Juego de ojos
¿Qué tienen en común la pintura morada, el Mundial y la pérdida de empleos en la Ciudad de México?
Parece el arranque de un mal chiste. Desgraciadamente, no lo es.
En las últimas semanas la ciudad nos ha regalado una colección de escenas difíciles de ignorar: banquetas, muros y mobiliario urbano cubiertos de morado, como si el problema hubiera sido el color; obras de último minuto para que la ciudad “luzca lista” rumbo al Mundial; y cifras de empleo que, mientras todo eso ocurre, muestran a miles de personas que dejaron de encontrar oportunidades.
Hay una idea profundamente instalada en este gobierno: que si algo se ve distinto, entonces ya cambió. Pintar sustituye a transformar. Inaugurar sustituye a planear. Organizar eventos sustituye a gobernar.
Y la Ciudad de México se ha vuelto experta en confundir una cosa con la otra.
Que quede claro: nadie está en contra de que la ciudad se vea bien. A nadie le molesta vivir en una ciudad limpia, ordenada y cuidada. Tampoco estamos en contra del Mundial; al contrario. Recibir uno de los eventos más importantes del planeta debería ser una oportunidad extraordinaria para mejorar infraestructura, movilidad, espacio público y actividad económica.
El problema aparece cuando se gobierna como quien limpia la sala cinco minutos antes de que lleguen las visitas.
Entonces llegan las soluciones cosméticas: una mano de pintura, un cierre repentino, una ruta improvisada, un anuncio espectacular y una conferencia donde nos explican que ahora sí estamos listos.
Pero las ciudades no funcionan por maquillaje.
Una ciudad funciona cuando puedes moverte sin perder media vida en el trayecto. Cuando abrir un negocio no parece carrera de obstáculos. Cuando el empleo crece más rápido que la burocracia. Cuando el espacio público mejora aunque no haya cámaras ni turistas.
Y es justo ahí donde aparece el dato incómodo: mientras discutimos colores, espectáculos y fotos para la inauguración, la ciudad perdió empleos.
Perder empleo no es una estadística fría. Significa familias ajustando gastos, jóvenes posponiendo planes y miles de personas refugiándose en la informalidad, porque trabajar ocho horas, trasladarse cuatro y además cuidar a alguien ya no cabe en un solo día.
Una ciudad que pierde empleo mientras presume preparación internacional tendría que hacerse preguntas incómodas.
¿Estamos construyendo una ciudad para quienes la viven o para quienes la visitarán un mes?
¿Estamos invirtiendo donde se genera calidad de vida o donde sale mejor la fotografía?
¿Estamos gobernando o produciendo escenografía?
Quizá por eso el morado, el Mundial y el empleo sí tienen algo en común.
No son el problema. Son el síntoma.
El síntoma de un gobierno que confunde la apariencia con el resultado. Y una ciudad que se acostumbra a administrar síntomas termina aceptando que nada funcione, siempre que se vea bonito el día de la inauguración.




