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Toma y daca de la relación México-Estados Unidos
El jueves 27 de febrero, México extraditó a 29 líderes criminales a Estados Unidos, un movimiento que desató una tormenta de cuestionamientos sobre la soberanía nacional y las motivaciones reales detrás de esta decisión. Lo que podría pasar por un esfuerzo conjunto contra el narcotráfico es, en el fondo, una capitulación plena ante las presiones de Washington. El gobierno mexicano no actuó por convicción, sino por pura conveniencia, doblegándose ante exigencias externas en lugar de forjar una estrategia propia con carácter.
Esta extradición no nació en los pasillos de Palacio Nacional, sino en las amenazas de Donald Trump, quien ha usado la crisis del fentanilo y la migración como garrote contra México. Con acusaciones de complicidad con los cárteles y promesas de aranceles del 25 por ciento sobre las exportaciones mexicanas —que representan el 80 por ciento del total—, Trump puso a México contra las cuerdas. La entrega de estos 29 criminales no es un golpe al crimen; es un grito desesperado para evitar un zarpazo económico que el país no podría soportar.
Lejos de estrategia, esto es sumisión pura. El gobierno de Claudia Sheinbaum, acorralado por la dependencia económica, convirtió a figuras como Rafael Caro Quintero y los hermanos Treviño Morales en fichas de cambio. No hay justicia aquí, sólo pragmatismo crudo: México sacrifica a sus criminales en el altar de la diplomacia para comprar paz con Washington. Es un trueque disfrazado de cooperación.
Trump ha hecho del fentanilo su obsesión, tejiendo una narrativa que mezcla a China y México como culpables de la epidemia en Estados Unidos. Esta extradición masiva responde a esa urgencia política: México debe mostrar sumisión —perdón, «cooperación»—, o pagar el precio. Pero, ¿qué soberanía queda cuando las decisiones se toman al ritmo que marca Washington? La estrategia interna, si es que existe, queda relegada a un rincón, opacada por la agenda de Trump.
La historia lo demuestra: México ha doblado las manos ante Estados Unidos una y otra vez en temas de seguridad. Esta extradición es un capítulo más de esa saga vergonzosa. En lugar de juzgar con severidad a estos 29 líderes en casa, el gobierno los despachó al norte, confesando sin palabras la fragilidad de su justicia. Es una tradición triste: priorizar la estabilidad con el vecino sobre la dignidad nacional.
El momento elegido no es casualidad. Con Trump blandiendo aranceles como espada, México optó por esta maniobra para esquivar un golpe económico letal. Las exportaciones son la vida misma de la economía mexicana, y esta entrega masiva es un sacrificio calculado para calmar a un presidente impredecible. No es valentía ni visión; es supervivencia a costa de la autonomía.
El vínculo entre el crimen y la élite política mexicana es un rumor que nunca muere. Sheinbaum jura que no hay complicidad, pero las sospechas persisten, alimentadas por Trump y la opinión pública. Esta extradición podría ser un lavado de cara, una forma de decir «miren, estamos limpiando». Pero esto, sin tocar la corrupción que sostiene a los cárteles, es puro teatro.
Entregar a estos criminales también grita incapacidad. México admite que no puede —o no quiere—, procesarlos en casa, reforzando la idea de que necesita al Tío Sam para resolver sus problemas. Es una bofetada a las instituciones nacionales y un regalo a la narrativa de Trump, que pide más control sobre su vecino del sur. ¿Cooperación o rendición? El lector decide.
Pero hay un riesgo mayor: quitar a estos capos puede desatar el caos. El «efecto cucaracha» no es un mito; la historia muestra que los vacíos de poder encienden guerras entre facciones. Esta extradición masiva podría avivar la violencia en un México ya sangrante, haciendo que el remedio sea peor que la enfermedad. ¿Quién pagará ese precio?
El gobierno vende esto como un triunfo contra el narcotráfico, pero la verdad apesta a otra cosa: miedo a los aranceles. Es una jugada para proteger la economía, no para desmantelar cárteles. La seguridad queda en segundo plano, eclipsada por la necesidad de mantener a Trump contento. Es pragmatismo frío, no heroísmo.
La gente no se traga el cuento entero. En redes, unos aplauden, pero muchos gritan traición: “México se arrodilló ante Estados Unidos”, dicen, y con razón. Sheinbaum insiste en su autonomía, pero las imágenes de esos 29 cruzando la frontera cuentan otra historia. La soberanía no se defiende con discursos, sino con hechos, y aquí faltan.
Para Sheinbaum, esto es una apuesta arriesgada. Podría ganarle un guiño de Washington y evitar sanciones, pero la expone como débil ante su pueblo. Su legado pende de un hilo: ¿podrá ella equilibrar la presión externa con la dignidad interna? México está en una encrucijada, atrapado entre la sumisión y la lucha por ser algo más que el patio trasero de Trump. El camino obviamente no pinta claro. Y aún podría faltar lo peor.