Hola Paisano
En la narración cotidiana de la inseguridad se juega una parte central del temor social. La agenda informativa ha convertido la violencia en eje dominante del debate público, no siempre porque sea lo más frecuente, sino porque es lo más visible y emocionalmente rentable.
La discusión reciente sobre la cobertura de la nota roja no trata de censura ni de silencios impuestos. Trata de algo más incómodo: el poder de los medios para amplificar la percepción de riesgo más allá de los hechos.
Desde hace décadas, la teoría de agenda setting, formulada por Maxwell McCombs y Donald Shaw, sostiene que los medios no dicen a las personas qué pensar, pero sí sobre qué pensar. La afirmación es más vigente que nunca. En seguridad, esta jerarquización temática tiene efectos profundos: cuando la violencia ocupa de manera sistemática el centro del relato público, la percepción de inseguridad se expande, incluso cuando los datos indican lo contrario.
Un asalto ocurrido en una colonia distante se transforma, por efecto de la repetición y el encuadre, en una amenaza inmediata y personal. George Gerbner llamó a este fenómeno “Síndrome del Mundo Cruel”: la exposición constante a contenidos violentos produce la sensación de habitar un entorno inherentemente hostil, independientemente de la experiencia directa.
El resultado es una percepción de inseguridad que no siempre guarda proporción con la incidencia delictiva real.
En este contexto se inscribe la polémica reciente en torno a las declaraciones de la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada Molina, quien negó categóricamente el llamado a un “pacto de silencio” o cualquier forma de censura hacia los medios. Su propuesta fue a dialogar sobre la función social del periodismo, la ética informativa y el impacto de la sobreexposición a la violencia.
El debate fue rápidamente encuadrado como un intento de control informativo. Sin embargo, esa interpretación omite el núcleo del planteamiento: la discusión no gira en torno a la libertad de expresión, sino a la responsabilidad narrativa en un entorno donde la percepción de inseguridad se ha desacoplado de los datos.
En la Ciudad de México, los delitos de alto impacto disminuyeron el año pasado 56 por ciento respecto a 2019 y 12 por ciento en comparación con 2024. Esa tendencia no ha sido suficiente para reducir la sensación de inseguridad, que permanece por arriba del 50 por ciento y creció dos puntos porcentuales en un año.
La seguridad, entonces, se convierte en un fenómeno doble: uno medible, estadístico, verificable; y otro simbólico, emocional, moldeado por la agenda informativa. Ignorar cualquiera de los dos conduce a diagnósticos incompletos. La percepción de inseguridad no siempre nace en las calles, muchas veces se reproduce en los espacios desde los cuales miramos el país.