Visión financiera
La tarde se pintó de verde, de esperanza, y en el corazón de México Tenochtitlan vibraron los corazones, agitados por un balón y en millones brotaron los gritos, la euforia, la alegría. Todos se hicieron uno mismo y, por algunas horas, se envolvieron en un abrazo.
Los recuerdos de 1970 y de 1986 volvieron a la vida en 2026 y envolvieron a los mexicanos, en ese ritual embriagante que los apasiona. En el Norte, en el Sur, en las costas, arriba, en las montañas, en el desierto, en las selvas, en medio de la lluvia, lo mismo que en las tierras que son áridas, abrazadas por el sol, la pelota volvió a rodar y arrastrar a muchos en torno a 11 hombres que los representaban.
Sólo un puñado de privilegiados, los que están en posibilidades de pagar casi todo lo que desean, pudieron estar presentes en el moderno coliseo, modernizado, remodelado, con un nombre por tercera vez cambiado, para ver la batalla entre los de casa y los representantes de la nación sudafricana.
Únicamente ellos, los de billeteras abultadas, tuvieron oportunidad de presenciar de manera directa la batalla de los modernos gladiadores del balón.
La espera largamente guardada, desde 2018, había llegado a su fin y la contienda arrancaba.
Los 22 peleadores ya estaban frente a frente en la catedral del balompié, ahí, en donde Pelé y Maradona, deslumbraron al mundo con su arte y en el corazón de millones se convirtieron en ídolos, en sagrados, en casi dioses.
Y quedaron conjurados los malos presagios, de que todo estaría condenado al fracaso, de que la organización de una tercera copa del mundo de futbol, en México, sería una catástrofe anunciada.
Así, a trompicones, el balón estaba rodando de nuevo.
Después de una ceremonia inaugural, que muchos vieron deslucida, con poquísimos segundos de artistas conocidos, de Shakira, Belinda, Los Ángeles Azules, de mujeres ataviadas con trajes típicos mexicanos distorsionados, con un ritmo reguetonero que chocaba con lo que vestían, los asistentes volvieron a vibrar con el balompié, con “el juego del hombre”, como lo definió con mucha fuerza un cronista de los años setenta del siglo pasado.
Pero el encuentro no fue todo lo que esperaban los asistentes, con un equipo mexicano deslucido, torpe, desorganizado, sin un sistema definido de juego y, especialmente ineficaz.
Hubo muchos minutos de desasosiego. Los contendientes sudafricanos no eran mejores a los de casa, pero el ritmo de estos era por momentos desesperante, sin calidad.
Muchos minutos de desatinos, pero finalmente, los mexicanos pudieron penetrar la cabaña contraria, en dos ocasiones. Joaquín Quiñones y Raúl Jiménez se vistieron de héroes.
La figura del Quiñones se hizo gigante. Culminó otro de sus sueños, jugar en un Mundial, como había cumplido otro que era salir de su natal Colombia, vencer la pobreza para jugar en México, con los Tigres, con el Atlas, con América siempre en ascenso, hasta que se fue a Arabia Saudita, para ganar cifras millonarias en dólares que jamás hubiera soñado.
Raúl Jiménez derrotó a sus fantasmas, el dolor de su recuperación, después de una fractura de cráneo y la posibilidad, incluso, de que quedará incapacitado para siempre. Se reinventó para anotar su primer gol en un Mundial.
Y el público se les entregó y millones salieron a las calles de las principales ciudades de México para celebrar la victoria. Las plazas se colmaron. El Ángel de la Independencia se volvió nuevamente un hervidero de sentimiento patriotero.
Los políticos también celebraron. La presidenta Claudia Sheinbaum, gritó de alegría, como cualquier mexicano, para celebrar los goles de los jugadores de verde.
Ella no quiso asistir al lugar privilegiado que tenía en el estadio Ciudad de México-Banorte-Azteca y mejor regaló boletos para que mujeres sin posibilidades económicas pudieran estar presentes en el juego. En un sitio especial, montado en el Deportivo Hermanos Galeana, de la alcaldía Gustavo A. Madero, Sheinbaum se convirtió en otra aficionada, al igual que Clara Brugada, jefa de Gobierno de la Ciudad.
La estrategia era perfecta. Vería la contienda como cualquier mexicano más. Evitaría quizá una rechifla si asistía al coloso de Santa Úrsula. No se equivocó. Al interior del estadio, antes del encuentro son Sudáfrica, miles, disgustados con la actual situación del país, corearon: “¡¡Fuera Morena!!”.
Pero otra realidad estaba también presente, en esa capital de tantas emociones encontradas, del día de ayer.
La de los maestros inconformes de la CNTE, la de las madres de desaparecidos, la de los transportistas asaltados a diario en las carreteras, las de los mexicanos vapuleados por la violencia.
Realidades que lastiman, que hieren, que son más fuertes y que, por ello no se pueden tapar con un dedo.
Estas realidades que amenazaron con impedir la inauguración del Mundial de Futbol FIFA 2026.
Esas realidades que asombraron a muchos extranjeros asistentes a la inauguración del evento. Las terribles realidades que no se irán y seguirán cuando el espectáculo, el show, el entretenimiento, la bola de humo del futbol, haya llegado a su fin.




