Escenario político
Con el PRI ni a la esquina
Cada vez que se acerca una elección, vuelve la misma propuesta: reunir al PRI y al PAN, sumar a Movimiento Ciudadano y presentar esa alianza como el único camino para derrotar a Morena. La discusión se ha reactivado rumbo a 2027, pero sus promotores no han logrado responder primero ¿qué futuro puede ofrecer una oposición cuyo principal proyecto consiste en reunir a quienes ya gobernaron y le fallaron al país? Y ahora la pregunta que se suma a responder sería: ¿por qué la ciudadanía habría de confiar ahora en una alianza que ya compitió y no logró las victorias esperadas?
Las alianzas entre PRI y PAN desde el 2019 han perdido más elecciones y votos de los que han ganado y en 2024 perdieron la Presidencia y el oficialismo (con trampas de por medio) terminó con mayoría calificada en la Cámara de Diputados.
Porque hasta ahora, sumar partidos no significa sumar confianza, pero lo que si acumulan son los motivos por los que la ciudadanía dejó de votar por ellos. Repetir la fórmula exige algo más que responsabilizar a quienes decidimos no participar en ella.
Por eso, cuando decimos “con el PRI ni a la esquina”, hay una explicación que va más allá de la coyuntura electoral. Para mí, esa decisión tiene que ver con la memoria, con la congruencia y con el país que queremos construir. Y tiene, además, dos perspectivas generacionales: la de quienes vivimos bajo el viejo PRI y la de quienes pueden juzgarlo por sus propias decisiones en el presente.
Pertenezco a una generación que conoció al PRI como un régimen que parecía no tener fecha de salida. Crecimos con las consecuencias de las crisis económicas, las devaluaciones y un poder acostumbrado a no rendir cuentas. El 68, la represión y el salinismo forman parte de nuestra memoria política. Sabíamos lo que significaba vivir en un país donde el partido, el gobierno y las instituciones se confundían hasta volverse prácticamente lo mismo.
Por eso me siento orgulloso de haber participado en el cambio de 1997, cuando elegimos a Cuauhtémoc Cárdenas y sacamos al PRI del gobierno de la capital. Aquella primera elección de Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal representó una conquista ciudadana: pudimos decidir quién nos gobernaría y desde entonces, el PRI no ha recuperado la conducción de nuestra ciudad. Para quienes fuimos parte de ese cambio, aquella decisión conserva un significado que ninguna negociación electoral debería borrar.
Los años posteriores añadieron otras razones para mantener esa convicción: Acteal, los escándalos de corrupción del gobierno de Peña Nieto y la respuesta de su administración ante Ayotzinapa. El regreso del PRI a la Presidencia tampoco trajo la renovación que habían prometido. Cambiaron los rostros y la publicidad; permanecieron demasiadas prácticas.
Entiendo que esas referencias tengan una distancia distinta para quienes hoy comienzan a participar o interesarse en la vida pública. Pero no tenemos que haber vivido personalmente una crisis o una represión para reconocer su gravedad. Tampoco hace falta pedirles a las nuevas generaciones que adopten nuestros recuerdos como única razón para rechazar al PRI. Su presente ofrece elementos suficientes.
Alejandro Moreno representa esa continuidad. Después de la derrota de 2024, el PRI modificó sus estatutos para permitir la reelección de su dirigencia. La renovación terminó convertida en una oportunidad para prolongar el mando. Un partido que pierde respaldo ciudadano, pero acomoda sus reglas para conservar a sus dirigentes, difícilmente puede presentarse como una promesa de cambio democrático.
Confunde la frontalidad con bravuconería, disfraza la lucha por la democracia para garantizar impunidad ante las investigaciones que tiene abiertas y busca una alianza no para ganar sino para no acabar sumido en la irrelevancia.
También están sus decisiones legislativas. En 2022, una iniciativa priista abrió el camino para extender hasta 2028 la participación de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública. El PRI acompañó así una pieza central de la política de seguridad del gobierno al que decía enfrentar.
En marzo de 2025, diputados del PRI votaron junto con Morena y el Verde para desechar la solicitud de desafuero de Cuauhtémoc Blanco. Esa decisión mantuvo su protección procesal; no resolvió su culpabilidad o inocencia. Políticamente, dejó una contradicción evidente: quienes denuncian los abusos del oficialismo también pueden ayudar a proteger a sus integrantes cuando corresponde exigirles cuentas.
El rechazo al PRI tampoco es solamente un recuerdo de mi generación. En prácticamente todas las encuestas nacionales, lo ubican como el partido con mayor rechazo nacional. Ese dato debería importarles a quienes presentan cualquier alianza como una suma automática de votos: la confianza de la ciudadanía no se transfiere mediante acuerdos entre dirigencias.
Entre tanto, Movimiento Ciudadano eligió construir una opción propia después del 2018. En las elecciones de diputados federales pasó de aproximadamente 3.4 millones de votos en 2021 a 6.5 millones en 2024. Este crecimiento demuestra que existe espacio para una alternativa con identidad propia. Nuestra responsabilidad es convertir ese respaldo en buenos gobiernos, derechos y resultados.
México necesita una alternativa que pueda enfrentar a Morena y gobernar mejor después: garantizar seguridad sin normalizar los abusos, ofrecer oportunidades, construir un sistema de cuidados y someter al poder a controles efectivos. El PRI y el PAN ya tuvieron la oportunidad de encabezar el país. Movimientos Ciudadano debe demostrar que otro futuro es posible.
Yo conocí al viejo PRI y estoy viendo al actual. Quienes no vivieron aquella etapa pueden juzgar al partido por lo que hace hoy. Desde experiencias distintas podemos llegar a una misma convicción: México merece algo mejor que regresar con quienes ya le fallaron. Por eso, con el PRI ni a la esquina.




