Hola Paisano
El pasado fin de semana ocurrió algo que el gobierno no esperaba: miles de jóvenes y no tan jóvenes salieron a las calles a manifestar su hartazgo. Sin partidos, sin líderes visibles, sin templete ni discursos, la llamada “marcha de la generación Z” fue, ante todo, una expresión genuina de inconformidad. Una generación que nació en medio de crisis y promesas rotas, decidió por fin levantar la voz.
En distintas partes del mundo, los jóvenes han encabezado protestas contra el cambio climático, el racismo, la desigualdad o la violencia institucional. Pero en México, fue la inseguridad la que encendió la chispa. No es un fenómeno nuevo —llevamos casi dos décadas atrapados en una estrategia militar fallida que sólo ha multiplicado la violencia—, pero sí es nuevo que los jóvenes comiencen a romper el silencio que les habían impuesto la desesperanza y la desconfianza.
Lo que los llevó a marchar no fue solo el miedo, sino el hartazgo de vivir en un país donde la inseguridad se ha vuelto rutina, donde la impunidad manda y donde el gobierno insiste en negar lo evidente. Desde el poder se repite que todo va bien, que los datos se exageran, que la violencia es un invento mediático o una narrativa de la oposición. Pero la realidad se impone cada día: jóvenes asesinados, desaparecidos, víctimas de feminicidio o reclutados por el crimen.
Esa negación permanente —ese intento por maquillar la tragedia— es lo que terminó por detonar esta manifestación.
Por eso esta marcha resultó tan incómoda. Porque no hubo a quién culpar. No hubo un opositor que “manipulara” a los manifestantes, ni un partido detrás del movimiento. El gobierno se quedó sin el enemigo al que acostumbra responsabilizar. Frente a una expresión espontánea, la respuesta fue la de siempre: obstaculizar el paso al Zócalo, dispersar con violencia, minimizar la participación y reprimir.
Cuando un gobierno necesita impedir una marcha para mantener el control del discurso, es que ya lo perdió.
El mensaje de la generación Z fue claro: no quieren ser una estadística más. No quieren vivir en un país que les promete futuro pero les arrebata el presente. Quieren ser escuchados. Quieren vivir sin miedo.
Y también lanzaron un recordatorio para quienes gobiernan: los jóvenes no son una masa manipulable ni un sector que se compra con becas o apoyos económicos. Pensaron que bastaba con mantenerlos tranquilos con dinero, pero se olvidaron de garantizarles un mañana con educación de calidad, empleos dignos, oportunidades de vivienda y libertad para construir su propio proyecto de vida.
Esa es la paradoja de esta generación: la más conectada, la más informada, pero también la más precarizada. Crecieron viendo cómo las instituciones fallaban una y otra vez, cómo las promesas políticas se diluían y cómo la impunidad se volvía norma. Hoy, al ver que nada cambia, empiezan a organizarse, aunque sea sin banderas ni líderes. Eso es lo que más teme el poder: que una nueva generación despierte sin pedir permiso.
Esta marcha deja preguntas que el gobierno no puede seguir evadiendo.
¿Tomará en serio la indignación de la población o seguirá negando la realidad?
¿Asumirá su responsabilidad por la represión o continuará culpando a los opositores?
¿Habrá explicaciones claras de lo ocurrido o se optará por el silencio?
Y, sobre todo, ¿entenderán que lo que se expresó en las calles no fue una provocación, sino una advertencia?
Porque si algo demostró la generación Z es que ya no se conforma con el discurso de que “todo está bien”. Y cuando una generación pierde el miedo y recupera la voz, ya no hay marcha atrás.
La protesta del fin de semana no fue un episodio aislado; fue el primer síntoma de una sociedad que está dejando de creer en un gobierno que insiste en negar lo que todos vivimos.
La generación Z no busca privilegios. Exige lo mínimo: poder vivir sin miedo, tener futuro y ser escuchada. Si el poder no entiende ese mensaje, pronto descubrirá que el silencio de los jóvenes era solo el preludio del ruido que viene.