Alfa omega
Mañana volverán los camiones a llenar la plaza. Vale la pena hacer lo que cualquier familia hace al final de la quincena: sacar cuentas antes de aplaudir. En 2018, millones de mexicanos votaron con una esperanza legítima. Ocho años después, el saldo es un catálogo de pifias que ya no caben en la palabra “error”.
La primera fue tirar la pared porque la pintura estaba descarapelada. Desapareció el Fonden, y cuando Otis arrasó Acapulco el país vio lo que significa enfrentar una tragedia sin paraguas. Se liquidó el Seguro Popular, que cubría a más de cincuenta millones de personas; su sustituto, el Insabi, murió a los pocos años, y en medio quedaron el desabasto de medicamentos y los padres de niños con cáncer. Se disolvió la Policía Federal para militarizar la seguridad, y se eliminaron el INAI, la Cofece, el IFT y el Coneval: los instrumentos con los que el ciudadano podía verificar lo que le dice el poder.
“Abrazos, no balazos” se tradujo en un Estado que dejó de estorbarle al crimen. Vimos el Culiacanazo, gobernadores señalados y a un exsecretario de Seguridad de Tabasco capturado en el extranjero como presunto líder criminal. No me toca dictar sentencias, pero cuando los indicios se acumulan en tantos Estados, la sospecha de un pacto de impunidad es una pregunta que el poder está obligado a responder. Mientras tanto, el cobro de piso alcanza a tortilleros y limoneros, las madres buscadoras son desacreditadas y los periodistas, exhibidos desde el púlpito. La sociedad civil quedó asfixiada entre el crimen que extorsiona y el gobierno que estigmatiza.
La cancelación del aeropuerto de Texcoco costó más de 330 mil millones de pesos según la Auditoría Superior, y le dijo al mundo que aquí un contrato dura lo que el humor del gobernante. En Segalmex, creado para llevar alimento a los más pobres, se detectaron irregularidades por unos 15 mil millones: se robó, literalmente, la comida de los pobres, y su titular fue reubicado en otro cargo. En la escuela se eliminaron la evaluación y las escuelas de tiempo completo, que para muchos niños eran la única comida caliente del día; PISA 2026 nos dejó en los peores resultados en más de dos décadas.
Nunca un gobierno concentró tanto poder con un Estado tan débil. La austeridad vació hospitales mientras sobraba dinero para una refinería y un tren. El Congreso se volvió oficialía de partes bajo la consigna de “no le cambien ni una coma” con una mayoría inflada. El Poder Judicial fue sustituido por acordeones.
Programas sin reglas claras, padrones levantados por “servidores de la nación” y ya sin nadie que los evalúe. Se entrega la tarjeta, pero se retira el hospital. Se construye dependencia, no derechos; una gratitud que mañana habrá que demostrar subiéndose a un camión.
Quienes llenen la plaza no son culpables de nada. El problema es de quien convierte esa necesidad en capital político. Los países no se miden por el tamaño de sus mítines, sino por sus hospitales, sus calles, sus jueces y sus salones de clase. Reconocer las pifias es el primer paso. Lo que no podemos permitirnos es seguir aplaudiéndolas.
*Presidente Nacional del PRI.




