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CIUDAD DE MÉXICO, 29 de septiembre de 2023.- Steven Wilson lanza su séptimo disco solista: The harmony codex, donde a lo largo de las diez pistas navega por una maraña de recuerdos y pasea al oyente por senderos en los que se alargan las sombras proyectadas por la reflexión, la rumiación y el arrepentimiento.
Este códice es un vívido tapiz concebido y reconstruido por un artista que trabaja solo en un estudio situado en el garaje de una casa del norte de Londres, con la ayuda de músicos de todo el mundo (entre los que se incluyen antiguos compañeros de estudio como Ninet Tayeb, Craig Blundell y Adam Holzman, además de una serie de colaboradores noveles como Jack Dangers de Meat Beat Manifesto y Sam Fogarino de Interpol).
Se invitó a cada músico a aportar su sello personal al disco. Los bordones, las cuerdas y los sonidos sampleados que cada artista envió por los cables se entretejieron para crear la música que inicia el viaje”, detalló Virgin Music, en un comunicado.
Y es un viaje. En constante evolución a lo largo de 65 minutos, comienza con Inclination, un tema construido sobre la base de un ritmo de precisión a la vez mecánico y marcial. A medida que caen elementos aparentemente incongruentes, el conjunto se despliega en un remolino de hipnotizante alma digital. A partir de ahí, el disco se desvanece con una brisa acústica melancólica (What life brings) antes de crujir con una batería tribal que hace crujir los huesos y una línea de bajo subsónica (Beautiful scarecrow).
En otras partes, los tartamudeantes bucles de batería se unen a las arañadas líneas de guitarra góticas (Actual Brutal Facts), la frágil electrónica se abre como el cielo nocturno tras las nubes (Economies of scale) y una miríada de instrumentos realizan un alucinante acto de equilibrismo a lo largo de diez minutos (Impossible tightrope). Una y otra vez, las letras vuelven a ese mapa de la memoria y a esas largas sombras.
Aunque The harmony codex hace guiños a discos del pasado reciente de Steven Wilson, a veces con ecos del estruendo paranoico de Insurgentes de 2008, la electrónica cristalina de The future bites de 2021 y la narrativa expansiva de The raven that refused to sing (and other stories) de 2013, aquí ha conseguido crear algo totalmente único, un disco que existe fuera de la noción de género.