La recta final de las campañas políticas se parece a los últimos 10 segundos de un largo enfrentamiento pugilístico: los contrincantes olvidan todas las técnicas e ignoran el dolor para lanzarse temerarios a la refriega con la esperanza de ganar o salvar algunos puntos. En esos segundos de pelea sorda, el límite no es la regla sino la conciencia; y en la contienda democrática, la ley deja de ser frontera para transformarse en una difusa área de riesgo y audacia, en una densa niebla de cerrazón y crueldad.

La vasta extensión y la intrincada oscuridad de esa área es el verdadero peligro de la democracia. De nada sirve que un extremo acuse al otro. Lo mismo vale una campaña sucia como las incesantes acusaciones desde el empíreo del poder a los que se consideran adversarios. La respuesta es cambiar el enrarecido ambiente político y no sólo a los políticos; porque al estanque inmundo se le cambia el agua, no al pez por uno más estoico.

Sin duda, como menciona el artículo ‘El falso mesías de México’ publicado en The Economist, la responsabilidad del presidente Andrés Manuel López Obrador en estos contextos de incertidumbre democrática es mayúscula; pero no es exclusiva. La oposición, la ciudadanía y las estructuras intermedias de la sociedad también deben exigirse ideas y vías suficientemente creativas para aclarar el ambiente.

Vamos por partes. Lo que comprendemos por ‘marco legal’ es un conjunto de reglas y leyes que ayudan a la sana convivencia y relaciones sociales; y en su papel democrático, el marco legal no puede ser tan rígido que impida el juego ni tan difuso que banalice la contienda. Aún más: si las instituciones de vigilancia democrática operan unas veces irracionalmente implacables y otras sospechosamente condescendientes, crean un ambiente de incertidumbre tal que es la propia democracia la que resulta herida.

No nos confundamos, que el poder subvierta la idea democrática a su antojo sí es un riesgo; que las diferentes oposiciones alimenten el odio y el engaño, también. Que los poderes fácticos dinamiten la democracia con balas, dinero e intimidación es intolerable; que la ciudadanía la destruya con desconfianza y apatía, es peor. Esa negra área de falta de participación, responsabilidad y vocación democrática en México es el verdadero peligro para la nación.

Dijo Schlegel que “para lo que nos gusta, tenemos genio” y en la conversación social se revela la creatividad y fascinación que el pueblo mexicano tiene para la saña pendenciera más que para el acuerdo. Pero en la oscuridad es imposible el contraste y sólo se alcanza a ver lo que ya hay detrás de los ojos. México se encuentra en esta densa penumbra que clama por luz; y esperemos que esta provenga de muchas pequeñas iridiscencias y no de centelleantes transfiguraciones.

Fue José Emilio Pacheco el que nos recordó que los desastres de la guerra hicieron posible la aparición de la revista ‘El Hijo Pródigo’ en los años cuarenta en México. Fue una propuesta cultural en la que convergieron varias generaciones, estilos, visiones y tradiciones literarias. Me viene a la memoria esto porque, dentro de la oscuridad, para evitar enceguecernos con el brillo absoluto de los mesías de ocasión, es necesario contar con las más variadas luces, dónde no sólo alumbren las teas de los discursos épicos o heroicos, sino las titilantes voces de los heridos, los empobrecidos y los acallados. Luces sencillas y plurales que nos ayuden a leer, a oír y a ver; pero, cuidado, desconfiemos de aquellos fuegos fatuos que hacen de la crítica un medio de ostentación personal o de venganza privada en vez de servir al público. En esos diez segundos antes del último campanazo, necesitamos luz (mucha luz) para ver los golpes entre los contendientes, antes de dar nuestro voto de confianza.

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe