Saltarse las reglas en internet ya no será tan simple
La seguridad no debe ser un privilegio geográfico
En la Ciudad de México vivimos una paradoja que duele y preocupa: la distancia entre la percepción de seguridad y la realidad que enfrentamos diariamente en las calles. En una ciudad tan compleja y desigual como la nuestra, la seguridad se ha convertido en un privilegio geográfico o, peor aún, en un tema de mercadotecnia política. Mientras las autoridades se esfuerzan por cuidar la imagen de los territorios “seguros”, la vida cotidiana revela otra historia: la de una ciudad fragmentada, donde el miedo cambia según tu código postal.
De acuerdo a los resultados del tercer trimestre de 2025 de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), la percepción de inseguridad en la capital aumentó de 58.6 por ciento a 63 por ciento. En paralelo, la percepción de seguridad cayó de 41.2 por ciento a 36.8 por ciento. Es decir, más personas se sienten inseguras y menos confían en sus autoridades, con una acumulación de cinco trimestres consecutivos de deterioro.
La contradicción es clara: el discurso oficial celebra logros que no se reflejan en la experiencia de los habitantes. Se invierte más en comunicar que en corregir; más en generar percepción que en garantizar protección. Pero la seguridad no se mide en redes sociales ni en encuestas de satisfacción, sino en la tranquilidad de poder caminar sin miedo por tu calle.
Como en la alcaldía Benito Juárez, donde este dilema se hace aún más evidente. Con una percepción de inseguridad de apenas 15.6 por ciento, es una de las zonas que más confianza inspira a sus vecinos. Pero la realidad es más compleja: los delitos patrimoniales, como el robo a negocio, el robo de autopartes o el asalto en vía pública, mantienen a la demarcación entre los primeros lugares de la ciudad. Durante el último trimestre, la percepción de robos y asaltos aumentó 7.7 puntos y los reportes de disparos crecieron más del 160 por ciento.
De ahí que se vuelve inevitable preguntar: ¿vivimos más seguros o solo nos sentimos más seguros?
La respuesta apunta a un problema estructural. La política de seguridad Blindar BJ parece diseñada para sostener una narrativa de éxito, no para enfrentar las causas del delito. Las patrullas que circulan sin rumbo, los módulos abandonados y las cámaras desconectadas se convierten en escenografía: sirven para dar la impresión de vigilancia, pero no para prevenir ni detener el crimen.
A esto se suman los problemas urbanos que alimentan la inseguridad: calles oscuras, coladeras abiertas, banquetas rotas, parques sin mantenimiento. El entorno deteriorado no solo refleja abandono, sino que lo perpetúa. Ningún programa de “blindaje” puede compensar la ausencia de un espacio público cuidado, porque la seguridad también se construye con luz, con vida comunitaria y con presencia ciudadana.
Por eso, reconocer que Benito Juárez presente mejores indicadores que otras zonas no debe llevarnos a la complacencia. La seguridad es frágil cuando se basa en percepciones y no en resultados. Si solo cuidamos la imagen de las alcaldías con mejores cifras, estamos olvidando que la ciudad es una sola y que la inseguridad —como el miedo— se propaga.
Necesitamos más que una estrategia publicitaria para cerrar la brecha entre percepción y realidad. Que fortalezca la policía de proximidad con capacitación y supervisión ciudadana, que invierta en infraestructura segura y espacios públicos activos, y que atienda las causas sociales del delito: la desigualdad, el desempleo y el abandono barrial.
La seguridad no es un privilegio geográfico ni un eslogan: es un derecho que debe sentirse y vivirse, no sólo percibirse. Mientras haya colonias donde la gente tema volver a casa o dejar jugar a sus hijos en el parque, nuestra tarea —como sociedad y como autoridades— seguirá inconclusa.
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Royfid Torres es abogado, diputado por Movimiento Ciudadano en el Congreso de la Ciudad de México e integrante de la Comisión Operativa Nacional




