Juego de ojos
Durante años, una buena parte del éxito comercial de México se ha medido por una cifra: cuánto exportamos. Hoy, frente a la revisión del T-MEC, quizá deberíamos comenzar a hacernos una pregunta diferente: ¿cuánto valor mexicano existe realmente detrás de todo lo que exportamos?
La respuesta será determinante para definir la posición que México ocupará en la nueva etapa de integración económica de América del Norte.
La revisión del T-MEC ocurre en un momento particularmente relevante. Estados Unidos y México buscan fortalecer las cadenas regionales de suministro, revisar reglas de origen y disminuir la dependencia de insumos provenientes de otras regiones, particularmente de Asia. En julio, ambos países reportaron avances precisamente en estos temas y, actualmente, alrededor de 85 por ciento de las exportaciones mexicanas mantiene un arancel de cero bajo el acuerdo.
La coyuntura representa una enorme ventaja competitiva para nuestro país. Pero aprovecharla dependerá de algo más que mantener condiciones favorables de acceso al mercado estadounidense.
México necesita aumentar su capacidad para producir aquí una mayor proporción de los bienes, componentes, servicios y tecnología que demandan las cadenas productivas de América del Norte.
Y en esa tarea las pequeñas y medianas empresas tienen un papel fundamental.
Nuestro país ha demostrado durante décadas su capacidad para atraer grandes inversiones y desarrollar una poderosa plataforma manufacturera. Automotrices, empresas aeroespaciales, fabricantes de dispositivos médicos, compañías electrónicas y grandes corporaciones globales producen desde México para abastecer mercados internacionales.
El desafío ahora consiste en lograr que alrededor de esas compañías exista una red mucho más amplia de proveedores mexicanos.
No basta con fabricar en México. Necesitamos producir más valor desde México.
Para lograrlo, miles de PyMEs deben tener la posibilidad de incorporarse a cadenas de suministro que hoy exigen estándares cada vez mayores de calidad, trazabilidad, productividad, tecnología, innovación y cumplimiento.
El problema es que muchas empresas mexicanas con potencial para hacerlo todavía enfrentan barreras importantes. Algunas necesitan financiamiento para adquirir maquinaria; otras requieren certificaciones internacionales, transformación digital, capacitación especializada o información para identificar oportunidades de negocio con grandes compradores.
Cerrar esas brechas debería convertirse en uno de los objetivos estratégicos de México durante la revisión del T-MEC.
El país necesita una política mucho más ambiciosa de desarrollo de proveedores nacionales que permita identificar PyMEs con potencial, prepararlas para competir y conectarlas con las grandes empresas instaladas en México y en el resto de América del Norte.
La oportunidad será particularmente importante en las industrias que definirán la competitividad durante la próxima década: semiconductores, electromovilidad, dispositivos médicos, manufactura avanzada y tecnologías digitales, entre otras.
Cada nuevo proveedor mexicano que logre incorporarse a estas cadenas representa algo más que un contrato para una empresa. Significa empleos especializados, transferencia de conocimiento, inversión productiva y generación de riqueza que permanece en nuestro país.
Por eso, el indicador relevante de esta nueva etapa de integración económica no debería ser únicamente el volumen de nuestras exportaciones. También debemos observar cuánto contenido nacional incorporamos a esas exportaciones y cuántas empresas mexicanas participan en su producción.
Para conseguirlo se necesita corresponsabilidad.
Las grandes compañías pueden ampliar y desarrollar sus redes de proveedores nacionales. Las PyMEs deben invertir en productividad, tecnología, talento e innovación. Los organismos empresariales tienen la capacidad de conectar empresas, identificar oportunidades y generar conocimiento. Y al gobierno le corresponde ofrecer las condiciones indispensables para competir: seguridad, infraestructura, energía suficiente, acceso al financiamiento, certeza jurídica y reglas claras.
La revisión del T-MEC abre una ventana para colocar esta discusión en el centro de la agenda económica. Las conversaciones entre México y Estados Unidos continuarán en septiembre y el desarrollo de cadenas regionales seguirá siendo uno de los temas relevantes de la negociación.
México llega a este momento con ventajas extraordinarias: ubicación geográfica, experiencia manufacturera, talento, una extensa red de tratados comerciales y acceso privilegiado al mercado estadounidense.
Pero las ventajas geográficas por sí mismas no garantizan prosperidad.
La verdadera oportunidad consiste en transformar nuestra posición estratégica en capacidades productivas nacionales.
Si dentro de algunos años podemos mirar hacia atrás y comprobar que el T-MEC permitió que miles de pequeñas y medianas empresas mexicanas se convirtieran en proveedoras competitivas de América del Norte, habremos dado un paso mucho más importante que simplemente incrementar nuestras exportaciones.
Habremos conseguido que México deje de ser solamente un gran lugar para producir y se convierta, cada vez más, en un país capaz de generar el valor que América del Norte necesita.
Carlos Chávez de Icaza
Analista de la comunicación del sector empresarial.




