CIUDAD DE MÉXICO., 24 de mayo de 2020.- El cabalístico viernes 13 de diciembre de 2019, en el Palacio Pontificio del Vaticano, todo estaba listo para la solemne e impresionante ceremonia en la que el Papa Francisco recibiría la Carta Credencial del nuevo Embajador de México ante la Santa Sede, Alberto Barranco Chavarría.

A las 10 de la mañana en punto, frente a la embajada de México, ubicada en Vía Ezio número 49 en Roma, Italia, las cámaras de seguridad del inmueble registraban la llegada de un automóvil último modelo, negro, portando a los costados las banderas de México y del Vaticano.

Una patrulla de la Policía italiana lo escoltaba y ambos esperaban la aparición del nuevo embajador mexicano para conducirlo hasta el Palacio Pontificio. Alberto Barranco, destacado historiador y periodista, debutaba ahí como Embajador.

Impecable en el vestir con su frac con chaleco negro, apareció sereno ante quienes lo esperaban. Escondía, sin embargo, esa gran emoción que un nombramiento de esa talla le produce a quien lo ha ganado a pulso… y también, esa clara y justa preocupación inherente a la certeza del peso que la responsabilidad enorme de representar a México significa para él, y para cualquiera. Al llegar al Palacio Pontificio, fue recibido por una escolta de la Guardia Suiza y dos voluntarios de la Santa Sede, que son quienes se encargan de conducir al visitante distinguido hasta la Oficina Principal del Pontífice.

Así, sin pérdida de tiempo, el Jefe de Protocolo le ofreció una breve, pero cordial bienvenida. Es muy posible que, en sus años mozos, Alberto Barranco jamás imaginara que, siendo monaguillo de la Parroquia de San Cosme, en la colonia San Rafael de la Ciudad de México, su lealtad y la fe le llevarían, años más tarde, a convertirse en el representante del país al que tanto ama y en la Santa Sede.

Con un gesto de total fraternidad y cordialidad, el Papa Francisco saludó de mano al Embajador mexicano, así como a los principales funcionarios diplomáticos que prestan sus servicios en la embajada de México en El Vaticano.

Ellos ya le habían manifestado su respeto y admiración. La ceremonia era muy emotiva. Como parte del protocolo diplomático establecido, el nuevo embajador mexicano y sus acompañantes entregaron al Papa Francisco algunos obsequios, entre ellos, una medalla de plata con la imagen de la Virgen de Guadalupe. El alto Prelado la tomó entre sus manos y la besó, en señal de respeto.

Los visitantes le ofrecieron también una canasta de dulces regionales mexicanos, los de amaranto, conocidos como “alegrías”, que habían sido especialmente elaborados para él, por un artesano mexicano de Tláhuac, confitados con aderezo de nueces, piñones y almendras. 

La entrevista completa en Quadratín Michoacán