Victorias pírricas
Voto de las mujeres, conquista que no admite retrocesos
El 17 de octubre de 1953 es una fecha histórica para México, ese día se reconoció por primera vez el derecho de las mujeres a votar y ser votadas en elecciones federales, resultado de una lucha de varios años de quienes lograron el reconocimiento como ciudadanas con los mismos derechos políticos que los hombres. Es innegable la importancia de la participación de las mujeres en la política, tanto que comienzan a proliferar voces que pretenden quitarles este derecho en distintas partes de América. Los grupos de derecha intentan replegar a las mujeres a labores que por tradición todavía hacen. Es decepcionante que algunas apoyen estas ideas y hasta hablan de renunciar a su derecho.
El sufragio femenino no se enfoca en el derecho a emitir un voto, sino en el reconocimiento de las mujeres como integrantes plenas de la vida democrática. Tiene apenas 73 años que tenemos este derecho en México, durante décadas a las mexicanas se les excluyó de las decisiones que definieron el rumbo del país. El reconocimiento como ciudadanas y su incorporación al electorado amplió la representación de intereses, necesidades y perspectivas que históricamente habían sido ignoradas.
Es preocupante que pese a estos avances resurjan discursos que pretendan relegar a las mujeres a espacios exclusivamente domésticos y presentar la igualdad de derechos como una amenaza para el orden social. Desde sectores conservadores y grupos vinculados a la llamada "machósfera" se difunden mensajes que idealizan modelos tradicionales de subordinación femenina y promueven la idea de que las mujeres deberían limitarse al hogar, la crianza o el apoyo incondicional a las figuras masculinas. Lo más inquietante es que estos planteamientos encuentran eco en redes sociales y plataformas digitales con gran influencia sobre las nuevas generaciones.
Estos discursos reproducen viejos argumentos que históricamente fueron utilizados para negar derechos políticos a las mujeres. Durante décadas se sostuvo que las mujeres votarían según la voluntad de sus esposos, padres o líderes religiosos, por lo que reconocerles el sufragio sería innecesario. Bajo esa lógica, las mujeres eran consideradas incapaces de tomar decisiones autónomas sobre los asuntos públicos. Hoy, aunque el lenguaje es distinto, persiste la misma idea: cuestionar la capacidad de las mujeres para ejercer plenamente su ciudadanía.
En México hemos avanzado en materia de representación política. La paridad de género en los órganos legislativos, la presencia de mujeres al frente de gobiernos estatales y la llegada de una mujer a la Presidencia de la República son hechos que hace apenas unas décadas parecían impensables. Estos logros son el resultado de una larga lucha por la igualdad de derechos y oportunidades. Sin embargo, falta mucho por hacer, persisten brechas salariales, violencia política de género, obstáculos para acceder a posiciones de liderazgo y estereotipos que continúan condicionando la participación femenina en la vida pública.
Conmemorar el aniversario del voto femenino no debe limitarse a recordar una fecha histórica. También implica reconocer que los derechos conquistados pueden ser cuestionados y que ninguna democracia está exenta de retrocesos. Defender el sufragio femenino es defender un principio básico de justicia: que todas las personas, independientemente de su sexo, tienen la misma capacidad y el mismo derecho de participar en la construcción del destino colectivo.
A 73 años de aquella conquista, la tarea no consiste en debatir si las mujeres deben formar parte de la vida política, sino en garantizar que puedan hacerlo en condiciones de igualdad y libertad. La historia ha demostrado que una democracia con mujeres es más representativa, más plural y más justa. Renunciar a ese principio significaría volver a un pasado de exclusión que México ya debería haber dejado atrás.