Comunicadores católicos: dos desafíos
@guerrerochipres
Las universidades enfrentan una oportunidad para garantizar espacios libres de violencia en un contexto de amenazas recientes.
Lo ocurrido en planteles como el CCH Sur, así como mensajes relacionados con actividades de violencia en otras escuelas y facultades de la UNAM, están en el centro de atención y preocupación.
La respuesta institucional no puede ser sólo reactiva. El Rector de la UNAM, Leonardo Lomelí, anunció medidas legales contra responsables de los hechos que llevaron a la suspensión de clases y, en coordinación con la Policía Cibernética y la Secretaría de Seguridad Ciudadana, reforzó protocolos para anticipar riesgos.
Estas acciones envían un mensaje de una Universidad que no tolerará impunidad ni desorden. Pero el dilema es más profundo: ¿cómo construir entornos universitarios que no sólo repriman la violencia, sino que la prevengan desde la raíz?
La Ciudad de México ha comenzado a articular respuestas. La Jefa de Gobierno, Clara Brugada, puso en marcha el programa Auxilio Escolar, que redujo en 60 por ciento las incidencias en inmediaciones de planteles, y el programa Vida Plena, Corazón Contento, con 200 profesionales de la salud que acompañan a estudiantes en secundarias y preparatorias, y que se podría extender a la UNAM.
Estas medidas apuntan a algo esencial: reconocer que la seguridad no puede limitarse al patrullaje, sino que incluye la atención emocional, psicológica y comunitaria.
Hace 57 años, Tlatelolco enseñó que la violencia de Estado destruye la legitimidad y las universidades, cuando son reprimidas, se convierten en símbolo de resistencia. Hoy la violencia es distinta, pero no se puede normalizar. Construir paz en los espacios universitarios implica escuchar a quienes denuncian acoso, atender con seriedad los protocolos de género, ofrecer seguridad efectiva dentro y fuera de los planteles y, sobre todo, garantizar que la protesta estudiantil pueda expresarse sin miedo a la represión ni al vacío institucional.
El Día Internacional de la No Violencia, a conmemorarse este 2 de octubre, ofrece un marco oportuno para pensar en universidades como laboratorios de paz. Johan Galtung, padre de los estudios de paz, distinguía entre paz negativa —ausencia de violencia directa— y positiva, entendida como la existencia de estructuras que permiten la justicia, equidad y respeto mutuo.
Trasladado al ámbito educativo, la paz positiva significa universidades que no sólo eviten tragedias, también fortalezcan la capacidad crítica, diálogo y solidaridad entre comunidades.
Convertir estos espacios en territorios de paz es, a la vez, un recordatorio de loocurrido el 2 de octubre de 1968 y un compromiso con las generaciones que llenan las aulas con la expectativa de aprender sin miedo.
Salvador Guerrero Chiprés es coordinador general del C5 de la Ciudad de México