Pandemia y desigualdad

Han pasado seis meses desde que se tomó en serio el brutal golpe a la humanidad provocado por la pandemia.

El saldo es, hasta ahora, un millón de muertes y la recesión mundial más profunda que, en el caso mexicano, resulta similar a la de la gran depresión de los años treinta del siglo pasado que significa el desplome de los ingresos como nunca se imaginó.

Si para muchos países se amplificaron las desigualdades sanitarias, en México se multiplicó la inequidad, tanto por el abandono de los regímenes del pasado como por la falta de visión del gobierno actual que, al minimizar los primeros embates del COVID-19 descuidó a la economía, que ya mostraba signos de debilidad y se afectó seriamente a la sociedad, especialmente a la más vulnerable.

Las secuelas económicas de la pandemia afectaron a micro, pequeños y medianos negocios especialmente en el sector de los servicios que, al ser dominantes en la economía nacional, provocaron desempleo y afectaron las condiciones de vida de millones de hogares con efectos dramáticos para las mujeres y los niños.

El panorama resulta incierto en materia de seguridad porque en dos años no se llevó a cabo ningún tipo de transformación y actualmente 7 de cada 10 personas dependen de la economía informal, sin expectativas de que se modifique su situación en el corto o mediano plazo porque no se han planteado estrategias para formalizar la estructura productiva nacional.

La inacción y el empecinamiento del sector público para impulsar segmentos que no producen riqueza ni fuentes de empleo con la velocidad y las remuneraciones requeridas para financiar programas asistencialistas y la generación de riqueza, contribuye a favorecer la desigualdad.

En México como en el mundo, más del 70 ´por ciento de la población se enfrenta a una situación de desigualdad cada vez mayor en términos de ingresos y riqueza. Es más, como lo expuso recientemente António Guterrez, secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), las 26 personas más ricas del mundo poseen tanta riqueza como la mitad de la población mundial, para nuestro país es una situación que tiende a ser proporcionalmente todavía más cruel

Los ingresos, salarios y la riqueza no son las únicas medidas de la desigualdad.

En la república mexicana las oportunidades a las que pueden tener acceso los ciudadanos dependen del género, de la integración, fortaleza y salud de su familia, pero también de su origen étnico, de su raza, si tienen alguna discapacidad, de su nivel educativo o capacitación, por señalar solamente algunos elementos que tienden a discriminar o a generar más desigualdad.

Nada de eso ha sido contemplado en las políticas públicas, ni como una medida de emergencia. Y no lo hacen porque no siempre son rentables electoralmente, aunque hagan lucir los discursos.

Ejemplo de ello han sido los esforzados trabajadores de la salud. De las distinciones que otorgó el gobierno federal el 16 de septiembre no se otorgó ninguna para institutos de salud como el de Enfermedades Respiratorias o el de Nutrición, que han sido esenciales en la batalla contra la pandemia del coronavirus.

Si en el mundo la ONU estima que cien millones de personas más podrían ser empujadas a la pobreza extrema, imaginemos lo que puede suceder en México cuando no hay estrategias económicas para enfrentar la recesión, frenar la desigualdad y controlar la pobreza.

Junto con ello, no hay estrategias educativas y tecnológicas para crear oportunidades a los jóvenes y a las mujeres a fin de vincular a nuestro país con el repunte productivo de las naciones industrializadas.

Se insiste en tomar decisiones populistas, ofrecer como soluciones mediante chivos expiatorios o acciones contrarias al federalismo, tienden a crearán nuevas desigualdades y divisiones entre la sociedad.

Los elevados niveles de desigualdad que viene arrastrando el país, más los que empujará la COVID-19, plantean un complejo escenario de inestabilidad económica interna y externa, corrupción, más delincuencia, deterioro la mala salud física y mental, en un entorno de inseguridad y falta de un estado de derecho.

@lusacevedop