Libros de ayer y hoy
Entre las curules vacías y las cuentas pendientes, la glosa un arma electoral.
La glosa del Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum llega a San Lázaro con una peculiaridad: las comparecencias del gabinete tienen el reto de cumplir dos funciones, informar, dar cuentas creíbles y claras, y ser un instrumento electoral ante las críticas, corrupción y la caída de la credibilidad de Morena.
En tanto la coordinación y la bancada de Morena en la Cámara ya tienen una cuenta pendiente consigo mismas: llenar las curules.
La comparecencia de Hacienda dejó el antecedente de un Pleno semivacío, al grado de que el propio coordinador de Morena, Ricardo Monreal, cuestionó que los legisladores pasaran lista y abandonaran el salón. “¿A quién le habla el secretario?”, preguntó. A las curules vacías.
El dato no es menor porque la semana del 5 al 9 de octubre pretende precisamente convertir el informe presidencial en ejercicio de rendición de cuentas.
El martes 6 está citado el secretario del Trabajo, Marath Baruch Bolaños, ante el Pleno; Alicia Bárcena comparecerá ese mismo día ante comisiones y el jueves 8 Omar García Harfuch acudirá ante la Junta de Coordinación Política, y en el Senado tiene programada para el 5 de octubre la comparecencia de Rosa Icela Rodríguez ante su Jucopo.
El calendario, aprobado por la Cámara, contempla además nuevas comparecencias conforme avance la glosa.
Y ahí estará el verdadero examen para la oposición: no sólo qué pregunta, sino qué logra colocar en la discusión.
Porque la paradoja ya está instalada. La oposición reclama más comparecencias y mayor publicidad de los encuentros; Morena exige que los legisladores cumplan con su responsabilidad; y, mientras tanto, las curules tienen la desagradable costumbre de quedarse vacías.
La glosa corre así el riesgo de convertirse en un ritual de dos velocidades. Los funcionarios llegan con cifras, gráficas y argumentos; los opositores llegan con preguntas, acusaciones y reclamos; y después cada bancada sale a declarar que hizo su trabajo.
El problema es que una comparecencia no se mide por el número de minutos frente al micrófono, sino por las respuestas que quedan sobre la mesa.
El PRI llegará con otra factura. Rubén Moreira ha planteado que las comparecencias de los secretarios de Defensa y Marina sean ante el Pleno, bajo el argumento de que no deben ser una cortesía política, sino una obligación constitucional para explicar resultados ante los ciudadanos. El reclamo priista coloca seguridad, fuerzas armadas y rendición de cuentas en el centro de la glosa.
Moreira planteó ante la Junta de Coordinación Política que los titulares de la Secretaría de la Defensa Nacional, general Ricardo Trevilla Trejo, y de Marina, almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, comparezcan directamente ante el Pleno de la Cámara de Diputados, como parte de la glosa del Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum. El coordinador del PRI sostuvo que la presencia de ambos funcionarios no debe reducirse a un encuentro privado con los líderes parlamentarios, sino realizarse públicamente ante las bancadas y frente a la ciudadanía.
El priista argumentó que las comparecencias de los secretarios de Estado “no son una cortesía política”, sino una obligación constitucional vinculada con la rendición de cuentas. A su juicio, el Congreso es el espacio para que los funcionarios expliquen el estado que guardan sus dependencias, respondan cuestionamientos de los legisladores y permitan evaluar las políticas aplicadas, particularmente en materia de seguridad y defensa nacional.
La propuesta de Moreira contempla un formato de mayor confrontación parlamentaria: una intervención inicial de hasta 20 minutos para cada funcionario, seguida de dos rondas de preguntas de los grupos parlamentarios y sus respectivas respuestas, además de una ronda final de posicionamientos de las bancadas.
Con ello, el PRI busca que la seguridad nacional salga del formato reservado y llegue al Pleno, donde las Fuerzas Armadas tendrían que responder públicamente ante los diputados sobre las políticas y resultados de sus respectivas dependencias.
Mientras el panista Elías Lixa ya dejó claro que para Acción Nacional la glosa debe ser algo más que una pasarela administrativa. Su bancada ha insistido en que asuntos de alto interés público deben discutirse ante el Pleno y no únicamente en reuniones privadas.
De hecho, Lixa presionó para que las comparecencias tuvieran mayor exposición pública y cuestionó que algunos funcionarios fueran llamados a encuentros cerrados.
En materia económica, el PAN ya marcó su territorio: deuda, crecimiento insuficiente y finanzas públicas. El senador Mauricio Vila, al anticipar la postura panista para la glosa, señaló que el endeudamiento se acerca al 60 por ciento del PIB y advirtió sobre el riesgo para las calificaciones crediticias.
En San Lázaro, Lixa y sus diputados tienen, por tanto, un argumento preparado: si el Gobierno presume estabilidad, la oposición preguntará cuánto cuesta sostenerla.
En seguridad, el reto será particularmente delicado. El PAN ha cuestionado que la reducción de homicidios pueda presentarse como fotografía completa de la situación de seguridad, al señalar otros fenómenos como desapariciones, extorsión y control criminal de territorios.
Movimiento Ciudadano, por su parte, tiene su propio flanco: convertir la glosa en una discusión sobre resultados y no únicamente sobre cifras oficiales. Ivonne Ortega, coordinadora de MC en San Lázaro, comparte con las otras bancadas opositoras el espacio para cuestionar al Gobierno, aunque su partido ha buscado diferenciarse de la confrontación tradicional entre Morena y los partidos históricos de oposición.
El antecedente inmediato fue significativo: durante la comparecencia de Hacienda, el emecista Hugo Luna reprochó las curules vacías y pidió revisar el quórum ante la ausencia de diputados.
Así que la semana puede resumirse en tres preguntas opositoras: ¿dónde están los resultados?, ¿dónde están los responsables? y, sobre todo, ¿dónde están los diputados cuando tienen enfrente a los responsables de explicar el Gobierno?
La Cámara tiene, además, un incentivo adicional para tomarse en serio la glosa: 2027 ya se asoma por la ventana. El propio Congreso ha advertido que el último año de la LXVI Legislatura estará inevitablemente atravesado por el ambiente electoral, aunque la Presidencia de la Mesa Directiva ha llamado a que la disputa partidista no desplace las responsabilidades legislativas.
Sin embargo, no se puede ignorar desgaste que empieza a acompañarse de conflictos internos cada vez más visibles. Una encuesta de Enkoll publicada en septiembre ubicó a Morena en 41 por ciento de preferencia bruta, siete puntos menos que en octubre de 2025; Mitofsky, por su parte, registró un aumento del rechazo al partido de 24.6 por ciento a 36.1 por ciento en un año.
Y mientras las cifras encienden las alertas, las candidaturas de 2027 han convertido a Morena en escenario de una disputa por posiciones que ya no se puede esconder detrás del llamado a la unidad.
Cuando un partido que gobierna 24 entidades y la Presidencia empieza a pedir que sus propios cuadros dejen de pelearse, el problema ya no está solamente en las encuestas. Está también dentro de la casa.
El PRI, PAN y MC han aprovechado esa discusión para colocar el tema de la competencia electoral en el centro del debate parlamentario. En ese contexto, cada encuesta, elección local y movimiento territorial adquiere un valor político adicional rumbo a 2027.
Por eso, las comparecencias de octubre serán algo más que una revisión burocrática del Segundo Informe. Serán también una primera medición pública de cómo PRI, PAN y MC piensan enfrentar al oficialismo en el tramo que conduce a 2027.
El riesgo para todos es evidente: que la glosa termine siendo únicamente otro capítulo de la guerra de declaraciones.
El beneficio, si las bancadas deciden aprovecharlo, sería distinto: que por una vez las cifras del informe, las preguntas de la oposición y las respuestas del Gobierno queden registradas para que los ciudadanos puedan compararlas.
Porque en San Lázaro pueden faltar diputados.
Lo que no debería faltar son las cuentas claras.
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