Impulsa Gabriela Jiménez prevención contra la extorsión en Azcapotzalco
En las clases universitarias y diplomados sobre comunicación política y publicidad recuerdo un módulo sobre psicología del color. Las tonalidades generan sensaciones o tienen impacto indirecto en las emociones, depende el estado quién los observe y el momento en que lo haga. Así se han construido logotipos, identidades personales e institucionales, marcas y hasta campañas.
De esta forma llegamos al punto de inflexión de un tema que, en últimos días, ha generado conversación y polémica: el color morado que el gobierno de la ciudad ha impregnado en mobiliario público y otros espacios en todas las alcaldías.
La revista Psycology Today explica que las bondades del tono púrpura evoca varias sensaciones por su mezcla de colores, la mayoría de manera positiva relacionados a la calidez y espiritualidad; sin embargo, recientes estudios revelan que una exposición constante puede provocar cierta fatiga o frialdad. Realmente esta conversación pasaría desapercibida ante el gusto o animadversión subjetiva, no así cuando se trata de un pretexto institucional de la actual titular del gobierno de la capital, debido a antecedentes y visiones políticas.
Desde hace unas semanas se ha desatado una serie de críticas e inconformidades de diversos grupos sociales, activistas y políticos por la necedad de teñir púrpura casi todos los sitios posibles, sin dejar de lado la figura característica de la actual administración, el ajolote, -qué merece un texto aparte- argumentado que el trabajo del gobierno sólo se ha centrado en esta tarea, dejando de lado acciones u obras necesarias para la ciudad, más allá de la imagen urbana, como garantizar el derecho a la movilidad segura o combatir los niveles de inseguridad.
Las manifestaciones encuentran trasfondo en algo más allá de esta decisión y es que el gobierno local decidió institucionalizar el color del partido gobernante (guinda) también en otros espacios, incluso en los uniformes de los trabajadores de limpia y servicios, lo que también ya generó inconformidades por accidentes y hasta decesos por la falta de visibilidad de dicho color. Se ha generado un hartazgo del color y jaloneo político.
Si bien la cromática de la ciudad podría parecer hasta inocente, lo cierto es que ha desatado una serie de posibilidades y discursos políticos que ocupan espacios en medios de comunicación ante el cuestionable trabajo del GCDMX en varios rubros y una polarización a la que ya nos hemos acostumbrado.
Ésta no es la primera ocasión que una administración pública de la ciudad realiza o utiliza un color polémico como sello político característico. En el tiempo de Miguel Ángel Mancera se decidió cambiar la cromática de los taxis tolerados o de sitio al rosa con blanco, dejando un cobre con rojo en el olvido de la historia. El color rosa, blanco y negro también ocupó las siglas CDMX y se colocaron distintivos metálicos con esos colores en parques, jardines y plazas públicas para dar identidad a la capital del país.
El excesivo color morado en las calles de la CDMX hoy toma tintes sociales gracias a la lucha feminista, también está asociado en México a la Semana Santa, lo que podría detonar, incluso, ciertas opiniones en cuanto a su uso y su relación religiosa.
Clara Brugada no hace nada nuevo y tal vez no viole normativas, pero sí abona al mismo hartazgo que ella ha provocado en varios sectores sociales, quienes se han visto afectados en su cotidianidad por el retraso en las obras del Metro, el cierre de estaciones y ocurrencias, logrando un efecto catártico premundialista que podría, literalmente, manchar su administración con efectos permanentes.
J. Fabián Arellano Merino es periodista, consultor especialista en temas de comunicación institucional, pero sobre todo contador de historias.




