Del libro “Mis Bendiciones” 1

Carlos Ravelo Galindo, afirma:

Habla de lo tuyo. Deja la política en paz.

Nos lo sugirió el ingeniero civil egresado de la Universidad Anáhuac y con maestría del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas. 

Si, Carlos Fernando Ravelo Reyes, que hoy cumple 67 años de edad. El día 13 cuarenta de matrimonio eclesiástico con la yucateca Mercedes Goff Ailloud. 

Y a cinco días de que, el 7, su primogénito el ingeniero industrial del mismo nombre, llegue a los 38.

Claro el primer nieto varón de Bety y yo.

Empezamos, en su honor, con el primer capítulo.

Dejamos prólogos alusivos para entrar en materia de este libro “Mis Bendiciones” que en 2010 nos editó el Club Primera Plana. Tiene diversos temas. Pero todos relacionados con escritores ,todos periodistas como comprobarán, a partir de este primer capítulo.

 “Los cuates”

Benditos sean aquellos que comprenden mi falta de memoria

y nunca me dicen: “ya has repetido la misma historia dos veces”

Debe saberse que todos los miércoles el Club Primera Plana tiene su comida denominada, coloquialmente, “de cuates”. Permite convivir en franca camaradería.

Intercambiar puntos de vista. Y saber quién es el más picudo o el menos vivo. Pero eso sí, todos comen, beben y casi todos pagan el cubierto.

Debo decir para que se sepa –de otro modo mejor no decirlo– que mentiría si afirmara que poco beben. Y ni qué hablar de lo mucho que comen. 

Inclusive al prójimo y al que está más próximo. Aquí en estas comidas todo se vale.

 Bueno, siempre y cuando se hable con fundamento. Y hay muchos que en verdad creemos que sabemos todo. Muchos que no, lo inventan.

Deben conocer asimismo que refiero brevemente lo anterior para llegar a lo más importante. Porque cuando se ha bebido, comido, platicado, en donde surgen las anécdotas más inverosímiles, viene el juego de dominó, unos, y el resto incursiona en el canto. 

Ya saben que todos presumimos de saber cantar o al

menos de haberlo hecho bajo el agua de la regadera.

Qué es lo más importante. Vaya lo más destacado de estas reuniones entre pares. Porque aquí, antes de beber o después de hacerlo, todos jefes y no jefes, somos iguales. 

Sólo hay una regla. Ninguna ofensa personal. 

Así nos llevamos, así los soportamos y así la pasamos. Quien diga lo contrario o insistiera en decirlo, mintió, miente o mentiría. 

Así en ese tenor. Vaya, en esa forma transcurrieron varias reuniones. 

A las que asisten, como diría el inefable y “honesto” Chente Fox, “chiquillas y chiquillos”. 

Inclusive invitadas e invitados. Pero todos, o casi todos

conectados con el diario, la radio, la televisión y ahora también al internet.

Pero claro las bromas no se hacen esperar. Recuerdo cuando en la mesa de dominó, Teodoro, Fernando, Raúl y yo –sería mejor decir el suscrito, señor corrector– despedimos a un colega siempre ocurrente. 

Al grado de que dirigiéndose a nosotros cuatro espetó:

“Señores como ya me voy y seguramente, a mis espaldas, despotricarán.

Para evitarlo quiero decirles que mi mamá no es decente, mis hermanas trabajan en cabaret, mis hermanos son gay y yo soy un hijo de la tal por cual. 

Y para culminar, cuando trasponía la puerta, subrayó, puntualizó, que su papá, fulano de tal, era ladrón, asesino y estaba en la cárcel…”

Se cerró la puerta. 

En seguida los cuatro presentes respondimos ya que no

escuchaba; como poniéndonos de acuerdo:

“Qué bárbaro. Y todavía cree que el fulano de tal es su papá…”

Las comidas tienen jiribilla. Lo mismo hay serios, irónicos, rijosos, sin llegar a las manos; tranquilos, nerviosos. Pero hay que reconocer que todos son listos, muy listos. Pero algunos “son poco pendejos…”

Durante una de las sesiones salió a colación los epigramas sobre el día de muertos. Muchos pontificaron. Algunos recitaron estrofas. Pero sólo uno, José Carlos Robles, puso el punto final al recordar a don, con DON mayúscula, Luis Vega y Monroy, que fuera editorialista de la entonces Cadena García Valseca, desgraciadamente ya fallecido.

“Miren, reflexionó José Carlos, mi maestro don Luis Vega y Monroy no está de acuerdo en que las famosas “calaveras” tengan más de dos párrafos”.

Ah chingao, respingó alguien.

“Claro insistió mi inefable tocayo: y les voy a dar dos ejemplos clásicos, claros, precisos para que los rebatan. 

Y voy a aludir al que le dedicó a Salvador Novo, aquel “hombre” de letras, prosa y verso a quien muchos le atribuían otras virtudes poco varoniles.

Así le puso, pero nunca se publicó por la falsa moral que se vivía antaño: “A Salvador Novo: “Aquí yace el caminante…Quien amó a su semejante”

“Y aquel otro, insistió José Carlos, que le dedicó a Baltasar Dromundo. (Este, para quien no lo sepa era funcionario gubernamental. Su defecto, entre otros era tener una pierna más corta que la otra.) Así lo ideó Don Luis:

A Baltasar Dromundo: “Su mayor ventura fue…Haber estirado el pie”.

“Esas eran calaveras.

 No las que hoy elucubran con estrofas extraídas del repertorio de Paquita la del Barrio o de Lupita D’Alesio, con el debido respeto para ellas”.

En esa mesa, en donde ya se había comido y bebido, no con abundancia, pero sí con profusión, Raúl Durán Cárdenas, entonces Jefe de Redacción del ahora extinto “Novedades”, arrebató la palabra a José Carlos para señalar a todos los allí reunidos, muertos aún de risa por la ironía e inteligencia de Don Luis.

“Y qué, pero le ponen al epigrama que don Luis le hizo al entonces secretario de Hacienda Ramón Beteta, cuando trascendió que había visitado la casa de La Bandida, Doña Graciela Olmos, autora de varias canciones que hizo famosas Marco Antonio Muñiz y a él también.

No lo dejó terminar Carlos Borbolla, espléndido periodista o reportero -cómo te gusta que te digan, le pregunté– Fue ágil y me dijo: “Como a ti. ¿Cómo a mí? Sí: Carlos…

Borbolla instó a Raúl a dar a conocer el humorismo de don Luis Vega y Monroy.

Así lo escuché yo. Ojalá y no haya cambiado:

“Fue a conocido lugar

un fiscal de mucha cuenta

a fin de calificar

lo que se había de pagar

de impuestos sobre la renta

Y le dijo una beldad:

 Allí en sus datos concentre

Que, al fisco, por equidad,

le daremos la mitad

de todo lo que nos entre.

 Debo ser justo con Don Luis Vega y Monroy al añadir que colaboró para

varias publicaciones y autor de muchos libros. Fue escritor político y al mismo

tiempo humorista en serio –y en serie– y el mejor en manejar en su tiempo, a

nuestro juicio –¿verdad José Carlos Robles?– el difícil género epigramático.

Fue don Luis quien con su “Fenomenología y Metafísica del verbo chingar,

constituyó no solamente un ensayo humorístico lleno de aciertos, sino también una

búsqueda sicológica de las implicaciones que el uso de este necesarísimo vocablo

tiene en la vida del mexicano.

Teodoro Rentaría Arróyave, (le pongo el segundo apellido porque tiene

madre y un hijo del mismo nombre, cuyo segundo apellido es Villa, por doña Silvia

a quien enviamos nuestro afecto, respeto y cariño) dos veces presidente del Club

Primera Plana y también dos veces de la Federación de Asociaciones Periodísticas

de la República Mexicana (Fapermex), y hoy vicepresidente de la Felpa, no se

quedó atrás y narró el epigrama que Don Luis le hizo a Salvador Novo, cuando

hubo el rumor de que el dramaturgo se casaba con la actriz Kity de Hoyos:

“Esto, lo que voy a decir, no tiene madre. Y díganme si estoy equivocado:

Si esta unión hace el demonio

que en todo se ha de meter

¿qué es lo que va a suceder

en tan raro matrimonio?

Pues la cosa más sencilla

compartirán por igual

no sólo el pan y la sal

sino el techo

“Esto, lo que voy a decir, no tiene madre. Y díganme si estoy equivocado:

Si esta unión hace el demonio

que en todo se ha de meter

¿qué es lo que va a suceder

en tan raro matrimonio?

Pues la cosa más sencilla

compartirán por igual

no sólo el pan y la sal

sino el techo y la tortilla.

Estaba al acecho, más calmado de lo que acostumbra don Javier Martínez Rivas de prodigiosa memoria no sólo para lo malo sino también para lo bueno.

Sobrino de aquel estupendo –perdón por el adjetivo calificativo, pero bien se lo merece– jefe de información de Excélsior, Armando Rivas Torres, contra su costumbre– acaso los dos guisqueis que traía entre pecho y espalda –recordó lo que en su época de ayudante de redacción de El Periódico de la Vida Nacional ocurrió a un atildado reportero, o redactor como antaño se denominaban los elitistas, en un restaurante de moda de la entonces deslumbrante zona Rosa –hoy más subido de color inclusive no estaría de más decirle Red Zone ¿verdad Aurelio García Oliveros? Experto en divertimento citadino-.

Pues bien, decía Javier.

“En la redacción de Excélsior sonó el teléfono, uno de los dos que había en la mesa del jefe de información. Armandito, le dijo, le habla René. ¿Qué te pasa Renecito? Le preguntó Don Armando.

“Mira Armadito, estoy aquí en el “Focolare”, en la calle de Londres en donde acaba de comenzar un fuego, que nos hizo salir a todos y dejar nuestros tragos. Los bomberos acaban de llegar. Y creo que hay algunos heridos. ¿Y para qué me hablas?, volvió a inquirir don Armando. “Mira Armandito: para que mandes a un reportero a cubrir la nota, porque yo no trabajo policía…”

Bueno, lo interrumpió Fernando González Mora, que hasta el momento ya se había igualado con el grupo en su sexto jaibol. Tengo muy presente lo de aquí, en el Club, nos platicó don Víctor Velarde, que en paz descanse.

(Víctor Velarde Gorostieta, para quien no lo sepa, fue uno de los más grandes maestros del periodismo del siglo pasado. Tan tan)

Decía González Mora que una noche, en una cena del Club, Víctor platicó, a petición de Ravelo (yo) la anécdota en torno al huracán que afectó al puerto de Tampico en 1964.

“Don Víctor, entonces Secretario de Redacción también de Excélsior, estaba de guardia en la mesa de redacción. Vaya en donde se prepara el periódico. En donde se forma la Primera Plana –por eso el nombre de nuestro Club-. En donde se decide el destino de cada nota. Así de simple. Lo más importante del periódico, llámese como se llame o quiera llamársele.

“Decía que Víctor atendió el teléfono. Cabe mencionar que Vic, así le decíamos los cuates, (Yo, Ravelo, siempre lo llamé por respeto, don Víctor. Y a la fecha, como muchos, lo recuerdo con gratitud, reconocimiento y afecto). trabajaba, para completar el “chivo”, como muchos lo hacíamos antaño, en la tarde noche en Excélsior y en la mañana en la Primera Edición de Últimas Noticias. O en la entonces Segunda, comúnmente conocida como La Extra de Excélsior. Ya desaparecieron los tres.

“¿Quién habla? Preguntó don Víctor. Yo, Vic, Lorenzo. ¿Y qué te pasa? Pues no voy a poder llegar mañana a la Primera. ¿Por qué? Mira Vic, acaban de cerrarse las carreteras, el teléfono de milagro funciona. La luz ya se apagó. ¿Pero, por qué? Volvió a inquirir su jefe.

“Está entrando un huracanazo a toda madre…”

Don Víctor al narrarlo en su cena, dice Fernando, disfrutaba al máximo.

“Lo primero que hice, informó don Víctor, fue proveerme del lápiz mejor afilado. Y comencé a entrevistarlo. ¿A entrevistarlo, Vic?, le preguntaron. Claro, dijo, uno nunca deja de ser periodista, nunca deja uno de ser reportero.

“Lorenzo, le dije, casi no te oí. Dime qué sucede, con calma, porque parece muy interesante y claro impedimento para que llegues mañana a la Primera”.

Paso a paso, sin saber que lo estaban reporteando, Lorenzo narró todo. Inclusive a preguntas expresas, como cuántos portaviones americanos habían arribado a Tampico en auxilio de la población. Detalles y detalles salieron de Lorenzo para el papel, cuartilla, que llenaba a lápiz don Víctor.

Cuando, dijo don Víctor, creía tener datos suficientes, le agradeció su aviso. Y entonces Lorenzo le agradeció a su vez que no pudiera trabajar al día siguiente.

“Claro, terció Vic, cuídate mucho no te vayas a resfriar. Y Lorenzo, recordó. Vic, le informó: “No te preocupes, voy a pasarla bien con una chica…

La nota, al día siguiente, fue la principal, la de ocho columnas, en el diario. Obvio que las agencias internacionales colaboraron a dar detalles secundarios. Pero los principales los pasó “un reportero, un periodista”, a uno de verdad que había nacido para serlo.

La comida de “Los cuates” seguía en su apogeo. Chucho, Abramcito, doña Cristi no escatimaban esfuerzo por acercarnos las viandas, líquidas y sólidas. Y así provistos, nuestros recuerdos siguieron fluyendo –el gerundio destruye la prosa, corrector—.  Había un desorden muy ordenado. Ya cada quien daba su opinión. Ramón nuestro invitado ad perpetuom, gran guitarrista, acompañaba al bardo –con B de burro, no con V de vaca, corrector— Manuel Gutiérrez Oropeza, epigramista actual junto con el también poeta Roberto López Moreno, chiapaneco por excelencia, en una melancólica melodía yucateca: “tengo el pájaro azul…” A lo que algún guasón añadiría… Sí, pero de frío. “Ay, Ravelo”, gritaron de la mesa contigua. Yo, ante la risa de mis compañeros de mesa, lo negué abiertamente. Y pedí que interpretara otra. Bésame mucho, por ejemplo.

Por cierto que López Moreno, viejo, no tanto como yo, pero sí viejo periodista y de gran prosapia en las letras, se valió de que me habían señalado para pedirme que narrara lo que conté en Monterrey, cuando ambos asistimos como reporteros citadinos a una premiación en la capital Neoleonesa.

“Sácate la espina. Platícanos lo que escuchaste cuando en Excélsior eras Office boy”. Ayudante de redacción, corregí. No olvides que don Manuel Becerra Acosta estuvo de acuerdo en cambiar mi credencial que su secretaria Angelita Rock había rotulado como Office Boy.

Olvida eso Ravelo. Habla del volcán Paricutín. OK. Pero antes una breve digresión, como siempre mi apuntador Héctor Chávez Guzmán, otro ex presidente del Club, me sugiere utilizar cuando interrumpo.

Muy rápido. Le dije a don Manuel el error de poner en un periódico en español, el mejor de Latinoamérica, un título yanqui y no en nuestra lengua. 

–Qué-, me gritó el entonces subdirector de Excélsior, -quieres que te ponga director- “No, señor. Solamente Ayudante de la redacción”, como así sucedió, hasta un año después que me la cambiaron por reportero. Verdad que se siente padre, señores…

Fue muy breve, pero de mucha enseñanza.

Don Jesús M. Lozano, que en paz ya descanse como general en retiro, fue comisionado para reportear el nacimiento del volcán Paricutín, en Parangaricutirimícuaro, Michoacán.

Una noche, y esto lo narró don Víctor Velarde y lo reiteró don Roque Armando Sosa Ferreiro después, sonó el teléfono de la mesa de redacción. Era Lozano desde allá, Parangaricutirimícuaro –me salió bien, ¿verdad?- Pregunté.  

-Cállate y sigue narrando-. Me callo o hablo, pregunté. No digo lo que me respondieron todos, por pudor y respeto a mi madrecita querida, lo que les agradecía.

“En aquella época no existía algo que no fuera el teléfono para comunicarse al exterior o al interior, como quiera interpretarse. El Chato Ramírez Antuna, habitual reportero de guardia, llegó a tomar los datos. Colocó papel cuartilla en la máquina mecánica –no había de otra y comenzó a teclear-. Pero repetía las frases ante la molestia que causaban a sus forzados testigos.

Recuerdo que don Víctor contó: “En un momento, el Chato –como le decían a Ramírez Antuna– empezó así la narración de Lozano:

“Aquí, sentados en la temblorosa tierra caliente. Frente a Dios. Con un Dios que todo lo permite. Este Dios que todo lo puede…

Don Manuel, iracundo, le quitó el auricular al señor Antuna para interrumpir a Lozano a quien le dio una orden especial:

“Lozano, olvídese del Paricutín. Entrevista a Dios… pendejo…”

Y seguiremos con Mujeres Divinas. El 2.

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