la práctica les sacábamos los carros rápido de los hoyos. En ese tiempo nos daban nuestros 20 centavotes y era harto dinero para cuatro cuates. De repente caían como tres o cuatro en un día y nos ganábamos un pesote”, presume.
“Con el dinero nos íbamos al cine, que estaba donde está ahora el ‘California Dancing Club’ (sobre la Calzada de Tlalpan). Era uno llamado el Cine Bretaña. Antes también había otro cine en San Andrés Tetepilco, (en los límites de Benito Juárez e Iztapalapa) en Emilio Carranza por donde está la iglesia de San Antonio. Allí los domingos había cine, box y lucha.
La avenida Plutarco Elías Calles era antes el canal del desagüe”, explica.
Pero había otros lugares de esparcimiento que estaban ‘fuera de la ciudad’ e ir hasta esos lugares era toda una travesía, según explica nuestro vecino don Pepe:
“Cuando empezábamos a bailar era para los pueblos de Tlalpan o San Ángel y hacíamos menos de una hora, aunque los camioncitos eran viejitos. Luego nos decían ‘Vamos pa’ Xochimilco’ y era una excursión. El camino eran puras milpas y se hacía largo”, concluye.
Mira aquí la entrevista completa: http://mexico.quadratin.com.mx/Postales-de-un-DF-que-desaparecio/