Libros de ayer y hoy
Durante años nos dijeron que había que “rescatar” el petróleo. Que la reforma energética de 2013 era una entrega a extranjeros, una traición a Lázaro Cárdenas, un saqueo disfrazado de modernidad. Lo repitieron en cada mañanera hasta volverlo dogma. Hoy, con el tiempo como juez, vale la pena preguntarse: ¿cuál fue la verdadera razón de cancelar la reforma energética de 2013?
La reforma no era perfecta, pero tenía una lógica clara: abrir el sector a la inversión, obligar a las empresas del Estado a competir y, sobre todo, poner reglas y árbitros. La Comisión Nacional de Hidrocarburos y la Comisión Reguladora de Energía otorgaban permisos con criterios técnicos y públicos. Las licitaciones se transmitían en vivo. Cualquiera podía saber quién ganaba, cuánto ofrecía y en qué condiciones.
Y precisamente eso fue lo primero que desmantelaron.
Se cancelaron las rondas petroleras. Se congelaron permisos. Se asfixió a los reguladores hasta desaparecerlos y sus funciones terminaron bajo el control directo de la Secretaría de Energía. Se eliminó el órgano de transparencia que permitía a cualquier persona preguntar a dónde iba el dinero. Las aduanas y los puertos pasaron a manos militares, con el argumento de combatir la corrupción. El resultado fue un sistema donde las decisiones ya no se explican: se ordenan.
¿Y qué obtuvimos a cambio? Un Pemex con deuda cercana a los 100 mil millones de dólares, una producción que no se recupera, refinerías que consumen recursos sin dar los resultados prometidos y una CFE que sigue quemando combustóleo mientras el mundo invierte en energías limpias.
Pero lo más grave no está en los balances financieros. Está en lo que floreció en la oscuridad.
El huachicol fiscal —meter combustible al país declarándolo otra cosa para no pagar impuestos— no es un robo de pipas en una carretera. Requiere aduanas complacientes, permisos a modo, información privilegiada y ojos que miren hacia otro lado. Requiere de un sistema sin contrapesos. Exactamente el sistema que se construyó al derribar la reforma.
Las investigaciones que hoy salen a la luz alcanzan a mandos de la Marina, la institución a la que se entregaron las aduanas, y a redes de empresas que operaron durante años con una tranquilidad sospechosa. El propio gobierno reconoce que faltan detenciones. La pregunta incómoda no es si hubo corrupción, sino hasta dónde llega y por qué nadie la vio venir cuando se eliminaron, uno por uno, los mecanismos diseñados para detectarla.
Se trata de reconocer un patrón: cada institución que estorbaba a la discrecionalidad fue debilitada en nombre de la soberanía. Pero no hay soberanía en un país donde el combustible entra por la puerta grande sin pagar lo que debe, mientras a las familias se les cobra el IEPS en cada litro.
La auténtica soberanía energética no se proclama desde un templete. Se construye con empresas sanas, inversión productiva, reglas claras y ciudadanos que pueden vigilar. Eso era lo que estaba en juego. Eso fue lo que perdimos.
La reforma les estorbaba porque alumbraba.
*Presidente Nacional del PRI.




