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La inteligencia artificial está transformando silenciosamente las reglas de la competitividad empresarial. Mientras algunas compañías se apresuran a incorporar herramientas tecnológicas para reducir costos, automatizar procesos y aumentar su productividad, otras todavía observan el fenómeno con una mezcla de curiosidad, desconfianza y preocupación. Sin embargo, el verdadero debate no debería centrarse exclusivamente en cuánto trabajo puede realizar una máquina, sino en qué capacidades humanas debemos fortalecer para competir en una economía que está cambiando a una velocidad sin precedentes.
El Massachusetts Institute of Technology (MIT) publicó el pasado 13 de agosto un documento que merece la atención del sector empresarial mexicano: Report of MIT’s Ad Hoc Committee on AI Use in Teaching, Learning, and Research Training. Aunque su propósito original es analizar las implicaciones de la inteligencia artificial en la educación universitaria, sus conclusiones ofrecen una reflexión que trasciende las aulas y alcanza directamente a las empresas, sus directivos y las organizaciones que representan al sector productivo.
Una de sus ideas más relevantes es privilegiar el fortalecimiento de las capacidades humanas sobre su automatización. El informe advierte que una dependencia excesiva de estas tecnologías puede debilitar el pensamiento crítico, la memoria, la confianza y la capacidad para resolver problemas de manera independiente.
Traslademos esta preocupación al mundo empresarial.
¿Qué sucederá cuando los ejecutivos comiencen a delegar sus análisis estratégicos a sistemas de inteligencia artificial sin cuestionar sus resultados? ¿Qué pasará con los jóvenes profesionistas que aprendan a generar informes, diagnósticos y propuestas sin desarrollar previamente las habilidades necesarias para comprenderlos? ¿Estaremos construyendo empresas más inteligentes o simplemente organizaciones cada vez más dependientes de la tecnología?
La diferencia no es menor.
Durante décadas, el éxito empresarial estuvo vinculado a la experiencia, la capacidad de anticipación, el conocimiento del mercado y, particularmente, al criterio de quienes toman decisiones. Hoy esas cualidades siguen siendo indispensables, pero enfrentan el desafío de convivir con herramientas capaces de procesar enormes cantidades de información en segundos.
La tecnología puede identificar tendencias, construir escenarios y acelerar procesos. Lo que no debemos permitir es que su utilización termine desplazando la responsabilidad humana de interpretar la realidad, asumir riesgos y responder por las consecuencias de las decisiones.
El documento del MIT recupera una reflexión de los economistas Daron Acemoglu, David Autor y Simon Johnson sobre la necesidad de desarrollar una inteligencia artificial orientada a fortalecer al trabajador, permitiéndole realizar mejor sus tareas, asumir nuevas responsabilidades y adquirir conocimientos adicionales.
Esta perspectiva debería convertirse en una referencia para las empresas mexicanas.
La competitividad del futuro no dependerá solamente de cuántas actividades logremos automatizar, sino de cuánto talento humano seamos capaces de potenciar.
Y aquí aparece uno de los grandes desafíos nacionales.
México enfrenta una oportunidad extraordinaria para incorporar inteligencia artificial a sus procesos productivos, particularmente en las micro, pequeñas y medianas empresas, que constituyen la inmensa mayoría de los establecimientos económicos del país. Sin embargo, la transformación tecnológica puede convertirse también en un nuevo factor de desigualdad empresarial.
Las grandes corporaciones cuentan generalmente con mayores recursos para adquirir tecnología, contratar especialistas y transformar sus modelos de negocio. Muchas empresas de menor tamaño, por el contrario, enfrentan restricciones financieras, limitaciones de capacitación y dificultades para identificar aplicaciones concretas que generen valor.
Si esta brecha continúa ampliándose, corremos el riesgo de consolidar una economía con dos velocidades: empresas altamente digitalizadas, capaces de competir internacionalmente, y miles de negocios que perderán productividad y oportunidades de crecimiento.
Por ello, la adopción de inteligencia artificial no puede quedar reducida a una decisión individual de cada empresa. Debe convertirse en un componente de una estrategia nacional de competitividad, con participación del sector privado, universidades, organismos empresariales y autoridades.
El MIT plantea también la necesidad de revisar los modelos tradicionales de enseñanza y evaluación. No basta con incorporar nuevas herramientas; es indispensable preguntarse qué conocimientos deben desarrollarse, cómo se adquieren y de qué manera se comprueba que realmente existen.
La misma lógica debería aplicarse en nuestras organizaciones.
Capacitar a un colaborador para utilizar una plataforma de inteligencia artificial no equivale a prepararlo para enfrentar los desafíos de una economía digital. Las empresas necesitan profesionales capaces de formular buenas preguntas, identificar errores, evaluar información, comprender contextos y construir soluciones originales.
La formación del talento debe evolucionar desde la simple ejecución de tareas hacia el desarrollo del pensamiento estratégico, la creatividad, la colaboración y la capacidad de adaptación.
Esto implica también una responsabilidad para los empresarios.
No podemos exigir trabajadores preparados para el futuro si nuestras propias organizaciones mantienen estructuras de capacitación diseñadas para el pasado. Tampoco podemos reclamar mejores condiciones de competitividad mientras consideramos la formación del capital humano como un gasto prescindible y no como una inversión estratégica.
Pero existe otra dimensión que merece especial atención: el impacto social de la inteligencia artificial.
La sustitución de determinadas actividades, la transformación de perfiles profesionales y la posible desaparición de algunas funciones pueden generar tensiones laborales y económicas. Ignorarlas sería tan irresponsable como pretender detener el avance tecnológico.
El desafío consiste en anticiparlas.
Las empresas deben comenzar a identificar qué puestos cambiarán, cuáles nuevas competencias necesitarán sus trabajadores y cómo pueden establecer programas de reconversión laboral antes de que la transformación tecnológica se convierta en un problema de desplazamiento y exclusión.
En este terreno, los organismos empresariales tienen una oportunidad para asumir un liderazgo que vaya más allá de la representación tradicional de intereses.
Instituciones como COPARMEX, las cámaras industriales y comerciales y las asociaciones profesionales pueden impulsar agendas de capacitación, facilitar el acceso de las MiPyMEs a herramientas tecnológicas, promover alianzas con universidades y participar activamente en el diseño de políticas públicas que favorezcan una transición responsable.
La discusión sobre inteligencia artificial debe ocupar un lugar prioritario en la agenda empresarial y en el diálogo con el gobierno. No solamente por sus implicaciones económicas, sino porque está en juego la capacidad de México para formar talento, atraer inversiones y construir empleos de mayor valor agregado.
El documento del MIT deja una enseñanza particularmente valiosa: frente a una transformación de esta magnitud, las instituciones necesitan actuar con audacia, pero también con humildad, reconociendo que ninguna respuesta será definitiva y que será necesario aprender, evaluar y corregir continuamente.
Esa combinación debería orientar también al empresariado mexicano.
No necesitamos empresarios que teman a la inteligencia artificial ni directivos que la adopten de manera irreflexiva. Necesitamos líderes capaces de comprenderla, aprovecharla y, sobre todo, gobernar su utilización con responsabilidad.
La inteligencia artificial puede convertirse en uno de los instrumentos más poderosos para elevar la productividad y la competitividad de México. Pero su verdadero valor no estará en sustituir personas, sino en ampliar sus oportunidades y capacidades.
El gran riesgo para México no es que las máquinas aprendan a pensar cada vez mejor. Es que nuestras empresas, nuestros directivos y nuestras instituciones renuncien a hacerlo por sí mismos.
Y esa es una decisión que todavía está en nuestras manos.
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Carlos Chávez de Icaza es consultor senior en comunicación estratégica, relaciones públicas y relacionamiento empresarial e institucional, con más de 35 años de experiencia construyendo vínculos entre empresas, organismos empresariales, medios de comunicación y actores de la vida pública de México.