Libros de ayer y hoy
Doña Rosa llegó a las seis de la mañana a su clínica familiar. A las once le dijeron que no había medicamento para su presión y que el especialista que necesita tiene agenda hasta dentro de cuatro meses. Ella cotizó treinta años. Su patrón también pagó por ella. Hoy, el Instituto que ayudó a sostener no le responde.
La historia de Doña Rosa se repite en todo el país. No es mala suerte: es el resultado de una forma de gobernar.
Conviene recordar algo que el gobierno parece haber olvidado: el IMSS no le pertenece. Es una institución tripartita, financiada con las aportaciones de los trabajadores, de los empleadores y del Estado. Cada peso que entra a sus arcas tiene tres dueños, y dos de ellos no despachan en Palacio Nacional. Sin embargo, durante estos años el Instituto ha sido administrado como si fuera una dependencia más del Ejecutivo, con decisiones discrecionales que ignoran el espíritu y la letra de su origen.
Las consecuencias están a la vista. Equipos descompuestos que no se reparan y otros que nunca se renuevan. Hospitales prometidos que no avanzan. Médicos y enfermeras que denuncian pagos tardíos, plazas precarias y jornadas extenuantes. Y, sobre todo, recetas que no se surten, porque comprar medicamentos dejó de ser prioridad.
Mientras tanto, el discurso oficial presume que la atención se ampliará a millones de mexicanos más. Nadie se opone a que más personas tengan acceso a la salud; el problema es pretender estirar una cobija cada vez más delgada. Ampliar la cobertura sin asignar los recursos necesarios no es generosidad: es repartir la escasez y llamarla justicia social.
Desde hace siete años hemos visto manifestaciones de personal médico, de pacientes con cáncer, de padres de familia y de trabajadores que exigen lo mínimo. La respuesta ha sido casi siempre la misma: descalificar, prometer y dejar pasar el tiempo. Un gobierno que escucha resuelve; uno que solo simula, administra el enojo.
Ahora nos anuncian que, por fin, harán un levantamiento “piso por piso” para conocer las carencias del Instituto. La pregunta es inevitable: ¿qué estuvieron haciendo todo este tiempo? Las faltas no son un descubrimiento; están documentadas en las quejas de los derechohabientes, en los reportes del propio personal y en cada pasillo saturado. Anunciar un diagnóstico a estas alturas no es responsabilidad, es desfachatez. Es confesar que se gobernó a ciegas o, peor aún, que se veía el problema y se decidió ignorarlo.
El IMSS ha sido durante décadas uno de los grandes logros de México. Su rescate exige devolverle su naturaleza tripartita, transparentar el uso de sus recursos, invertir en infraestructura, pagar con dignidad a quienes sostienen el servicio y garantizar medicamentos. No hacen falta más recorridos ni conferencias: hace falta voluntad.
Trabajadores y empleadores tienen derecho a exigir cuentas, porque es su dinero y es su salud. Doña Rosa no necesita otro diagnóstico. Necesita su medicina.
*Presidente Nacional del PRI.




