Itinerario político
@guerrerochipres
La tragedia contemporánea no requiere de coros griegos ni escenarios de mármol; le basta un teléfono celular en un hogar de Milpa Alta.
Cuando un joven de 18 años —Ulises "N" también conocido como “Mowgli”— por error remite su madre el video de un homicidio que él cometió, coloca a esa mujer en el centro de una disputa ontológica.
Esta situación lleva a una pregunta central: ¿dónde termina el amparo de la sangre y comienza el rigor de la justicia?
El caso no solo narra un homicidio calificado perpetuado en el Deportivo San Agustín Othenco; describe la demolición de la complicidad biológica en favor de un bien superior.
Los lazos de sangre son, por naturaleza, una fuerza centrípeta que empuja a la protección de las y los hijos, sin importar el peso de su responsabilidad.
Sin embargo, existe una lealtad superior que Aristóteles, en su Ética Nicomáquea, llama virtud y la posiciona como la base del pensamiento ético, donde la justicia tiene una marcada relevancia.
Esa disposición del alma permite al individuo discernir el bien mayor sobre el impulso primario. La madre al cruzar la puerta del Ministerio Público no renunció al amor filial, elevó su existencia a la categoría de la virtud política.
Comprendió que su hijo había cometido un ilícito y ya no solo pertenecía al ámbito de lo privado, su acto lo había desplazado hacia la esfera de lo público, donde la justicia debe imperar para que la polis no colapse.
La denuncia es el reconocimiento de la alteridad. Quien asesina rompe el pacto de convivencia y la madre, al entregar la evidencia, restaura ese orden quebrado.
Aristóteles sostiene: la virtud es el modo de ser que nos hace capaces de realizar lo justo para preservar la armonía comunitaria; por lo tanto, proteger al verdugo bajo el manto del afecto filial habría sido una afrenta a la esencia misma de la virtud.
¿Existe una acción de mayor integridad que someter el afecto al escrutinio de la ley? En Milpa Alta, el gesto de esta mujer expuso una verdad incómoda: el verdadero acto de justicia no reside en el encubrimiento, sino en la aceptación de las consecuencias.
El dilema nos obliga a repensar nuestra propia escala de valores. A menudo, la sociedad confunde lealtad con complicidad. Al final, la verdadera justicia reside en ese modo de ser que nos dispone a obrar correctamente, incluso cuando el costo es la fractura del propio corazón.
Salvador Guerrero Chiprés es coordinador general de C5 de la Ciudad de México




