Hola Paisano
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”: el empresariado frente a su responsabilidad con México
Juan 14:6
México no solamente enfrenta una crisis de crecimiento económico, de seguridad o de confianza institucional. Enfrenta también una crisis de responsabilidad colectiva. Una crisis que nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo, desde nuestra propia posición, para construir el país que queremos heredar a las siguientes generaciones.
En este contexto, una de las afirmaciones más profundas del Evangelio de San Juan adquiere una vigencia extraordinaria: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Estas palabras de Jesucristo, pronunciadas durante su despedida de los discípulos, constituyen mucho más que una declaración de fe. En su sentido teológico, Jesús se presenta como el camino hacia Dios, la revelación de la verdad y la fuente de la vida. Pero también podemos encontrar en ellas una invitación a reflexionar sobre nuestra conducta personal y nuestra responsabilidad frente a los demás.
Para quienes participamos en la actividad empresarial, esta reflexión resulta especialmente pertinente.
Porque hacer empresa no puede reducirse exclusivamente a producir riqueza, generar utilidades o conquistar mercados. Hacer empresa implica también asumir una responsabilidad con la sociedad que hace posible nuestra actividad económica.
Y hoy, más que nunca, México necesita empresarios que comprendan esa dimensión de su liderazgo.
El camino: dejar de ser espectadores
Cuando Jesús habla del camino, nos recuerda que la vida exige dirección, decisiones y compromiso. No basta con conocer el destino; hay que estar dispuesto a recorrer la ruta, incluso cuando representa dificultades.
Algo semejante ocurre con la responsabilidad pública del empresariado mexicano.
Durante demasiado tiempo, una parte del sector empresarial ha preferido mantenerse al margen de los grandes debates nacionales. En ocasiones por prudencia, en otras por temor a las consecuencias políticas o económicas de expresar una posición crítica frente al poder.
Pero el silencio también tiene consecuencias.
No podemos exigir mejores instituciones mientras renunciamos a defenderlas. No podemos reclamar seguridad jurídica sin participar en la discusión sobre el Estado de derecho. Tampoco podemos demandar condiciones favorables para la inversión mientras dejamos que otros decidan, sin nuestra intervención, el rumbo económico y político del país.
La neutralidad frente a los problemas nacionales puede terminar convirtiéndose en una forma de renuncia a nuestra responsabilidad social.
Participar en la vida pública no significa militar en un partido político ni convertirse en adversario del gobierno. Significa ejercer plenamente nuestra condición de ciudadanos, aportar experiencia, defender principios y contribuir a la construcción de soluciones.
El empresario que genera empleos, invierte, innova y asume riesgos tiene una voz legítima que debe escucharse en la conversación nacional.
Pero para que esa voz tenga autoridad, primero debe estar respaldada por el ejemplo.
La verdad: el valor que no admite negociaciones
La segunda expresión del Evangelio nos conduce a uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: la verdad.
Vivimos en una sociedad donde la polarización política, la desinformación y la manipulación de las narrativas amenazan con sustituir los hechos por las conveniencias.
La verdad se vuelve incómoda cuando cuestiona nuestras decisiones, exhibe nuestras contradicciones o confronta nuestros intereses.
Y precisamente por eso resulta indispensable.
En el mundo empresarial, la verdad debería constituir un principio irrenunciable. No solamente en los estados financieros, en los compromisos comerciales o en las relaciones laborales, sino también en la manera de participar en los asuntos públicos.
Un empresariado que aspira a tener influencia social debe ser capaz de señalar lo que funciona y lo que no funciona, independientemente de quién gobierne.
Debe reconocer los aciertos de las autoridades cuando existen y cuestionar sus decisiones cuando afectan el interés colectivo.
La crítica responsable no es una declaración de enemistad. Es una expresión de compromiso democrático.
México necesita recuperar el valor del diálogo sustentado en hechos, argumentos y propuestas, no en descalificaciones o confrontaciones estériles.
También necesita empresarios dispuestos a decir la verdad, incluso cuando hacerlo resulte incómodo para sus propios intereses.
Porque la credibilidad no se construye con discursos, sino con congruencia.
Y sin credibilidad, ningún liderazgo puede sostenerse.
La vida: una economía que tenga rostro humano
La tercera expresión del Evangelio nos conduce al sentido más profundo de la actividad económica: la vida.
¿Para qué queremos empresas exitosas? ¿Para qué buscamos crecimiento, productividad, inversión y competitividad?
La respuesta no debería limitarse a los indicadores económicos.
Queremos empresas exitosas porque necesitamos empleos dignos, familias con oportunidades, jóvenes con futuro y comunidades capaces de desarrollarse en condiciones de libertad y seguridad.
La economía no es un fin en sí misma. Es un instrumento al servicio de las personas.
Esta convicción encuentra una expresión particularmente importante en la doctrina social de la Iglesia, que reconoce la dignidad del trabajo, el destino social de la actividad económica y la responsabilidad de quienes administran recursos y generan riqueza.
El empresario no es solamente un agente económico. Es también un actor social cuyas decisiones repercuten en la vida de trabajadores, proveedores, consumidores y comunidades enteras.
Por eso, defender la libre empresa implica igualmente defender las condiciones humanas, jurídicas e institucionales que permiten que sus beneficios lleguen a más mexicanos.
No puede existir un desarrollo verdaderamente sostenible en una sociedad marcada por la desigualdad de oportunidades, la inseguridad, la corrupción o la ausencia de justicia.
Y tampoco puede construirse prosperidad duradera sin inversión privada, innovación, productividad y empresas capaces de competir.
Ambas realidades deben reconocerse sin prejuicios ideológicos.
México necesita empresarios con voz, valores y compromiso
Estamos viviendo un momento en el que las decisiones públicas tendrán consecuencias profundas sobre el futuro económico e institucional de México.
La revisión del T-MEC, los desafíos de la inversión, la transformación tecnológica, el futuro del empleo y la fortaleza del Estado de derecho obligan a una participación empresarial mucho más activa, organizada y propositiva.
No es suficiente reunirnos en consejos de administración, organismos empresariales o foros especializados para diagnosticar los problemas del país.
Es indispensable trasladar esas reflexiones al espacio público, dialogar con las autoridades, construir propuestas, participar en nuestras comunidades y asumir posiciones claras sobre los asuntos que determinan nuestro futuro.
Organizaciones como Coparmex han demostrado que la representación empresarial puede trascender la defensa de intereses económicos para convertirse en una plataforma de participación ciudadana, fortalecimiento institucional y promoción del bien común.
Pero ninguna organización puede sustituir la responsabilidad individual de cada empresario.
La transformación del país no puede depender exclusivamente de los gobiernos. También exige una sociedad civil activa y un sector productivo dispuesto a involucrarse.
Y esa participación debe estar guiada por valores, no solamente por intereses.
Porque existe una diferencia fundamental entre buscar influencia para obtener privilegios y ejercer liderazgo para contribuir al bienestar colectivo.
La primera actitud debilita a las instituciones. La segunda fortalece a la democracia.
La responsabilidad de no permanecer indiferentes
El mensaje de Juan 14:6 no es un programa político ni una fórmula económica. Es una afirmación espiritual que, desde la fe cristiana, invita a orientar la existencia hacia Cristo.
Sin desvirtuar su significado religioso, podemos encontrar en sus palabras tres referencias para examinar nuestra conducta pública: tener un camino definido, actuar con apego a la verdad y colocar la dignidad de la vida humana en el centro de nuestras decisiones.
No se trata de imponer convicciones religiosas en una sociedad plural, sino de reconocer que los valores personales pueden y deben traducirse en conductas públicas responsables, respetuosas de la libertad y las creencias de todos.
México necesita empresarios exitosos, desde luego. Pero necesita todavía más empresarios íntegros, comprometidos y conscientes de que su liderazgo no termina en las puertas de sus compañías.
Necesita empresarios que no confundan prudencia con silencio, estabilidad con conformismo ni éxito económico con indiferencia social.
Porque el verdadero liderazgo no consiste únicamente en saber dirigir una empresa, sino también en tener la determinación de contribuir a dirigir el destino de una sociedad hacia mejores condiciones de vida.
El futuro de México no se construirá solamente desde el poder político. También se construirá desde las empresas, las universidades, las organizaciones civiles y cada espacio donde existan ciudadanos dispuestos a asumir su responsabilidad.
Y quizá esa sea una de las reflexiones más importantes que podemos extraer hoy de aquellas palabras del Evangelio.
El camino exige compromiso. La verdad exige valentía. Y la vida exige responsabilidad con los demás.
México no necesita un empresariado que solamente pregunte qué país le permitirá hacer negocios. Necesita un empresariado que también se pregunte qué está dispuesto a hacer para construir un mejor país.
Porque al final, el mayor legado de un empresario no debería medirse exclusivamente por la riqueza que acumuló, sino también por el país que ayudó a construir.




