Libros de ayer y hoy
Zedillo, PRI y El Universal
Ernesto Zedillo Ponce de León se convirtió en candidato presidencial en 1994
mediante un método que para nada era democrático y no protestó porque fuera
impuesto desde la residencia oficial de Los Pinos.
Fue el último beneficiado del “dedazo”. Aceptó la nominación a pesar de saber que la
decisión la había tomado una persona. No se puso a consulta quién debería sustituir
al asesinado Luis Donaldo Colosio.
Lo peor de todo es que no era bien visto en el Partido Revolucionario Institucional. Lo
toleraban porque de igual manera había llegado a la coordinación de campaña de
Colosio Murrieta.
Nunca coordinó nada, cobraba como tal. Lo detestaban la mayoría de los
colaboradores de Colosio y de distintas formas se lo hacían notar. El candidato
sonorense decidía las acciones a realizar, aunque nunca pudo actuar como quería
porque Manuel Camacho Solís le hizo sombra prácticamente todos los días de su
fallida campaña.
Una vez asesinado Colosio, vino el desconcierto entre la militancia. Existía el acuerdo
no escrito de que, si por alguna situación faltaba o no podía continuar el candidato, su
relevo en automático sería el coordinador de campaña. El problema en este caso es
que Zedillo no había funcionado como coordinador.
Entonces, hubo priístas que supusieron que podían influir en el nombramiento del
sustituto y el nombre que sonó por varios días fue el del queretano Fernando Ortiz
Arana.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que desde la residencia presidencial saliera
la instrucción de postular a Zedillo. De inmediato se empezó a operar para
encumbrarlo. Unánime el alineamiento. Nadie se atrevería a cuestionar el “dedazo” y
mucho menos el beneficiado.
Ernesto Zedillo no sabía ni sentarse ni pararse como lo mandan los cánones de la
política. Tampoco pronunciar discursos de candidatos ni lanzar el grito de campaña.
No era político sino tecnócrata. Por lo tanto, era entendible que no iba poder
comportarse como político. Nunca terminó de aprender. Si los medios no lo exhibieron
se debió quizás a dos razones: una, por el pesar que había dejado el asesinato de
Colosio y dos, por los convenios de publicidad que firmaba el partido con los diversos
medios.
Los resultados de la elección favorecieron al candidato sustituto del PRI, no por el
perfil de Zedillo ni por su campaña, sino por el impacto emocional que provocó en la
sociedad el magnicidio.
Otro ingrediente fue el levantamiento de los zapatistas en Chiapas, con demandas de
justicia que ganaron simpatías. Lo que no aceptó la mayoría de los mexicanos fue la
violencia.
Así que por el dolor del asesinato de Colosio y por reafirmar el deseo de vivir en paz,
Zedillo ganó las elecciones.
Sería ingenuo que alguien o él creyera que ganó la elección por su perfil tecnocrático.
Por más empeño que pusieron los publicistas y diseñadores de imagen, nunca fue
popular. Nadie se tragó la historia que de niño había sido bolero. ¿Y se acuerdan
cuando siendo presidente un menor le pidió una moneda y socarronamente respondió
que no traía “cash”?
En el arranque de su gobierno se le cayó la economía y en su defensa salió con el
argumento de que se la habían dejado prendida de alfileres. No faltó la sabiduría
popular que preguntó: “¿Para qué le quitas los alfileres?”.
Después, de un plumazo, reestructuró al poder judicial, quitó a todos los ministros de
la Corte y puso a los suyos, una medida nada democrática, validada por las mayorías
legislativas de su partido.
Con el PRI, mantuvo lo que llamó sana distancia, quizás en represalia al trato que le
dieron cuando fue coordinador de campaña de Colosio.
Y en cuanto a los medios, dejó huella cuando su gobierno metió a la cárcel al dueño
de El Universal con la acusación de que la empresa periodística tenía irregularidades
fiscales. La versión extraoficial fue que en alguno de sus encuentros sintió que el
propietario le había faltado al respeto.
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