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CIUDAD DE MÉXICO, 3 de agosto de 2026.- El predio ubicado en la calle de Guatemala 16, en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, es una muestra viva de cómo la modernidad convive con un pasado milenario. Este espacio confirma que la metrópoli contemporánea se erige directamente sobre la tierra sagrada de los mexicas.
A lo largo de más de 500 años, incontables acontecimientos sepultaron bajo capas de basalto, tezontle, piedra caliza y estuco de cal a los antiguos adoratorios. Hoy, el inmueble funciona como un hotel boutique, pero desde hace casi 17 años su historia tomó un rumbo distinto. Un equipo de arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), bajo la dirección del arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez, no ingresó al edificio para hospedarse, sino para intervenirlo y rescatar el sitio donde, hacia 1481, los mexicas levantaron un templo de 26 metros de altura dedicado a Ehécatl-Quetzalcóatl y el basamento del Teotlachco, el espacio destinado al juego de pelota divino.
De manera reciente y con motivo de un programa especial de apertura por la celebración del Mundial de futbol, los vestigios del oratorio a Ehécatl y del Teotlachco abrieron sus puertas temporalmente al público. Mediante visitas guiadas para grupos programados, los visitantes pudieron descender por una escalinata metálica hacia las entrañas del predio para contemplar el esplendor y la caída de Tenochtitlan.

Por ahora, las puertas automáticas de cristal templado que reciben a los huéspedes del hotel permanecerán cerradas a los recorridos arqueológicos. Con los trabajos de excavación intensiva concluidos, el proyecto entra en su fase de investigación de gabinete y de conservación con la meta de convertir el sitio en un museo subterráneo de permanente acceso público.
En entrevista para Quadratín México, el director del proyecto de Arqueología Urbana del INAH, Raúl Barrera Rodríguez y la arqueóloga especializada en el templo Mayor Lorena Vázquez Vallín comparten los detalles arquitectónicos, la simbología y el futuro de este extraordinario patrimonio subterráneo.
El hallazgo en Guatemala 16
- ¿Podría platicarnos sobre las características de este predio?, ¿qué han descubierto hasta el momento y cómo está conformada la arquitectura del templo?
Raúl Barrera: Nos encontramos en la calle de Guatemala número 16. Comenzamos a trabajar en este espacio en el año 2009, pero fue en 2010 cuando formalizamos las intervenciones como un proyecto arqueológico en forma.

Nuestra llegada se derivó de una solicitud de los propietarios, quienes planeaban ampliar su inmueble desde la calle de Donceles hacia este predio. Como el Centro Histórico es una zona protegida por ley, se requería la intervención de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos y de la Subdirección de Arqueología del INAH.
En 2010, al efectuar los primeros sondeos estratigráficos a 90 centímetros de profundidad, emergió un muro arquitectónico. Al profundizar la excavación, confirmamos que se trataba de la parte posterior del Templo de Ehécatl-Quetzalcóatl, dios del viento.
El edificio posee una planta mixta: es rectangular al frente y presenta un adosamiento circular en la parte posterior. Lo que observamos aquí es la sección trasera; estimamos que su fachada principal estuvo orientada hacia el oriente, por donde sale el sol, y que hoy yace debajo del Centro Cultural de España y del edificio conocido como Círculo Mexicano.


La alineación sagrada: El Viento y la Lluvia
- ¿Cuál es la relación simbólica y espacial entre este templo dedicado a Ehécatl-Quetzalcóatl y el Templo Mayor, en especial con el adoratorio de Tláloc?
Raúl Barrera: Están íntimamente vinculados. Los trabajos arqueológicos nos han permitido identificar dos ejes rituales paralelos frente al Templo Mayor:
De acuerdo con las fuentes históricas, Ehécatl es una advocación de Quetzalcóatl cuya función principal es engendrar el viento; las crónicas señalan que «barría los cielos con su soplo» para dar paso a las lluvias. Es el fenómeno natural que observamos cotidianamente: antes de que llueva, corren fuertes corrientes de aire. Así, Ehécatl y Tláloc trabajan en estrecha coordinación cosmogónica.

Calculamos que este templo alcanzaba aproximadamente 26 metros de altura y estaba conformado por cuatro cuerpos arquitectónicos. En la parte superior se erigía el templo redondo, una forma característica de las deidades del viento en el Posclásico Tardío. El techo era cónico y estaba elaborado con materiales perecederos como paja y fibras vegetales.
Toda esta arquitectura encierra una metáfora: el edificio representa a una serpiente de cascabel enroscada. El techo cónico simula el crótalo (el cascabel) y la entrada al templo representaba las fauces abiertas del reptil. Al ingresar, sacerdotes, nobles y guerreros penetraban simbólicamente en el interior de la serpiente.
El Teotlachco: El Juego de Pelota Divino
-En este mismo espacio también se identificaron vestigios del Juego de Pelota. ¿Qué hallazgos se han realizado al respecto?
Raúl Barrera: En 2014 localizamos el costado exterior norte del Juego de Pelota, dispuesto de manera paralela al Templo de Ehécatl y separado de este por apenas 6.45 metros.
Sabíamos de la existencia de esta estructura desde principios del siglo XX. Cuando se excavó la zanja para el colector de aguas residuales en la calle Guatemala, el arqueólogo Leopoldo Batres supervisó los trabajos y recuperó ofrendas vinculadas al juego, como esferas de piedra que representaban pelotas de hule. Más tarde, entre 1967 y 1968, durante las obras del Metro, el arqueólogo Jordi Gussinyer halló una ofrenda con dos maquetas en miniatura y dos pelotas —una de travertino blanco y otra de obsidiana negra— que simbolizaban la dualidad del día y la noche.

En nuestra intervención de 2014 descubrimos una banqueta que sirve de base a una escalinata de cuatro escalones para acceder a una plataforma de 9 metros de ancho. También registramos una de las paredes de la cancha, la cual volvimos a cubrir para protegerla, ya que corre exactamente debajo de la fachada del edificio histórico sobre la calle Guatemala.
Este recinto era conocido por los mexicas como el Teotlachco («en el juego de pelota divino») y era la cancha más importante de Tenochtitlan. Tenía forma de «I» latina o doble T, con una orientación este-oeste y unas dimensiones estimadas de 50 metros de largo por 34 metros de ancho, alineada directamente con el adoratorio de Huitzilopochtli.

La memoria histórica y el futuro del sitio
Una ciudad sobre otra ciudad
-¿Cómo reflexionar sobre esta historia que suele pasar desapercibida bajo el pavimento de la Ciudad de México?
Lorena Vázquez Vallín: Primero que nada, debemos tomar conciencia de que en la Ciudad de México vivimos sobre varias ciudades superpuestas; caminamos literalmente sobre tierra sagrada.
Este sitio es un ejemplo extraordinario de cómo el progreso urbano puede convivir de forma armónica y positiva con el patrimonio. Aquí se construyó un hotel mediante una estrecha colaboración entre los propietarios y el INAH. Aunque la ley exige la conservación pero no la exhibición del patrimonio hallado, existió una suma de voluntades para dejar los vestigios a la vista del público.
-¿Por qué es fundamental que la gente pueda ver estos vestigios y no solo saber que están ahí?
Lorena Vázquez Vallín: Visibilizarlos nos conecta directamente con el pasado. Siempre le explico a las personas que, si no conocemos nuestra historia, no entendemos su valor y, por lo tanto, no surgirá el deseo de defender ni preservar el patrimonio.
Las construcciones antiguas no son valiosas únicamente por ser viejas; lo son porque constituyen un reflejo y un vehículo para entender cómo se organizaron y cómo vivieron las personas que las edificaron. Son nuestra memoria histórica viva.

Los hallazgos y el contexto arqueológico
¿Qué objetos o contextos específicos han podido recuperar durante estas investigaciones?
Lorena Vázquez Vallín: Los arqueólogos no solo nos enfocamos en los muros o edificios, sino en el contexto arqueológico, es decir, en la forma y posición en que se encuentran las piezas.
Entre los materiales asociados a este espacio recuperamos un fragmento del anillo del juego de pelota y varios contextos con restos óseos que evidencian la práctica del sacrificio humano. En particular, hallamos una ofrenda con más de 30 cuellos de individuos sacrificados y fragmentos de cráneo molido. Aunque para nuestra mentalidad actual resulte complejo, en la cosmovisión mexica esto formaba parte de un ritual enfocado en la renovación de la vida a través de la muerte.
Muchos de estos objetos forman parte de las exposiciones temporales del Museo del Templo Mayor, permitiendo que el público contemple de forma integral las ofrendas depositadas originalmente en el Teotlachco.

Conservación y el futuro museo subterráneo
¿Cuáles son los siguientes pasos para el equipo de arqueología una vez concluidas las excavaciones masivas?
Lorena Vázquez Vallín: La labor del arqueólogo en un sitio nunca termina; mientras existan preguntas, habrá aspectos que investigar. La etapa de excavación intensiva en este predio ya concluyó, y ahora nos encontramos en una fase de gabinete y conservación.
Abrir un espacio arqueológico al público no se limita a quitar una cubierta y abrir una puerta; requiere un trabajo continuo de consolidación y estabilización de las estructuras para garantizar su permanencia en el tiempo.
Raúl Barrera: Coincido plenamente. Aunque el predio sea de propiedad privada, los vestigios arqueológicos son patrimonio insustituible de la Nación. El objetivo final de todos estos esfuerzos es la creación de un museo de sitio subterráneo, bajo la supervisión del Museo del Templo Mayor, para que este espacio quede abierto de forma permanente al público y la ciudadanía pueda apropiarse del legado histórico que le pertenece por derecho.




