Un punto de vista penal
@guerrerochipres
Pasos, portazos, voces elevadas terminan por expulsar a Gregorio Samsa de la vida familiar. No hay golpes, ni gritos, hay estruendo cotidiano, invasivo, persistente. En La Metamorfosis, Kafka sugiere al ruido doméstico como una fuente de poder.
Algo parecido ocurre cada diciembre en las ciudades, cuando la celebración se confunde con el estallido y la alegría se mide en decibeles. La pirotecnia y el escándalo son decisiones sociales con costos medibles y, sobre todo, evitables.
Persiste en el imaginario colectivo la idea del júbilo anclado al ruido, bajo la cual la pirotecnia se normaliza y el estruendo se justifica. Aunque cada artefacto encendido arrastra una probabilidad de daño físico, estrés colectivo y ruptura de la convivencia.
De acuerdo con el IMSS, durante la temporada decembrina las quemaduras por pirotecnia aumentan alrededor de 25 por ciento, con lesiones concentradas en manos, rostro y ojos. Niñas, niños y adolescentes encabezan los registros.
El daño no termina en la piel. El ruido constante altera el descanso, eleva los niveles de estrés y afecta de manera desproporcionada a personas adultas mayores, a quienes viven con alguna condición del espectro autista o con ansiedad y enfermedades crónicas. En el caso de los animales de compañía, el impacto es aún más evidente: desorientación, taquicardia, intentos de fuga y episodios de pánico.
Aquí el ruido deja de ser molestia para convertirse en sufrimiento.
La dimensión del ruido aparece con claridad en los reportes por escándalo atendidos desde la línea de emergencias 9-1-1. Está entre los cinco principales motivos.
Si la paz, como recordaba el filósofo y matemático noruego Johan Galtung, no es únicamente la ausencia de violencia directa, sino la presencia de condiciones que permiten la convivencia, el ruido excesivo es una forma de violencia estructural menor pero persistente.
Cada llamada a la línea operada por el C5 es la evidencia de un límite básico de civilidad fracturada: el derecho al descanso, a la tranquilidad del hogar, a una mínima armonía vecinal.
La prevención, en este escenario, no es discurso moral, sino política pública informal que empieza en casa. Existen alternativas luminosas y silenciosas que permiten mantener la espectacularidad de la celebración sin comprometer la integridad de quienes nos rodean.
Moderar el volumen de la música, evitar equipos amplificados en espacios abiertos, supervisar de manera estricta a niñas y niños y planificar los desplazamientos son decisiones con impactos reales. Considerar la vulnerabilidad de personas adultas mayores, enfermas o de animales domésticos es un acto básico de corresponsabilidad social.
Así podremos llevar la fiesta en paz.
Salvador Guerrero Chiprés es coordinador general del C5 en la Ciudad de México