Control de daños
La Navidad también es un ejercicio de confianza, en el cual asumimos —casi sin pensarlo— la presencia de otra persona si algo sale mal. Esa confianza descansa en una red institucional para hacer de la Navidad un festejo seguro.
Cada día de diciembre, en promedio, en el 9-1-1 hemos atendido tres mil 400 llamadas. El dato es una radiografía del estrés urbano en temporada alta. A esos reportes se suman alrededor de 730 activados a través de botones de auxilio. Detrás de cada cifra hay una escena concreta: choque, riñas, caídas.
Las principales emergencias atendidas durante estas fechas no sorprenden. Los accidentes vehiculares encabezan la lista, seguidos por agresiones a personas. Son dos caras de una misma moneda: movilidad acelerada y convivencia tensionada.
Ahí aparece la otra voz de la Navidad, entrenada para escuchar con precisión cuando hay miedo, confusión o enojo. Las y los operadores de la línea de emergencias 9-1-1 trabajan justo cuando la ciudad se permite bajar la guardia.
No improvisan empatía ni inventan soluciones. Procesan información crítica en segundos: qué pasó, dónde ocurrió, qué tan grave es, qué recurso se necesita. Su tarea es sostener el primer eslabón de la respuesta institucional.
La voz no trabaja sola. La atención de emergencias en la CDMX descansa en una infraestructura que ha crecido de manera deliberada. La ampliación de la red de videovigilancia instruida por la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, ya supera las 112 mil cámaras. Mientras el operador escucha, la cámara confirma; esa combinación reduce tiempos, evita errores y permite priorizar.
Durante Nochebuena y Navidad, esta red cobra un valor particular. Hospitales, corredores comerciales, zonas de alta concentración peatonal y vial, puntos turísticos y colonias populares se convierten en nodos críticos. La cámara disuade, documenta y acelera la respuesta.
Sin embargo, la tecnología sin personas es solo hardware encendido. La atención de emergencias es un trabajo humano sometido a presión constante.
Mirar la atención de emergencias desde una perspectiva política obliga a cambiar el enfoque. No se trata solo de cuántas llamadas entran o cuántas cámaras hay, sino de cómo el Estado se hace presente cuando la vida cotidiana se desordena.
La otra voz de la Navidad sostiene el deseo de normalidad mientras gestiona la emergencia. Es una voz colectiva, anónima, entrenada, que no canta villancicos.