Honran a Bilbatúa, el niño del exilio que le dio memoria a México
CIUDAD DE MÉXICO, 4 de octubre de 2026.- Demetrio Bilbatúa volvió a los Estudios Churubusco con una vida entera de recuerdos. Allí había recorrido los foros siendo joven, cámara en mano, para registrar a las grandes figuras del cine mexicano. Anoche, a sus 91 años, fue él quien recibió el homenaje: el Ariel de Oro por una trayectoria dedicada a preservar la memoria del país que lo acogió desde niño.
“Para mí fue una experiencia inolvidable”, expresó al recordar sus primeros años de trabajo. “Dediqué mi vida a esto”.
En una entrevista durante la gala, el documentalista repasó el camino que lo llevó de los estudios cinematográficos a recorrer México y proyectar sus imágenes en el extranjero. La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas lo distinguió durante la edición 68 de los premios Ariel por un legado que reúne más de mil documentales.
El regreso a Churubusco tuvo un significado especial. Bilbatúa recordó que recorría los estudios con una cámara de 16 milímetros, revelaba el material y participaba en su exhibición en las salas de cine. Ese trabajo lo acercó a Pedro Armendáriz, Dolores del Río, María Félix y Jorge Negrete.
“Ahí hice gran amistad con Pedro Infante y con Tin Tan”, relató. Detrás de los nombres que hoy pertenecen a la historia de nuestra cinematografía, el maestro conserva el recuerdo de compañeros y jornadas de trabajo.
Su propia historia comenzó lejos de aquellos foros. Nació en Vigo, España, en 1935. Después del fusilamiento de su padre y dos de sus tíos durante la Guerra Civil española, llegó a México en 1945, con apenas 10 años. Aquí encontró un hogar y, por influencia de su hermano Ángel, una vocación.
Al hablar de sus inicios, evocó también el trabajo junto al equipo cinematográfico que acompañaba a Adolfo López Mateos. Él era el joven asistente que ayudaba con las baterías y las cámaras de 35 milímetros.
“Yo era el asistente de ellos, era el jovencito que les ayudaba”, recordó el hombre que terminaría construyendo uno de los grandes archivos visuales de México.
Más adelante, junto con Agustín Barrios Gómez, encontró en el documental una manera de superar las limitaciones de los noticiarios cinematográficos. Explicó que las copias tardaban tanto en llegar a ciudades como Tijuana o Mérida que, cuando se proyectaban, los acontecimientos habían perdido actualidad.
La respuesta fue contar historias capaces de permanecer: mostrar los procesos, los pueblos y las transformaciones de un país que conoció mediante sus viajes.
Su cámara registró el crecimiento de las ciudades, las obras de infraestructura, las tradiciones indígenas y las tragedias nacionales. Michoacán forma parte de ese patrimonio, con imágenes de la Noche de Muertos que conservan la relación de sus comunidades con la memoria y los ausentes.
Ese México también viajó con él. Bilbatúa recordó la presentación de sus trabajos en distintos países y la presencia de sus películas en los pabellones mexicanos de encuentros internacionales.
“Los documentales eran los documentales que reflejaban México”, señaló al evocar ese recorrido por el mundo.
El Ariel de Oro se suma a los reconocimientos que ha recibido durante décadas, entre ellos el Ariel por El valle sagrado del Urubamba y el doctorado honoris causa otorgado por la Universidad Autónoma de Occidente en 2022. Parte de su legado se preserva y difunde en el Museo Soumaya.
Anoche, en los mismos estudios donde alguna vez fue el joven que cargaba cámaras y baterías, México reconoció al maestro. Bilbatúa volvió sobre sus pasos con la memoria intacta de aquel comienzo y la certeza de haber dedicado su vida a un oficio que nos permite recordar la nuestra.