Libros de ayer y hoy
Hay dos Méxicos. Uno vive en Palacio Nacional y en los spots oficiales: ahí todo va bien y quien diga lo contrario es un adversario. El otro no sale en la mañanera. Está en las calles, en las carreteras, en las plazas y en las fiscalías. Morena gobierna para el primero y simula que el segundo no existe. Pero existe, y cada día grita más fuerte.
Pregunte a cualquier ama de casa en un mercado de Iztapalapa o de Culiacán: con el mismo billete de hace un año hoy trae la mitad de la bolsa. La tortilla, el huevo, el pollo, el frijol: todo sube, mientras el discurso oficial presume que la inflación está bajo control. Por eso hay productores protestando en las carreteras y consumidores en las plazas públicas. La gente no come promedios.
Nos prometieron un sistema de salud como el de Dinamarca. Tenemos madres que hacen rifas para pagar quimioterapias, pacientes que esperan meses una cirugía y recetas que se surten con un “regrese la próxima semana”. Cuando un enfermo tiene que bloquear una avenida para conseguir su medicamento, el problema no es el enfermo, sino un gobierno que prefiere negar el desabasto antes que resolverlo.
No hay imagen más dolorosa que la de una madre con una pala en la mano, buscando a su hijo entre fosas porque las instituciones no lo hacen. Con más de cien mil personas desaparecidas, el poder ha preferido discutir la cifra antes que atender a las familias. Una madre buscadora no tiene partido. Tiene una foto, una fecha y un hueco en el pecho.
Cada año miles de jóvenes son rechazados de las universidades públicas, no por falta de talento sino de lugares. Un país que le cierra el aula a sus jóvenes les deja abierta otra puerta, mucho más peligrosa. Y mientras marchan exigiendo dónde estudiar, el gobierno presume becas como si una transferencia sustituyera un salón y un maestro.
El taquero, la tortillería, el transportista, el productor de limón: todos conocen el cobro de piso. Pagan dos impuestos, uno al SAT y otro al crimen, y del segundo nadie los protege. La respuesta oficial sigue siendo que los delitos van a la baja. Habría que decírselo a quien recibe la llamada amenazante cada semana.
Nos dirán que la pobreza bajó, que el salario mínimo subió y que todo es herencia del pasado. Algo de eso es cierto, pero un apoyo bimestral no compensa la carestía, no abre una clínica ni devuelve un hijo. Y el partido que gobierna desde hace más de un sexenio ya no puede presentarse como recién llegado.
La simulación tiene fecha de caducidad. Se puede maquillar una cifra o descalificar a quien protesta, pero no se puede esconder a un pueblo entero en la calle. Gobernar no es narrar un paraíso; es escuchar a quienes viven en el infierno. Hoy México habla a gritos en cada camino, plaza y carretera. La pregunta es cuánto tiempo más van a fingir que no lo oyen.
*Presidente Nacional del PRI.