Historias Surrealistas
El mundial a 40 años de distancia
Tenía 11 años y transitaba hacia la secundaria, el Mundial en su edición del 86 le cayó de rebote a México, pero el país y su gente lo abrazó con gusto, pese a las grietas, literalmente, que había dejado el sismo de 1985 en la capital.
Los recuerdos se agolpan, a veces uno tras otro y, sin querer hacerlo, me trasladan hasta aquellos años de infancia, pues hoy las emociones y sensaciones están en el aire por esta nueva justa mundialista, a 40 años de aquella histórica cita.
Mi relación con el futbol se escribe años atrás, cuando jugaba de defensa en un equipo llanero de la colonia Gabriel Hernández llamado Jaguares [honestamente siempre he preferido el basquetbol, el beisbol y el futbol americano o tocho, como le llamábamos en ese entonces], pero en un país como el nuestro es casi imposible sustraerse del deporte más practicado en el mundo, según la Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA), con entre 250 y 270 millones de personas, más o menos el 4 por ciento de la población total.
Con el Mundial de España 82 decidí llenar mi primer álbum, el Mundet, patrocinado por la misma refresquera y que era el único que consumíamos en casa. Logré llenarlo y honestamente fue divertido, casi no invertí mucho pues las estampas llegaron gracias a las corcholata, los intercambios, volados y juegos de canicas en la escuela a la que acudía en ese momento. Nombres como Paolo Rossi, Careca, Michel Platini o Andoni Zubizarreta se colocaron para siempre en mi memoria.
Cuatro años después tocó el turno a México y fue como algo de ensueño. Desde la emoción de elegir a la mascota en un concurso, -un genial chile serrano con sombrero de palma a la usanza de los revolucionarios llamado Pique- hasta la posibilidad de acudir a un juego de grupos en Ciudad Universitaria en una tarde de lunes, entre Argentina y Corea del Sur, con victoria para la albiceleste, gracias a los boletos que obsequiaron a trabajadores del gobierno de la capital en la que mi madre prestaba sus servicios como enfermera.
El Mundial era nuestro por todos lados. Era nuestro en las calles, la televisión, el estadio, los anuncios comerciales y también en las manos de un adolescente de 11 años que llenó nuevamente otro álbum, ahora patrocinado por Coca Cola, el México 86, que refunfuñaba por tener la misma estampa hasta 10 veces y por no poder conseguir la de Gary Lineker o el danés Preben Elkjaer.
En mis recuerdos también está aquella sonada bronca en la Zona Rosa, en un restaurante ubicado en la esquina de Hamburgo y Niza, que ocupó portadas de periódicos y que los noticieros de televisión reseñaron entre fans ingleses llamados hooligans y clientes mexicanos que repelieron una supuesta agresión de los primeros.
Días después de aquel episodio caminaba con mi madre por la calle 16 de septiembre, que lucía llena de extranjeros, cuyos orígenes pudimos distinguir al entrar a un restaurante llamado Woolworth, con naves centrales y bancas alrededor en las que podías comer, desayunar o cenar codo con codo, en una sucursal de la Torre de Babel en pleno Centro Histórico.
Aquella imagen de Mar Castro, la Chiquiti Boom, daba la vuelta al mundo por lucir una ombliguera con la marca de una cerveza (Carta Blanca) en su pecho, mientras la misma refresquera del álbum de estampas daba nombre a la ola de la gente en el estadio Azteca que, según los narradores de televisión, fue nuestra aportación para siempre en las gradas de muchas competencias futboleras posteriores.
Cuatro décadas después México y el mundo son otros y un nuevo Mundial llega a nuestras tierras. Somos diez millones más de habitantes en la Zona Metropolitana, el estadio ya no se llama Azteca, los accesos a los partidos son inalcanzables para todos -sólo se jugaran algunos partidos en tres sedes- y hasta el álbum conmemorativo tendrá un costo de entre 5 y 7 mil pesos para los que quieran llenarlo; sin embargo para muchas generaciones este será su Mundial.
Y es que en esta era de la Inteligencia Artificial tener una cita deportiva de esta índole y partidos internacionales oficiales se convirtió en un lujo en varios sentidos y una tarea titánica para todos, principalmente para las autoridades.
Por momentos parece que la CDMX creció sólo en población y expulsó a la gente hacia las periferias, pero continúan los mismos servicios, a pesar que de 1986 a la fecha se crearon 6 líneas más del STC Metro, que hoy parecen insuficientes para recibir a 5 millones de visitantes que se estiman estarán en el país en junio próximo.
A unas semanas del pitazo inicial no se respira entusiasmo y en el aire está la duda si el gobierno de la ciudad terminará las obras en Calzada de Tlalpan -vialidad que conecta el Centro Histórico con el estadio inaugura-, o si la ciclovía y el paso elevado serán obras viables y perdurables, así como el factor seguridad, ante eventos como el ocurrido en la Pirámide de la Luna hace unos días, en la zona arqueológica de San Juan Teotihuacán.
El Mundial llegará a México nuevamente y la ilusión o expectativa no se percibe cercana ala que se sintió hace 40 años, pero tengo el presentimiento, ánimo y deseo que cuando empiece a rodar el balón, cuando los goles muevan las redes, la efervescencia de la fiesta llegue a todos, generando nuevas memorias.
J. Fabián Arellano Merino es periodista, consultor especialista en temas de comunicación institucional, pero sobre todo contador de historias.




