México en las calles y ellos simulando
Estratega en Consciencia y Responsabilidad Digital
La educación superior atraviesa una transformación que no puede ignorarse. En las aulas universitarias, la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) se ha convertido en una herramienta cotidiana para enseñar, estudiar, evaluar e investigar. Sin embargo, su adopción avanza más rápido que la capacidad de muchas universidades para establecer criterios pedagógicos y reglas que permitan utilizarla con responsabilidad.
Los resultados de la Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones sobre la Inteligencia Artificial Generativa en la Educación Superior Mexicana (ENIAG) 2025 muestran la dimensión del fenómeno: el 60% de los docentes y el 66% de los estudiantes utilizan la IAG de manera habitual en sus actividades académicas.
El problema no es que la usen, la discusión es cómo la utilizan y qué procesos de aprendizaje estamos dejando en sus manos. La ENIAG 2025 muestra que el uso tiene un fuerte componente práctico: el 79% de los estudiantes la emplea para la redacción de textos, el 61% para producir imágenes y el 10% para crear contenidos audiovisuales.
La IAG puede ayudar a organizar información, explorar ideas, recibir retroalimentación o agilizar tareas; pero cuando se utiliza para sustituir el análisis, la lectura, la escritura y la construcción de argumentos, se corre el riesgo de entregar una respuesta sin haber desarrollado el proceso intelectual que debería.
Ahí está uno de los principales desafíos para las universidades, no se trata de impedir el uso de la IAG, sino de enseñar a utilizarla sin renunciar a las capacidades que la educación debe formar: comprender, cuestionar, argumentar, investigar, crear y tomar decisiones.
La falta de contenidos y programas pedagógicos adaptados al nuevo contexto de la IA deja a estudiantes y docentes sin suficientes herramientas para reconocer sus límites, identificar sus sesgos y verificar la información que produce. Sin orientación, la facilidad de obtener una respuesta puede terminar desplazando el esfuerzo para comprender un problema.
Por ello, la adopción acelerada y todavía insuficientemente regulada de la IAG plantea varios desafíos para la educación superior, como:
Si las instituciones no actúan, la tecnología puede ampliar una desigualdad que ya existe: quienes cuentan con recursos y orientación podrán aprovechar mejor estas herramientas, mientras otros estudiantes quedarán al margen de una alfabetización digital que será cada vez más necesaria.
La educación superior debe preguntarse qué quiere que sus alumnos sean capaces de hacer por sí mismos y qué usos de la tecnología pueden ayudarles a lograrlo.
Además, cinco de cada diez docentes y cuatro de cada diez estudiantes señalan utilizarla como un espacio de desahogo emocional.
Estos datos obligan a abrir una conversación que va más allá de la tecnología. Una herramienta puede ofrecer información, sugerir recursos o ayudar a una persona a ordenar lo que siente, pero no debe convertirse en sustituto del acompañamiento profesional, familiar o institucional que puede requerir una situación de salud mental.
Las universidades necesitan establecer criterios para estos casos y fortalecer sus servicios de orientación y atención. La respuesta no puede consistir en decirle a un estudiante que no utilice una herramienta, debe garantizar que encuentre una persona o un servicio al cual acudir.
La falta de reglas no significa ausencia de responsabilidades. La UNESCO ha advertido que la educación se ha adaptado más lentamente que la expansión de la IAG. Una encuesta realizada por el organismo a escuelas y universidades en el mundo encontró que el 10% contaba con políticas institucionales o directrices formales para su uso.
Por eso, regular la IAG en la educación significa establecer condiciones para que su uso tenga sentido educativo. Es así que las autoridades y las instituciones educativas deben avanzar, al menos, en cuatro frentes:
Regular implica evaluar, las instituciones necesitan revisar qué herramientas utilizan, qué resultados producen y qué efectos tienen en el aprendizaje. La UNESCO plantea la necesidad de validar la pertinencia ética y pedagógica de los sistemas de IA y fortalecer las capacidades de docentes y estudiantes.
La discusión no puede reducirse a la educación superior, lo que ocurre en las universidades llegará, con sus particularidades a la educación media superior y básica. De ahí la necesidad de formar desde ahora a estudiantes capaces de utilizar estas herramientas sin aceptar automáticamente todo lo que producen.
La IAG puede ser útil para aprender, pero aprender sigue siendo una responsabilidad humana.
Las universidades tienen ante sí una tarea concreta: establecer reglas, formar a su comunidad y revisar sus formas de enseñar y evaluar. No para darle la espalda a la tecnología, sino para evitar que la facilidad de obtener una respuesta termine desplazando la capacidad de construirla.
El reto no es elegir entre inteligencia artificial o inteligencia humana, es decidir qué lugar queremos que ocupe cada una dentro de la educación.
---000---
Sígueme en:
| Nahima Spinoso, ClickConsciente | |
| nahima.spinoso, clickconsciente.mx | |
| TikTok | @nahima.spinoso |
| X | Click Consciente |




