Carlos Ravelo Galindo, afirma: 

Ella nuestra amiga la doctora,terapeuta,escritora e inteligente amiga, doña Rosa Chávez Cárdenas, desde la Perla Tapatia, insiste que anteayer fue, en USA ¡Dia de gracias. 

Y enseguida, su pregunta:

¿y tú de que vas a dar gracias?

Y la respuesta, de ella, acertada, como siempre.

Nosotros, con sencillez demos gracias de todo.

Antes un preámbulo.

Nuestros vecinos, celebran el Thanksgiving Day, el Día de Acción de Gracias. 

Es una fiesta nacional celebrada en Estados Unidos. 

En Canadá lo celebran la segunda semana de octubre. 

Lo celebraron por primera vez en 1621 los pobladores de la colonia de Plymouth. 

Estos colonizadores, que más tarde fueron llamados Peregrinos, salieron de Inglaterra, deseaban separarse de la Iglesia. 

Buscaban adorar a Dios con más libertad sin tanto castigo. Salieron de Inglaterra, se establecieron en Holanda en 1608.  Continuaron el viaje y llegaron a la de colonia de Jamestown, Virginia, en América del Norte. 

Sin embargo, una tormenta los sacó de su ruta y en noviembre de 1620 se establecieron en Plymouth Massachusetts. 

El primer invierno fue de grandes penurias, más de la mitad de la colonia murió de hambre. 

 Los que sobrevivieron continuaron en lucha, y los nativos los enseñaron a sembrar, maíz. En otoño de 1621 tuvieron una buena cosecha, de manera que el gobernador Bradford dedicó un día para dar gracias al Señor después de haber recogido el fruto de su trabajo y comieron Turkey, el pavo que había llegado de Turquía, se criaba en el campo.

Me puse a reflexionar, la mayoría PIDE y espera pacientemente a que Dios solucione sus problemas y les mande dinero para comprarse el carro o la casa. Pero no tenemos la costumbre de dar gracias.

Cuando tienen un buen año en la cuestión económica hasta se sienten culpables, con eso de que traemos en el inconsciente que ningún rico entrará en el reino de los cielos y la verdad, yo como Santo Tomás: “ver para creer” eso del reino de los cielos nadie ha regresado para decirnos si existe.

Hoy que cocinaba un delicioso guisado, me dieron ganas de invitar a todos a mi mesa y decir salud con un tequila.

Gracia por estar. Di las gracias por no rendirme, no ha sido fácil, nada me ha caído del cielo. Mastiqué lentamente. 

Gracias también porque puedo escuchar a los que sufren. También por la música que nos despierta los sentidos y logra que sienta mariposas en el cuerpo y por transportarnos a bellos momentos que conservamos en lai memoria, 

Por tener salud y ayudar a otros con mis conocimientos a que la recuperen y también a que recuperen la seguridad y confianza perdida. 

Por ser tan insistente en que no solo de fármacos vive el hombre sino de aquello que se lleva a su boca y de lo que ejercita su cuerpo.

Demos gracias por el placer de hacer el amor y conectarse con la persona amada. 

Por los hijos que afortunadamente tienen trabajo, del que se enfermó de Covid y aunque usted no lo crea se recuperó con Homeopatía, por mis nietos y los agradecimientos que me hacen y como quieren a su padre que se ha partido la madre para darles una buena educación. 

También por todos los que han mantenido su salud durante la pandemia. 

Y tu ¿De qué quieres dar gracias?

Tiene razón la Lechucita, en su pregunta. Y respondemos, con humildad:

De todo lo que nos han dado, nos han quitado. De nacer, de vivir y, cuando suceda, de morir.

Al respecto, otra escritora, Gaby Vargas, nos dice que la mortalidad es también una oportunidad para el crecimiento espiritual si no nos atoramos en el sufrimiento y nos aferramos a él, al grado de volvernos personas rígidas o amargadas.

El caos no garantiza un despertar o una profundización. Eso depende de cada persona, he ahí el libre albedrío. 

Lo cierto es que nada dura mucho tiempo. Para bien o para mal, todo está sujeto a la impermanencia. 

Mientras esto pasa, vayamos tras el orden, tras la congruencia, tras la apreciación de lo “bueno” dentro de lo “malo”, porque entre más lo hagamos, mejor será la vida.

La pandemia nos ha vueltos más conscientes de nuestra mortalidad. Pero es también una oportunidad para el crecimiento espiritual.

Su nombre, Siddhartha, significa “todos los deseos cumplidos”. Su padre, un gran rey de Nepal en el siglo VI a.C., quien decidió resguardar a su hijo como en un capelo y alejarlo del mundo para evitarle cualquier tipo de sufrimiento. 

El príncipe creció rodeado de sirvientes, jardines y flores. 

Te hablo de Siddhartha Gautama, mejor conocido como el Buda.

Un día, al joven Siddhartha le asaltó la curiosidad acerca de lo que sucedía más allá de las paredes del palacio. 

Entonces convenció al cochero de llevarlo, a escondidas de su padre, al exterior para conocer a las personas a las que un día gobernaría.

En el camino encontró a un hombre viejo que cojeaba y se quejaba de dolor. —¿Por qué se queja? —Siddhartha preguntó al cochero.

—Porque está viejo y enfermo, por lo tanto, sufre.

El príncipe no sabía de la existencia del sufrimiento.

—¿Eso me sucederá a mí? —inquirió de nueva cuenta.

—Sí, su majestad. A todos tarde o temprano nos llega la vejez.

Después de conocer la vejez, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, sintió dolor al descubrir que nada podía hacer para aliviar a las personas.

 “¿De qué sirve ser el más poderoso del reino? Necesito encontrar algo más allá que esto, porque si no, todo carece de significado.”

Siddhartha escapó del palacio para buscar ese algo más, un despertar, y convertirse en un monje asceta. Por años se privó al extremo de todo placer sensorial, vivió el sufrimiento al extremo. 

Sin embargo, se dio cuenta de que ese tampoco era el camino para despertar. 

La vida normal es suficiente para recibir las lecciones necesarias. 

Lo que conviene es encontrar el camino medio que permita la experiencia del orden y del caos, para aprender, desarrollarnos y despertar.

El orden y el caos son opuestos fundamentales que debemos aceptar como parte esencial de la vida. 

En el momento que escribo esta entrega, percibo el sonido insistente de una cierra eléctrica, al mismo tiempo que el canto alegre de un pájaro, como una muestra de esta ley irrefutable.

Cuando reina el orden y la armonía, todo fluye. Sin embargo, cuando el caos llega repentinamente, disuelve aquello con lo que nos habíamos identificado y aparece en una gama distinta de formas y tamaños. 

Algunos sucesos, desde extraviar unas llaves, perder un avión, tener un desacuerdo familiar, padecer una enfermedad, vivir una separación, hasta una pandemia, un desastre natural o bien la pérdida de un ser querido, nos pueden precipitar en el caos. 

De la nada, el orden se convierte en desorden, sobreviene un caos mental, emocional o espiritual. Como si al tapete que representa nuestra vida le hicieran un agujero. 

Al principio es doloroso y molesto, sin embargo, ese hoyo, como en el caso de Siddhartha Gautama, puede representar un despertar.

 El factor disturbante se puede percibir como algo “malo”, pero tomemos en cuenta que lo que llamamos “bueno” puede ser tan cómodo que nos ate a vivir estancados y dormidos.

La pandemia nos ha vueltos más conscientes de nuestra mortalidad. 

Es también una oportunidad para el crecimiento espiritual si no nos atoramos en el sufrimiento y nos aferramos a él, al grado de volvernos personas rígidas o amargadas.

El caos no garantiza un despertar o una profundización; eso depende de cada persona, he ahí el libre albedrío. 

Lo cierto es que nada dura mucho tiempo. Para bien o para mal, todo está sujeto a la impermanencia. 

Mientras esto pasa, vayamos tras el orden, tras la congruencia, tras la apreciación de lo “bueno” dentro de lo “malo”, porque entre más lo hagamos, mejor será la vida.

La pandemia nos ha vueltos más conscientes de nuestra mortalidad. Pero es también una oportunidad para el crecimiento espiritual.

Con ferviente reconocimiento a ellas, por sus atinados consejos.

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