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Reflexión sobre la extradición de 29 líderes criminales de México a EU
La inteligencia Artificial modifica muchas de las maneras de interactuar y trabajar en el mundo. Pero existen actividades eminentemente humanas que nunca podrán desplazarlas la tecnología, como la imaginación. Y hoy, que herramientas como IA pretenden remplazar al ser humano, paradójicamente una de las competencias que mayor repunte presenta a nivel global es la creatividad.
Extrañamente, sólo el 5% de los profesionistas se asumen a si mismos como innovadores. Es como si temieran adoptar este enfoque que les permite dinamizar todos los puestos y estructuras de trabajo, como si se tratara de un don muy preciado pero inaccesible para la mayoría.
¿Qué ocurrió? La creatividad e imaginación durante mucho tiempo estuvieron proscritos de los entornos laborales. El mítico reto de “contrata a un artista” se consideró una falacia para los trabajos redituables, serios y confiables.
La imaginación se delegó a la “ocurrencia” a una osadía que jamás aparecería en los estados contables. Esto, mientras la innovación se reducía a fórmulas incrementales y “desabridas” y se confinaba el uso de productos y servicios a cosas ya probadas una y otra vez mientras se desoían las verdaderas demandas y expectativas de mercado.
Durante mucho tiempo se impuso un tácito “así se ha hecho siempre” en diversos sectores económicos e industrias. Así permanecería siempre.
Pero irrumpió la tecnología y apareció de la noche a la mañana una nueva manera de ver, plantear y ofrecer soluciones al mundo. Poco a poco la ola tecnológica pareció dominar más y más actividades, especialmente las previsibles y rutinarias, las que no aportaban gran valor sustancial. Se previó entonces que la milenaria maldición de que la máquina sustituía al hombre estaba echada finalmente. Craso error. Las grandes tecnologías señalaron el inicio de una época, la más humanista y creativa a lo largo de los siglos.
Sí, tecnologías como Aprendizaje Acelerado, Big Data, Realidad Aumentada y otras reclamaban un espacio en la Cuarta Revolución Industrial. Pero paradójicamente su funcionamiento emplea competencias eminentemente humanas para avanzar.
La comunicación, negociación, cuidado a los demás, trabajo en equipo, empatía, imaginación y creatividad se pusieron a la cabeza. La Inteligencia Artificial por si misma reclamó acotaciones morales éticas para operar. La avalancha de cibercrímenes en distintas industrias alertó que la era de ebullición tecnológica no estaba lista sin enmarcar las soluciones y propuestas en marcos donde el ser humano redefiniera la ética.
¿A dónde y cómo queremos llegar?, ¿Cómo subsistiremos a nuestros propios sesgos, discriminación y acotaciones?, ¿Cuándo lograremos establecer que el único techo al que nos afrontaremos es la propia imaginación que se nutre en la divergencia y respeto a los otros?
Es momento entonces de revalorar quiénes somos y lo que deseamos hacer como raza, como una de las especies consideradas más avanzadas, porque de cada uno de nosotros pende una misión que guardamos con gran secrecía: la vida, nuestras oportunidades, el cuidado a la naturaleza, las posibilidades y belleza en cada una de las acciones que emprendemos ya y legaremos al futuro.
La imaginación bulle. Es parte de lo que somos.