¿Desaparición de Morena?
El reciente asesinato del párroco Román de la Cruz, en la sierra de la Huasteca hidalguense, ha vuelto a poner en la agenda pública una inquietud sobre este tipo de violencia. Estos crímenes no suelen ser eventos aislados: no se limitan a los márgenes del hecho criminal ni a la escena de la tragedia, ni pueden reducirse a las líneas de investigación o al esclarecimiento de los móviles.
Como recuerdan los expertos del CCM —que han investigado y acompañado estos casos durante más de una década y media—, atentar contra un ministro de culto, contra el facilitador, el acompañante o el guía espiritual de una asamblea de fieles suele afectar y desarticular a poblados enteros. Trastoca la vida cotidiana de comunidades complejas y, sobre todo, socava las fuerzas colectivas de resiliencia y esperanza frente al horror.
El sacerdote de una localidad suele ser un agente estabilizador de la cotidianidad. Desde las campanadas del templo y las misas dominicales hasta varias celebraciones sociales y familiares, la vida comunitaria opera, con mayor o menor acierto, al ritmo que el párroco imprime. Además, actualmente las parroquias y centros religiosos suelen ser espacios de desarrollo comunitario: ofrecen clases y talleres, centros de escucha, agentes de caridad para la asistencia social, dispensarios médicos y hasta actividades recreativas y deportivas.
También, ante situaciones adversas como desastres naturales o crisis sociales, los templos suelen transformarse en refugios, centros de acopio o santuarios de acogida para familias desplazadas. Aún más, en los últimos años algunas parroquias buscan ser un hilo de comunicación y esperanza entre las familias buscadoras y la sociedad, pues quizá, teniendo alguna información sobre sus seres queridos desaparecidos, algunas personas no quieren o no pueden acudir a las autoridades para compartirla y utilizan los “buzones de paz” para auxiliar desde el anonimato.
Por lo tanto, cuando una comunidad se entera de que su párroco ha sido ultimado en un crimen horrendo, muchos de estos servicios y esfuerzos comunitarios se ven profundamente afectados. La cotidianidad se rompe; la oficina de la iglesia suspende actividades; los cooperadores parroquiales entran en incertidumbre o en franco temor por su integridad; la colectividad desconfía. La construcción del tejido social se convierte momentáneamente en una mera construcción de hipótesis y suposiciones. Sí, en muchas ocasiones, la fe de la gente crece y se manifiesta —lo he visto—, pero también he escuchado a feligreses que afirman que todo cambia tras el crimen: se modifica el ritmo de la vida común y también cambian las miradas entre la gente.
En los últimos 20 años, en estos y otros artículos he insistido en que los crímenes contra ministros de culto no constituyen actos de persecución religiosa, y sigo convencido de ello. Sin embargo, quizá desde 2014, las agresiones y amenazas contra estos líderes de comunidad y estos centros de activación social han puesto de manifiesto que el interés de los grupos criminales es romper la confianza colectiva, la participación comunitaria y la esperanza compartida: nos obligan a vivir en un estado de muerte, tanto lenta como súbita.
Lo visible es el crimen contra el sacerdote en sí; lo oculto es la presión multidimensional del temor que quiebra la vida comunitaria. Y mientras se busca justicia para que el asesinato no quede impune, no hay que olvidar que hay por lo menos una grey o una localidad que también es víctima o ha sido acorralada en el nuevo ritmo impuesto por el crimen.
Esto quedó evidenciado en el reciente homicidio del sacerdote De la Cruz. Fuentes extraoficiales refieren que el mensaje dejado en el cadáver del religioso no se limita a regodearse en el atroz crimen, sino que busca demostrar que hay otras víctimas ya amenazadas, que deben cumplir con las exigencias del orden criminal y que los grupos delictivos no buscan tener una “base social”: su juego es la coacción, la intimidación y la amenaza, como bien acertó a señalar el sacerdote Filiberto Velázquez frente al discurso oficial.
Parafraseando a Brecht, es sencillo saber qué hacer cuando el mal lleva los dientes por fuera, pero no cuando trae un cuchillo que no se ve. Los crímenes contra sacerdotes —al igual que contra líderes políticos, sociales o comunitarios— son la punta del iceberg de un mal que muchas veces no queremos ver y que pretende imponer el ritmo funesto de una cotidianidad sometida a él, y atemorizar todo esfuerzo de reparación de la urdimbre social. El llamado a no dejarnos dominar por esa lógica de miedo y resignación no podría ser más acuciante.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




