Un punto de vista penal
En el espacio virtual pueden tener varios nombres, incluso, asumir la identidad de tiendas reconocidas. Utilizan fotos editadas, perfiles falsos y respuestas amables, aunque con cierto tono de urgencia respecto al producto o servicio ofertado.
Con esas estrategias ganan la confianza de compradores, quienes, emocionados por temporadas de ofertas, como el Buen Fin, transfieren dinero como anticipos o realizan la compra total. Cuando se descubre el engaño, ya es tarde.
Los estafadores apelan a las emociones, la prisa, el deseo de aprovechar una oportunidad antes que otras personas. Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2025 del INEGI, el fraude —el delito más recurrente— registra en la Ciudad de México una tasa de 10 mil 640 casos por cada 100 mil habitantes.
Las líneas del C5 —9-1-1, 089 y la Línea Antiextorsión 55 550 36 3301— han atendido este año dos mil 760 reportes, uno de cada tres proveniente de la alcaldía Cuauhtémoc. Durante la semana del Buen Fin del año pasado hubo un aumento de 34 por ciento respecto a la semana previa.
Los números revelan que todas y todos somos vulnerables. Por eso, la batalla contra el fraude se libra con cultura cívica. No hay tecnología ni patrullas que reemplacen la prudencia. La prevención, entendida como actitud, es la herramienta más poderosa para reducir el delito a su mínima expresión.
De ahí la importancia de reivindicar la duda como una forma moderna de autoprotección. Sospechar de un precio demasiado bajo, de un vendedor insistente o un mensaje sin respaldo institucional es sentido común digital. La cultura de la prevención consiste en ejercer la mesura: comparar precios, verificar direcciones web, no compartir contraseñas ni datos bancarios, desconfiar de llamadas no verificadas.
Desde el C5 fortalecemos esta visión con un decálogo de autoprotección que no pretende imponer normas, sino despertar consciencia. Entre las recomendaciones básicas están planificar las compras, evitar grandes cantidades de efectivo, vigilar las tarjetas al pagar, y, sobre todo, mantener la prudencia en las redes sociales. Publicar adquisiciones o ubicaciones en tiempo real puede parecer trivial, pero se convierte en una invitación para el delincuente. La discreción, en tiempos digitales, es una forma de blindaje.
En el ámbito virtual, la prevención pasa por reconocer los signos de alerta: sitios web sin el candado de seguridad (“https://”), correos con errores ortográficos o remitentes genéricos, mensajes con tono urgente. Un clic puede costar un salario completo. Por eso es indispensable usar tarjetas digitales, antivirus actualizados y evitar redes Wi-Fi públicas para transacciones. No es paranoia; es responsabilidad digital.
Así, el fraude podría convertirse en un delito residual, reducido a su mínima expresión.