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Visión financiera
En el pasado Día de la Bandera –símbolo de identidad nacional–, dos singulares mensajes en torno a lo que México necesita en este tiempo de incertidumbre geopolítica pasaron ligeramente desapercibidos por la opinión pública: el reconocimiento a los conceptos y valores planteados por el papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti que hizo la presidenta Claudia Sheinbaum en su ‘Conferencia del Pueblo’; y el “llamado a la unidad y corresponsabilidad por un futuro con esperanza” que publicó la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). Ambos merecen una reflexión porque difieren y se complementan.
En el primero, la Presidencia de la República recogió fragmentos del pensamiento del papa Francisco donde originalmente se critica el “dogma de fe del neoliberalismo” pero donde fundamentalmente el pontífice dibuja cómo debe ser la amistad social contemporánea con sus caminos solidarios de paz y unidad. El segundo mensaje, en nombre de los obispos de México, la CEM convoca a la unidad frente a la “preocupante política” de Donald J. Trump y contra “el verdadero enemigo… en nuestro propio país”. Ambas posturas coinciden en la necesidad de una mayor ‘unidad’, pero difieren tanto en conceptos como en los medios para lograrlo.
Hay que recordar ante todo que no todos los “llamados a la unidad” son iguales, ni significan lo mismo. Hoy, en medio de agudos conflictos identitarios e ideológicos, parece que son el recurso discursivo preferido (por facilón y sentimentaloide) de los agentes y líderes políticos; sin embargo, estos emplazamientos no siempre guardan las mismas motivaciones o valores.
Por ejemplo, hay llamados a la unidad que apelan al proteccionismo o al nacionalismo; que piden elegir los valores y bienes de ‘lo interno’ frente a los valores y bienes de ‘lo externo’, sin dejar de reconocer ni apreciar las cualidades de la otredad. Pero existen otros llamados a la unidad que directamente exaltan los valores fascistas de superioridad, agresividad y desprecio. En esta ‘unidad’ al estilo fascista, ‘lo propio’ (‘lo nuestro’) es superlativo, ‘lo ajeno’ (‘el enemigo’) debe ser suprimido y repudiado, y los mecanismos para deshacerse de lo externo deben ser implacables, violentos, belicosos o armígeros. Y si miramos con cuidado, esto último es lo que cunde en el actual momento geopolítico.
La presidenta Sheinbaum reconoce que el Papa habla de otra cosa; en los fragmentos elegidos por ella se destacan las cualidades auténticas de la unidad de espíritu cristiano: “los derechos brotan de la dignidad humana… Tierra, techo y trabajo para todos [son] el verdadero camino para la paz…. y no la estrategia de sembrar temor y desconfianza ante amenazas externas”. Pero sobre todo, fue muy significativo que la mandataria eligiera el numeral 233 de Fratelli Tutti: “… la amistad social no implica solamente el acercamiento entre grupos sociales distanciados… sino también la búsqueda de un reencuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables”.
Es decir que la unidad –en clave de amistad social– no puede limitarse a lo que los obispos plantearon en su mensaje: “Los mexicanos debemos unirnos para defender al interior de nuestro país nuestra identidad, nuestra libertad, nuestros valores, nuestros derechos humanos y constitucionales, nuestras instituciones y nuestra seguridad”. Enumerar y exaltar sólo ‘lo nuestro’ (‘lo propio’) no es el camino de la amistad social y tampoco limitarse a “estrategias gubernamentales” que tomen en cuenta “a las distintas fuerzas políticas” y sociales frente ‘al enemigo’ (o eso que en apariencia nos es ‘ajeno’) . Francisco es muy claro señalando el camino de la paz social: Reconocer, garantizar y reconstruir la dignidad muchas veces olvidada o ignorada de las personas, especialmente de las más empobrecidas.
Es decir, a nivel de partidos y facciones políticas se puede representar un utilitario y diplomático acercamiento entre grupos antagónicos –como parecen pedirlo superficialmente ciertas esferas de poder–, una ‘unidad’ eventual y pragmática; pero para el Papa no hay “reconciliación” o “unidad” posible si antes no hay un auténtico encuentro con los marginados e indefensos. Y la Iglesia católica en México tiene un proyecto transversal, a largo plazo, bajo seis dimensiones distintas y con varias docenas de compromisos específicos a ras de suelo que justamente se desarrolló para responder a la petición del papa Francisco: el Proyecto Global de Pastoral 2031+2033, el cual no se menciona en el citado “llamado a la unidad y corresponsabilidad por un futuro con esperanza”.
En este “camino a la unidad”, la reflexión de Francisco sobre la teoría del “derrame” (que en las altas estructuras haya sobreabundancia, para que el excedente se ‘derrame’ sobre las esferas más bajas de la sociedad) no se limita a las dinámicas económicas sino también a las políticas. La “unidad ante la adversidad” no requiere “comenzar desde la Presidencia de la República” o las “autoridades políticas” esperando que se ‘derrame’ sobre otras estructuras sociales; sino, como leyó Sheinbaum: “tenemos que llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos”.
El gobierno de México puede elegir o no la opción de llevar la dignidad humana de los más vulnerables al centro para desde ahí construir sociedad (porque ‘repetir’ las palabras del Papa no significa que se entiendan ni que se obre en consecuencia, y de eso hablaremos luego); pero la Iglesia está obligada moralmente a obrar bajo ese mandato cristiano y pontificio, sin los juegos políticos, sin pensamiento autorreferencial y sin validaciones meritocráticas que supongan que “los apoyos generan dependencia”. Está obligada a hacer como expresó el cardenal Francisco Robles en la carta presentación del PGP 2031+2033: “Presentar a Jesucristo vivo y resucitado, cercano, compañero de camino, que amplía horizontes, y nos da confianza ante las realidades tan complejas que vivimos. Y al mismo tiempo, quiere ayudarnos a descubrir la luz que hay en nuestro pueblo”.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe