
De frente y de perfil
De mis bendiciones 19
Carlos Ravelo Galindo, afirma:
Don Mario Diaz, allá en Matamoros, Tamaulipas, recuerda desde
el balcón, su columna diaria, que hoy, Miércoles de Ceniza, inicia la
cuaresma de acuerdo al calendario litúrgico católico y anglicano,
tiempo religioso que concluye 40 días antes del Domingo de Ramos,
que marca el inicio de la Semana Mayor.
Los fieles cristianos acudirán a los templos religiosos para la
imposición de la ceniza que se obtiene de la quema de ramos
bendecidos en el Domingo de Ramos del año litúrgico anterior.
El miércoles de ceniza es considerado como un día santo
cristiano de oración, abstinencia, ayuno y como una celebración
litúrgica móvil, porque de acuerdo al calendario religioso, la fecha
puede variar entre el 4 de febrero y el 10 de marzo.
Durante la imposición de la ceniza, el personal religioso asignado
a cada templo porta vestimenta en color morado que simboliza la
actitud penitencial.
En 2021, la Semana Santa inicia el 28 de marzo con el Domingo
de Ramos y termina el 3 de abril, Domingo de Pascua.
Amen y gracias.
Seguimos con lo nuestro.
Además de los Renato también hubo y hay, hoy, otros genios
Benditos los maestros que nos acercan a las letras.
Y a propósito nos mueve mencionar de inmediato otro gran
personaje de la escritura. Periodista, reportero. Intelectual de verdad,
(no como muchos que presumen de serlo sólo porque siempre traen
un libro bajo el brazo o en la mano, que por supuesto nunca leen. Pero
dicen saberlo todo. Y si no, pues muy sencillo: lo inventan. De muchos
de ellos está plagado no sólo el periodismo. Todo México. Para ser
congruente: de Sonora a Yucatán y de Tamaulipas a Guerrero. Sin
Faltar Tlaxcala. De Norte a Sur y de Oriente a Poniente).
Don Arturo Sotomayor de Zaldo que inicia sus actividades como
periodista en 1934. A lo largo de su trayectoria laboró en publicaciones
como “El Nacional”, “Hoy”, “Tiempo”, “La Prensa”, “Novedades” y
“Excélsior”.
En lo académico, impartió cátedra en la Escuela Nacional
Preparatoria, y dictó conferencias como ya dije dentro y fuera del país;
todas ellas sobre la Ciudad de México. Ha recibido premios: Diploma
al mérito de la sociedad defensora del tesoro artístico; premio Ciudad
de México, del Club Primera Plana; la medalla Carlos María de
Bustamante, del Club de Periodistas, etcétera.
Escribió varios libros, cuentos, poemas y ensayos.
Al hablar del periodismo sostuvo: “no es adecuado a la
realidad afirmar que el lenguaje que debemos usar en el periodismo se
unifica bajo el común denominador de la palabra sencillez. Tampoco
rige absolutamente la realización del nuestro trabajo al redactar el
material que debemos entregar, un juicio (no muy juicioso, valga el
retruécano) que con energía –y no pocas veces con indignación-
exigía a la pata llana, con descuido, apoyándose en este argumento:
¡aquí no estamos en la academia!
El periódico es un vehículo de difusión cultural deliberada o
involuntariamente. Al tomar conciencia del trascendente papel social
que desempeña el periodismo, el periodista profesional asume la
responsabilidad de aportar su esfuerzo para elevar los niveles de
información y de instrucción del público lector, habida cuenta de una
realidad sociológica: la mayor parte de la nación mexicana está
compuesta por analfabetas, ya sean funcionales o absolutos; de éstos
puede ocuparse no sólo el Estado sino también instituciones religiosas
o altruistas.
“Los funcionales podrán encontrar en las publicaciones
periódicas que sean de su preferencia, los estímulos para enriquecer
su lenguaje o poner en orden sus ideas. Esto, por sí, ya es motivo
para rendir lo mejor de nuestra preparación al entregar nuestro
trabajo”:
Coincide primero con Miguel Tomasini Saucedo quien dijo: “Creo
que todos los viejos periodistas recordamos un tradicional consejo del
secretario o jefe de la redacción: “escriba como habla”.
Esto, digo, tenía origen en aquellas notas redactadas en forma
barroca que primero las entendían Dios y su autor, y pasado un poco,
muy poco tiempo solamente las entendía Dios.
Sin embargo, el consejo, aunque sabio, era incompleto. Debía
agregarse con la frase: “pero primero aprenda a hablar”. Es innegable
que hay quienes hablan enredado a más no poder y que cuando se
platique con ellos, al final, uno se queda pensando en lo que quiso
decir nuestro interlocutor.
Don Manuel Becerra Acosta que fuera director general de
Excélsior, con gran sabiduría, talento y conocimiento, decía que, para
él, en su calidad de periodista –daba cátedra en la Universidad
Femenina, de doña Adela Formoso de Obregón Santacilia- era mejor
tener un reportero de oficio que un redactor de polendas. ¿Y, a qué se
refería don Manuel? Bien sencillo es; un reportero significa el núcleo
de un diario. El zócalo de la información cotidiana, mundial, citadina.
La base por decirlo llanamente en la que se sustenta la producción del
periódico.
Bien podría pasarse una edición sin el estilo elegante, medido,
refinado de un redactor. Pero nunca de la información agenciada en
México, en el mundo, por un reportero.
En la misma mesa de redacción de Reforma 18, trabajaban
juntos, pero no revueltos, Don Manuel, Don Víctor Velarde, don
Eduardo Martínez, Don Jorge villa Alcalá y tres gramáticos soberbios.
Correctores de estilo: don Leopoldo Ramos, don Lázaro Montes y don
Armando Sosa Ferreiro.
No podré olvidar jamás a don Leopoldo Ramos, excelente, como
Lázaro Montes, enderezadores de entuertos escritos por los
reporteros. Hoy, eso, ya no hay. Todo lo hace la computadora.
Luego narraré una anécdota mía con don Leopoldo. Antes
vayamos con el pensamiento de Lázaro, filólogo excelente y guitarrista
non.
Lázaro decía:
“El comunicador que se precie de serlo deberá, siempre, ofrecer
sus mensajes –escritos u orales- de tal forma que sean
completamente comprensibles, que no dejen lugar a dudas. La
redacción y la oratoria enmarañadas trastornan el entendimiento.
“El emisor impreparado suele usar vocablos que no contienen la
significación que pretende darles. Además, forma oraciones turbias, a
veces inentendibles, por desconocimiento de las reglas elementales
de la sintaxis”.
Considero que hablar del periodismo encuadra un sinnúmero de
profesiones que aún cuando están ligadas entre sí, pero diferenciadas,
representan diversas normas, ideologías y políticas. Así pueden
enumerarse en este orden, por su significación: reporteros, redactores,
editorialistas, articulistas, publicistas y cartonistas y, por supuesto,
epigramistas, como, ejemplo, Luis Vega y Monroy.
No debe olvidarse a los cartonistas de antaño, hablemos de los
de Excélsior. Veamos: allí estuvieron el famosísimo Chango Ernesto
García Cabral; Antonio Arias Bernal, Rafael Freyre, Facha, Pablo
Spivis, Marino y Oswaldo Sagastegui, Heras, Abel Quesada –quien
traicionó a su protector y amigo Jorge Díaz Serrano. No me acuerdo
de más.
No he dejado de reconocer que día a día. Paso a paso. De
noche y de día. Siempre, no he dejado de aprender y reconocer a la
gente que vale. De la que mucho aprendí. Y hoy sigo aprendiendo.
Don Víctor M. Velarde, genio no reconocido aún, como debe ser,
descubrió la armonía y la puso a disposición de Excélsior y sus dos
ediciones. Luego, lo arrinconaron. Y por envidia, irreflexión, lo
dejaron solo. Pero nadie olvida que él, sobre todo yo, fue un gran
maestro, al que debemos, muchos, reconocer su altura. Ya murió don
Víctor, pero muchos no lo hemos olvidado, como aquí, en estas letras,
lo hacemos constar y le rendimos tributo.
Don Rodrigo de Llano, flemático, sereno y eficaz invocaba
siempre entre “sus” reporteros: “escriban para que los entiendan lo
mismo el Secretario de Educación Pública, que, sin molestar a nadie,
la empleada doméstica, del hogar”.
Abro un paréntesis para platicar lo sucedido a don Leopoldo
Ramos, genio de la literatura. Y corrector implacable en Excélsior.
Juntos, durante un tiempo, un año acaso, el hijo del jefe de
redacción entonces, Manuel Becerra Acosta Ramírez y yo
comenzábamos a escribir. Nos pagaban cinco pesos –lo mismo que
recibíamos por nuestro trabajo diario como ayudantes- por cada nota
publicada. Nos encargábamos de escribir sobre personas
desaparecidas. A “Manue”, así le decía yo y el a mí “Rave”, don
Leopoldo le pasaba casi siempre sus notas corregidas, sin chistar
errores con su padre, don Manuel.
En cambio, a mí, me hacía trizas. Y tenía razón, pero no porque
fuera yo un burro. La digo: Don Manuel observaba que don Leopoldo
llegaba como lechuga al trabajo y se iba como rumbera en la noche,
sin salir del edificio. Me comisionó. “Mira muchacho, cuando don
Leopoldo salga de la subdirección, síguelo y ve qué hace”:
Así ocurrió. Entró al baño de hombres y al poco tiempo salió
limpiándose la boca con la palma de la mano. Dejé que se fuera y
entré yo. Revisé la caja de agua y allí, bien protegida, una botella, a la
mitad, de habanero.
Se lo comenté a Don Manuel. Y quién sabe quién le dio el
chisme a don Leopoldo. Me traía en salsa, y con razón.
De modo que mis notas, notitas de una cuartilla cuando mucho,
la cambiaba toda. Así que don Manuel me llamaba y delante de toda la
redacción me ponía como lazo de cochino. Y amenazaba que de no
aprender, dejaría de escribir.
Encontré el antídoto: un día que don Leopoldo destrozó mi
castellano y me llamó don Manuel, yo estaba preparado. En cuanto
comenzó la retahila, lo interrumpí para decirle: “Mire usted don
Manuel. Como se que no soy santo de la devoción del Señor Ramos y
estaba seguro que volvería a ser blanco de su ira, esta nota que tiene
usted en sus manos destrozada la copié íntegramente de una que don
Leopoldo corrigió a su hijo Manuel ayer. Aquí está…”
Soltó la carcajada, no sólo don Manuel sino toda la mesa de
redacción, al tiempo que don Leopoldo Ramos me corría de su
presencia.
Cuando salía de su despacho, escuché a don Manuel decirle a
don Leopoldo: “Ahora sí se encontró a la horma de su zapato…”
Al día siguiente platiqué con el que sería mi más ferviente
corrector. Hubo risas y desde allí hasta su muerte, que la sentí
profundamente, fuimos amigos.
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