Calderón contra el enmascarado de Macuspana
La suerte del gobernador Rocha Moya estaba cantada. Inexplicable su retorno al cargo y todavía más el deslinde respecto de la decisión de su regreso por parte del gobierno, los legisladores, sus correligionarios gobernadores y la dirigencia de su partido.
Cuestión de tiempo para que regresara a su condición de gobernador con licencia; de otra forma, implicaría al menos dos cosas: que la postura de quien lo sostiene es irrelevante y la revelación de que quien manda no despacha en Palacio Nacional.
Hago propia la reflexión de Jorge Castañeda de días pasados sobre el fallido pronóstico de los profetas de la ruptura de la presidenta Sheinbaum con el presidente López Obrador.
No sólo eso: si la fuerza de los acontecimientos llevara al distanciamiento, la iniciativa no vendría de Sheinbaum, sino de López Obrador. Como tal, no es de descartar que la mano que mece la cuna del regreso de Rocha Moya haya venido del expresidente.
Hay motivos de agravio del fundador del movimiento, aunque poco tiene que ver en ellos la presidenta Sheinbaum. A López Obrador, la expresidencia le ha cambiado la vida para muy mal, porque nunca la contemplación o la marginalidad ha sido lo suyo.
La adversidad le está acompañando y amenaza con volverse más que eso. La presidenta se ha despojado de mucho, incluso de su misma investidura, para protegerle a él y a su legado, incluso, hasta donde ha podido, a su círculo cercano.
Ha honrado con creces la confianza en ella depositada cuando, en 2021, el presidente decidió construir su candidatura a pesar de los resultados adversos en la elección en la Ciudad de México. No se equivocó.
La nota en Quadratín Yucatán