Filosofía sin escrúpulos
Esta ciudad está a solo cuatro días de inaugurar el tercer Mundial en su historia y todo lo que hemos vivido en las semanas previas ha terminado por convertirse en una metáfora demasiado precisa de lo que lleva décadas ocurriendo en la Ciudad de México. No se trata del fútbol ni del entusiasmo legítimo que genera recibir uno de los eventos más importantes del planeta. Tampoco del orgullo de abrir nuevamente una Copa del Mundo. Se trata de algo mucho más profundo: de la incapacidad de convertir una oportunidad extraordinaria en una estrategia de largo plazo.
Sabíamos que este momento llegaría. No desde hace unos meses ni desde que comenzaron las cuentas regresivas y aparecieron las campañas institucionales. Lo sabíamos desde hace 8 años. Tiempo suficiente para haber imaginado una ciudad distinta, para haber construido infraestructura útil para el evento pero todavía más útil para quienes viven aquí todos los días, para haber aprovechado el reflector internacional como detonante de transformación urbana, movilidad eficiente, recuperación del espacio público y desarrollo económico.
El primero es entenderlos como una plataforma para acelerar cambios que de cualquier manera una ciudad necesita. Prepararse para recibir al mundo no significa decorar la ciudad para que salga bien en las fotografías; significa aprovechar el momento para resolver problemas estructurales. Construir infraestructura que permanezca, rediseñar la movilidad para que funcione después del último silbatazo, fortalecer zonas que han quedado rezagadas, generar cadenas económicas locales y convertir una coyuntura temporal en una política de desarrollo permanente.
Hay ciudades que han entendido esto. Ciudades que usaron eventos internacionales para expandir sistemas de transporte, regenerar barrios completos, atraer inversión sostenida y mejorar la calidad de vida de quienes ya vivían ahí mucho antes de que llegaran los turistas. Entendieron que el legado de un mundial no debía medirse por la ceremonia inaugural sino por lo que ocurriría diez años después.
La segunda alternativa la conocemos mejor. Consiste en dejar pasar el tiempo hasta que de pronto alguien recuerde que el evento ya está encima y entonces comenzar una carrera de último minuto para aparentar preparación. Aparecen los planes emergentes, las obras aceleradas, las soluciones provisionales y la obsesión por intervenir aquello que será visible para quien viene de fuera. Se arregla lo que sale en cámara, se pinta lo que se alcanza, se coloca señalética temporal, se inauguran proyectos a medias y se presenta todo como una transformación histórica.
Una ciudad donde de pronto aparecieron obras simultáneas, cierres, remodelaciones, puentes peatonales, cambios de circulación, intervenciones urbanas y una narrativa institucional que parece más preocupada por mostrar actividad que por demostrar planeación. Una ciudad donde el esfuerzo parece concentrado en generar una percepción de preparación mientras la experiencia cotidiana de quienes habitan aquí se vuelve cada vez más difícil.
Y quizá por eso el malestar que se percibe no tiene tanto que ver con el mundial. Sería injusto reducirlo a eso. El enojo tiene que ver con algo más profundo: con la sensación de que una vez más se perdió una oportunidad.
Porque quienes vivimos esta ciudad sabemos reconocer cuándo una obra responde a una visión y cuándo responde a la urgencia. Sabemos distinguir entre transformar y maquillar. Entre planear y reaccionar.
Y ahí aparece una pregunta incómoda: si ocho años no fueron suficientes para preparar un evento que conocíamos con tanta anticipación, ¿qué nos hace pensar que sí estamos construyendo una ciudad capaz de responder a los desafíos de los próximos veinte?
Los programas sociales han sostenido a muchas familias y sería un error minimizar su importancia. Pero ninguna transferencia sustituye una ciudad funcional, una economía dinámica o una visión de futuro. Ningún apoyo puede compensar indefinidamente la falta de planeación.
Cuando termine el mundial, cuando se apaguen las luces, cuando los visitantes regresen a casa y cuando el morado y los ajolotes desaparezcan de la conversación pública, lo único que realmente importará será responder una pregunta muy simple:
¿La ciudad quedó mejor para quienes vivimos aquí?
Porque si la respuesta es no, entonces no habremos organizado un mundial. Solo habremos organizado otro gran evento para administrar la improvisación.