Libros de ayer y hoy
@guerrerochipres
El futbol genera una de las manifestaciones más insólitas y potentes de la vida pública: el reconocimiento pleno de la otra persona en condiciones de absoluta igualdad. Una sincronía pasional en cuanto el balón rueda o el árbitro pita el final del encuentro, abriendo paso a festividades masivas vinculadas, tradicionalmente, a pautas de consumo de bebidas embriagantes.
La evidencia científica sitúa al alcohol como depresor del sistema nervioso central, cuyo efecto altera el juicio crítico, control de impulsos y ponderación de las consecuencias individuales. Esta desinhibición química se transforma en factor de riesgo situacional, operando bajo las dinámicas descritas por Gustave Le Bon en su análisis de la psicología de masas: esas aglutinaciones como un mar de colectividad, flujo diluyente donde la individualidad consciente naufraga para ceder su lugar a un alma colectiva dominada por el instinto y sugestión.
Al regularse el consumo en perímetros específicos, la plaza pública transita hacia un ordenamiento armónico y manejable. La hostilidad derivada de roces accidentales, propensa a escalar hacia fricciones o riñas bajo los efectos de la intoxicación, disminuye sensiblemente en el entorno urbano.
La restricción temporal en la venta de alcohol para llevar durante el partido entre las selecciones de México y Chequia representa un mecanismo de ingeniería social preventivo.
Esta determinación de política pública adquiere relevancia al proponer la expansión de los espacios de convergencia ciudadana. Buscando democratizar la efervescencia mundialista, la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, instrumentó la habilitación de 48 puntos de acceso gratuito distribuidos estratégicamente sobre el Paseo de la Reforma y los festivales futboleros en diversas demarcaciones.
En el contexto deportivo internacional, Bogotá, Río de Janeiro, Lima o Santiago de Chile recurren cíclicamente a la ley seca, que tiene su adopción formal con la Decimoctava Enmienda y la Ley Volstead de 1920 en Estados Unidos.
Al disminuir la distorsión provocada por la ingesta masiva de bebidas embriagantes, el festejo callejero recupera su viabilidad operativa, consolidando un espacio de encuentro plenamente funcional.
La experiencia compartida bajo condiciones de consumo restringido de alcohol ofrece una oportunidad de vinculación civil profunda. Diseñar la moderación en la fiesta masiva constituye el legado logístico, consagrando la oportunidad de reivindicar el derecho a la euforia sobria y descubrir la capacidad de la emoción libre de cualquier sustancia alteradora de la conciencia.
Salvador Guerrero Chiprés es coordinador general del C5 de la Ciudad de México