Libros de ayer y hoy
La vida maravillosa
Es posible que Ludwig Josef Johann Wittgenstein haya sido el más influyente filósofo del siglo XX. Se le considera el mayor pensador después de Emmanuel Kant. Este hombre singular, que se me antoja un personaje de Buñuel, publicó en vida un solo libro, pero fue el libro, el corpus definitorio, el crisol de las respuestas a todos los problemas de la filosofía.
¿Exageración? Quizá, pero no de mi parte. No me he topado con opiniones en contrario en mi mundo académico. Tal vez en las doctrinas orientales o en el seno de los pueblos que conservan la memoria del tiempo primigenio que describió Bruce Chatwin en The Songlines haya disenso, pero esa es otra discusión.
He aquí una personalidad arrebatadora en el cosmos del sophós poblado por espíritus superiores. Fue un niño brillante y tartamudo, vástago de una de las familias más acaudaladas del Imperio Austro-Húngaro, en cuyos salones se daban cita personalidades como el compositor Johannes Brahms. Sus tres hermanos mayores, Hans, Kurt y Rudolf, se suicidaron.
Regaló la fortuna que su padre le heredó. Trabajó como ayudante de jardinero, maestro de primaria, autor de un diccionario para niños, portero de un hospital, escultor, técnico de laboratorio y arquitecto. Despreciaba lo público y levantó una cabaña en lo más aislado de Noruega para vivir en total seclusión. Curioso curriculum vitae para un hombre que puso su impronta en la ciencia “que trata de la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales”.
Al repasar su vida, pienso que Ludwig no era de este mundo. No permitió que ninguna atadura social lastrara su inteligencia y se deshizo de prácticamente todas las convenciones para dedicar su tiempo a lo trascendente.
Se enlistó como voluntario en la primera guerra mundial y peleó en Rusia y en Italia. Estoy seguro de que no fue por patriotismo, sino que tuvo una motivación originada en sus propias turbulencias espirituales, pues fueron precisamente los cuadernos que redactó en las trincheras –y que un enemigo generoso permitió fuesen enviados a su país antes de internarlo en un campo de concentración en Cassino- la base de la única obra que publicó en vida, el Tractatus Logico-Philosophicus, en donde escribe que los problemas filosóficos surgen de equivocaciones de la lógica de la lengua e intenta demostrar lo que esa lógica es.
Dejemos que uno de los estudiosos de la filosofía de Wittgenstein, Carlos Salinas -homónimo de nuestro expresidente-, nos de su punto de vista:
“El pensamiento de Wittgenstein gira en torno al lenguaje. En su primera época consideraba que el lenguaje se asemeja a un mapa de la realidad. Luego, las proposiciones (lo que se afirma, o se niega sobre cualquier hecho), tienen sentido si describen lo que está fuera. Obviamente aquellas proposiciones que no hablan de hechos, que no representan hechos, carecen de significación (por ejemplo afirmaciones de tipo religioso o metafísico). De aquí una conclusión radical: de lo que no se puede hablar, mejor callar [...] Esta tarea de limpieza de la filosofía es tan extrema que, fuera del discurso científico, no queda nada en pie. El lenguaje corriente es defectuoso, tiene muchas proposiciones que no indican nada concreto.”
Ludwig fue atormentado a lo largo de su vida por el problema religioso. Nieto de judíos conversos al protestantismo e hijo de una católica, fue bautizado en esta fe y su funeral fue asimismo católico, pero entre un momento y otro no fue ni creyente ni practicante. Su preocupación con la perfección moral lo llevó a confesar varios pecados, entre ellos uno asaz curioso: haber inducido que se subestimara su judaísmo.
Hubo en la vida de este hombre, como telón de fondo o música de acompañamiento, una densa angustia que se tradujo en una permanente fascinación con lo religioso, al grado de que pensó en tomar los hábitos, aunque tampoco parece que se haya comprometido con una religión en particular. Se oponía a las interpretaciones religiosas que enfatizan la doctrina o los argumentos filosóficos diseñados para probar la existencia de Dios, pero le atraían los rituales y símbolos religiosos. Equiparaba el ritual religioso a un gesto, como cuando se besa una fotografía: no se cree que la persona en la fotografía sentirá el beso o lo corresponderá, ni el beso es sucedáneo de un sentimiento o frase en particular, como “Te amo”. Pero como el beso, la actividad religiosa expresa una actitud.
Ludwig inicialmente se inclinó por la ingeniería aeronáutica y las matemáticas lo llevaron a la filosofía. Su interés en la ingeniería lo llevó a las matemáticas lo cual a su vez lo indujo a reflexionar en los problemas filosóficos de los fundamentos matemáticos. El filósofo Gottlob Frege le recomendó estudiar con Bertrand Russell en Cambridge, en donde fue el más brillante de los alumnos del coautor de la Principia Mathematica.
El punto de vista de Wittgenstein sobre lo que la filosofía es o debiera ser cambió muy poco a lo largo de su vida. En el Tractatus sostiene que “la filosofía no es una de las ciencias naturales” y que ésta “tiene como meta la clarificación lógica de los pensamientos”. La filosofía no es descriptiva sino elucidatoria. Su meta es clarificar lo oscuro y confuso. Se sigue que los filósofos no deben preocuparse tanto con lo inmediato, sino con lo posible, o más bien, con lo concebible. Esto depende de nuestros conceptos y de cómo se ensamblan desde el punto de vista de la lengua. Lo que es concebible y lo que no, lo que tiene sentido y lo que no, depende de las reglas de la lengua, de la gramática.
Wittgenstein dijo que en filosofía el ganador es el que llega al último. Pero no podemos escapar a la lengua o a las confusiones a que da lugar, salvo mediante la muerte. En 1931 escribió: “La lengua pone a todos las mismas trampas; es un enorme mapa de vueltas equivocadas. Lo que debemos hacer entonces es colocar señales en todos los cruceros en donde hay vueltas equivocadas para ayudar a la gente a librar esos peligros.
“Pero tales señalamientos son todo lo que la filosofía puede ofrecer y no hay ninguna certeza de que serán vistos o atendidos correctamente. Así que la filosofía no ofrece verdades, ni teorías, ni nada excitante, sino principalmente recordatorios de lo que todos sabemos.”
Carlos Salinas recordó una anécdota que escribe el propio Bertrand Russell, cuando conoció a Wittgenstein: “Al final de su primer período de estudio en Cambridge, se me acercó y me dijo: ‘¿Sería usted tan amable de decirme si soy un completo idiota o no?’ Yo le repliqué: ‘Mi querido compañero, no lo sé. ¿Por qué me lo pregunta?’
“El me dijo: ‘Porque si soy un completo idiota me haré ingeniero aeronáutico; pero, si no lo soy, me haré filósofo’. Le dije que me escribiera algo durante las vacaciones sobre algún tema filosófico y que entonces le diría si era un completo idiota o no.
“Al comienzo del siguiente período lectivo me trajo el cumplimiento de esta sugerencia. Después de leer sólo una frase, le dije: ‘No. Usted no debe hacerse ingeniero aeronáutico’.”
Para 1949 Ludwig había escrito todo el material que sería publicado después de su muerte con el título de Investigaciones filosóficas. Pasó los dos últimos años de su vida en Viena, Oxford y Cambridge y estaba trabajando cuando falleció en abril de 1951. El producto de esos dos años fue publicado bajo el título Sobre la certeza.
Sus últimas palabras a quienes le rodeaban fueron: “Digan que he tenido una vida maravillosa”.
4 de octubre de 2026