
Alejandra Jáider Matalobos, pionera en la divulgación científica
MÉXICO, DF, 14 de noviembre de 2014.- La doctora Ivonne Acuña Murillo, reconocida académica de la Ibero y especialista en temas de política nacional, género y sociología política hace un análisis a profundidad de las condiciones que llevaron a México al período de violencia, incertidumbre y crisis que hoy experimenta.
¿Qué pasa en México? Esta es la pregunta que dentro y fuera del país resuena a partir de la desaparición de 43 estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero y el hallazgo de una serie cadáveres encontrados en fosas clandestinas en razón de su búsqueda, los cuales por cierto, a decir de la misma autoridad, no pertenecen a los normalistas.
A lo anterior hay que agregar la ejecución en Tlatlaya, estado de México, de 15 de los 22 supuestos delincuentes muertos en enfrentamiento con elementos del ejército, y entre los cuales se encontraba una jovencita de 15 años, informó la Ibero en un comunicado.
Esto, por mencionar sólo los eventos más sobresalientes de las últimas semanas o por mejor decir la gota que derrama el vaso en un contexto de constante violencia, secuestros, desapariciones, asesinatos y un sinfín de delitos, mismos que mantienen a la sociedad mexicana sumida en la incertidumbre y el azoro.
¿Qué pasa en México? Se convierte entonces en la pregunta obligada y desde la academia pueden apuntarse algunos elementos que ayuden a dibujar una respuesta aproximada a la realidad.
Primero, es pertinente afirmar que México se enfrenta a un sistema político que perdió el eje que concentraba parte importante del poder político, a partir de la diada “presidencia-partido”, a cuya cabeza se encontraba el presidente de la república, quien operaba como un árbitro entre los distintos grupos sociales. Esta pérdida da como resultado la aparición de diversos centros de poder, desde los que se disputa, entre otras cosas, el monopolio del uso de la fuerza. Es el caso de la llamada delincuencia organizada, el narcotráfico y las autodefensas, principalmente en el estado de Michoacán.
Segundo, es innegable la existencia de una presidencia debilitada con menos posibilidades de organizar el poder desde arriba, por lo que negocia con los grupos fácticos empoderados como: los Medios, en especial Televisa, los empresarios, etc., y que a partir de esas negociaciones sede poder y privilegia intereses de grupo, los cuales no siempre coinciden con lo que el pueblo demanda y necesita. Este debilitamiento provoca, además, una menor capacidad de arbitrio entre los diversos grupos sociales y la existencia de vacíos de poder que de alguna manera son llenados por otros grupos, como el narco y la llamada delincuencia organizada.
Tercero, gobiernos, tanto locales como federal, que no tienen el suficiente control sobre el territorio bajo su responsabilidad y que no han podido bajar los altos índices de criminalidad ni de violencia que sufren amplios sectores de la población civil, que involuntariamente se convierten en víctimas de un asalto, un robo, un secuestro, una violación, la desaparición forzada o la muerte a manos de delincuentes, policías, soldados o en medio de un enfrentamiento entre fuerzas del gobierno y supuestos malhechores, sin que haya una autoridad que pueda evitarlo y ni siquiera castigar al culpable y que, en el peor de los casos, sea cómplice de grupos criminales como el alcalde de Iguala, José Luis Abarca.
Cuarto, y como consecuencia del punto anterior, un sistema de justicia altamente ineficiente como lo muestran los altísimos índices de impunidad, que de acuerdo con información de la Organización de Naciones Unidas alcanzó un 93.8% el año pasado. De acuerdo con este estudio en el 2013 se cometieron alrededor de 33.1 millones de delitos de los cuales, apenas 6.2% terminó en una averiguación previa, lo cual no se traduce en una condena, por lo que el porcentaje de delitos castigados se reduce aún más. Eso significa que más de 31 millones de ilícitos no fueron ni siquiera investigados.
Quinto, un importante fenómeno de desintegración social que lesiona no sólo los lazos de solidaridad entre grupos sociales, sino que provoca una serie de acciones criminales de mexicanos contra sus propios connacionales y una pérdida absoluta de respeto por la integridad física y la vida de los demás.
Sexto, como producto de todo lo anterior, se observa un cambio en el aletargamiento mostrado por la sociedad mexicana, que parecía dormida ante hechos tan graves como más de 100 mil muertos y más 26 mil personas desaparecidas durante el sexenio anterior y lo que va de éste. Aunque aún persiste la falta de empatía por parte de millones de personas hacia las víctimas de la violencia, en parte porque se asume que todos los muertos son delincuentes, esto es, “malos matando malos” o que, en su caso, la violencia se encuentra lejos del lugar de habitación, como muestra en su estudio el experto Andreas Schendler, “Bad guys killing bad guys”.
Hoy en México se observa una importante protesta sostenida por jóvenes, estudiantes, trabajadores, intelectuales, académicos, comunidades rurales, etc., que muestran un claro hartazgo ante lo que está ocurriendo en el país en materia de inseguridad y de violencia, y que se movilizan bajo el ya emblemático caso de Ayotzinapa o “Ayotzi” como suelen llamarle las y los jóvenes en sus manifestaciones pacíficas.
Se observa también un rechazo de la población hacia la clase política en general, sin importar el partido al que se pertenezca, sea el PRI, el PRD o el PAN, como lo muestran las agresiones sufridas por Cuauhtémoc Cárdenas, líder moral del PRD y el ex presidente del mismo partido, Jesús Zambrano, y los ataques a la puerta principal de Palacio Nacional, al Congreso de Guerrero y a sedes locales tanto del PRI como del PAN, entre otras respuestas violentas, que surgen durante las manifestaciones pacíficas o que son montadas sobre éstas por grupos que buscan desprestigiar la protesta social.
Parte de lo que pasa hoy en México, es un reclamo social, desde muy distintos espacios de acción, para que cesen las desapariciones, los secuestros, las ejecuciones, los asesinatos, las fosas clandestinas, los cadáveres sin rostro e identidad, la violencia de baja intensidad que viven mexicanos y mexicanas en las calles y aún en sus propias casas cuando son asaltados, robados, violados, secuestrados, lesionados. A esto habrá que agregar que hace falta que la misma sociedad mexicana se manifieste porque cesen las agresiones en contra de mujeres, en particular la desaparición cotidiana de niñas y jovencitas, de entre 12 y 16 años, que son obligadas a prostituirse y/o asesinadas después de una violación.
Por todo lo dicho, no queda más que repetir “si vivos les llevaron, vivos los queremos”.