Libros de ayer y hoy
Un Hipócrates poblano
R.I.P. Cuauhtémoc Cárdenas, ejemplo
para quien sea capaz de seguirlo.
En una transitada esquina al sur de la Ciudad de México, un hospital del ISSSTE al que acuden miles de compatriotas en busca de alivio subsiste entre las carencias de un sistema sanitario cada vez más lejos de Dinamarca y más cercano al desastre. Los responsables se lavan las manos y culpan a otros. Desde luego jamás se atenderían en las clínicas que administran.
A unos metros de la puerta del hospital, entre las hierbas y basura de un triángulo de jardín descuidado, un personaje parece mirar con desazón a la muchedumbre que espera la consulta con la paciencia de quien ha aprendido a no esperar demasiado. Unos parasoles de plástico y varios puestos de fritangas proporcionan los servicios para los que hoy no hay presupuesto institucional.
El sujeto al que me refiero es en realidad una representación. Un busto al que nadie vuelve la vista, pero el hospital lleva su nombre. Dudo que algún paciente -quizá tampoco los médicos-, lo reconozca. Es Darío Fernández Fierro y fue un pilar de la medicina mexicana. Hoy está en el olvido mientras su gran historia clínica se desvanece.
Quiero imaginar que en los corredores del Hospital General de la antigua Calzada de la Piedad, hoy avenida Cuauhtémoc, su fantasma ronda sin encontrar la paz por la decadencia de un servicio al que dedicó su vida. En aquellos pabellones que fueron orgullo del porfiriato, sus compañeros y alumnos no necesitaban mencionar sus apellidos ni sus títulos para recordarlo. Bastaba decir don Darío. Y todos sabían de quién se hablaba.
Cuando los domingos la ciudad descansaba del trajín de la semana, este médico nacido en Puebla el 17 de diciembre de 1885, trabajaba en el anfiteatro entre cadáveres. No era un forense, menos un estudiante que preparara sus exámenes, sino uno de los cirujanos más notables del país. Sabía que algunos de los secretos para salvar a los vivos podían encontrarse en la anatomía de los muertos. Examinaba nervios, músculos y vasos sanguíneos para resolver problemas que después enfrentaría en el quirófano. No era una afición macabra, sino una rigurosa disciplina científica.
Darío Fernández Fierro fue de una generación de médicos mexicanos que aprendió a operar cuando la cirugía todavía era una empresa temeraria. No había antibióticos, las anestesias podían resultar tan peligrosas como la propia intervención y una infección posoperatoria bastaba para convertir un éxito quirúrgico en una tragedia. Los cirujanos debían trabajar rápidamente para reducir los riesgos de la anestesia, pero Darío prefería la precisión a la velocidad. Manipulaba los tejidos con delicadeza y no consentía que la prisa sustituyera al conocimiento anatómico. En una época en que los cirujanos cultivaban cierta imagen de audacia casi militar, él expresaba su valentía en la paciencia.
Estudió en el Colegio del Estado en Puebla y después en la Escuela Nacional de Medicina, donde recibió una medalla de oro por sus conocimientos de anatomía. En junio de 1910 obtuvo el título de médico cirujano y partero con mención honorífica, cinco meses antes del estallido de la Revolución.
En 1911 viajó a Europa para perfeccionarse. En París y en Suiza estudió al lado de cirujanos que transformaban la especialidad. Cuando regresó a México en 1915, se incorporó al Hospital General como médico externo con un sueldo de dos pesos con cincuenta centavos diarios. Sus conocimientos eran de los grandes centros médicos europeos, pero tendría que aplicarlos en un país donde faltaban los recursos y sobraban enfermos.
Fernández Fierro hizo de la institución su casa profesional. Allí enseñó, investigó y operó durante tres décadas. En el pabellón 15 formó una generación de discípulos que contribuiría a establecer algunas de las especialidades quirúrgicas del país. Entre ellos estuvieron Abraham Ayala González, pionero de la cirugía digestiva, Aquilino Villanueva, figura de la urología, y Mario Vergara, dedicado a la cirugía torácica y cardiaca.
Darío era particularmente hábil en las operaciones de la glándula tiroides. En aquellos tiempos el bocio podía alcanzar proporciones monstruosas. Operarlo era una empresa peligrosa que podía comprometer la voz o la vida del paciente. Perfeccionó técnicas de extirpación y anestesia con el enfermo despierto: si podía hablar durante la operación, era señal de que había preservado los nervios relacionados con las cuerdas vocales.
Darío no se limitó a extirpar bocios. Estudió la distribución geográfica de la enfermedad y en 1933 publicó con Marcelo del Raso Ullrich El bocio en México, investigación que relacionó el problema clínico con la salud pública. La deficiencia de yodo explicaba buena parte de los casos y los autores propusieron agregar ese elemento al agua potable para prevenir la enfermedad, principio que después se aplicaría para añadir yodo a la sal de mesa. El cirujano que había dedicado años a perfeccionar el bisturí comprendía que una medida sanitaria podía evitar muchas operaciones.
Su curiosidad parecía no tener límites. Trabajó en cirugía del estómago, del esófago, del tórax y del cráneo. Estudió tratamientos para la neuralgia del trigémino, un padecimiento que provoca dolores faciales insoportables, y desarrolló técnicas para operar las estructuras nerviosas responsables del sufrimiento. En colaboración con Abraham Ayala González defendió procedimientos para tratar ciertas úlceras gástricas y duodenales que no siempre fueron aceptadas por algunos colegas.
También prestaba atención a detalles que otros juzgaban secundarios. Se le atribuye la introducción del verde claro en las paredes de los quirófanos para sustituir el blanco deslumbrante que predominaba y así facilitar la visión del cirujano. Exigía iluminación adecuada, un campo operatorio limpio de sangre y rigurosas medidas de asepsia.
Una de sus innovaciones revela una sensibilidad poco común. En 1932 ideó una técnica para operar a los enfermos de tuberculosis pulmonar sin dejarles una cicatriz visible en el cuello. En aquellos tiempos era una enfermedad que daba terror y aquella marca podía convertirse en un estigma para toda la vida. Darío procuraba que sus pacientes no tuvieran que llevar a la vista las huellas de su enfermedad.
La ironía es que un médico capaz de intervenciones que parecían imposibles no pudo vencer sus propios padecimientos. En 1920 contrajo la influenza española y se ausentó del hospital apenas diez días. Años después, ya quebrantada su salud, solicitó una licencia de tres meses, pero regresó al trabajo antes de cumplir dos. Murió el 12 de agosto de 1946, a los sesenta años, por complicaciones renales derivadas de la diabetes.
No pude averiguar si el médico que dedicó su vida a curar enfermos murió en el Hospital General en donde pasó treinta años al cuidado de sus compatriotas. Acaso fue así. Pero, haya muerto donde haya muerto, algo de don Darío debe permanecer todavía entre aquellos muros.
1 de noviembre de 2026




