Hola Paisano
¿Cuál es el riesgo natural o climático que las autoridades electorales podríamos estar subestimando de cara a los próximos diez años?
La pregunta fue planteada a Erik Asplund, Senior Advisor de IDEA Internacional, durante la Cumbre 2026 Resiliencia, Cooperación e Integridad: Elecciones en el siglo XXI, celebrada en la Ciudad de México y organizada por el INE. Su respuesta fue directa: las olas de calor.
La advertencia merece atención. El informe Managing Natural Hazards and Climate Risks in Elections, de IDEA Internacional, documenta que entre 2006 y 2025 al menos 94 elecciones y referendos en 52 países fueron afectados por amenazas naturales. Sólo en 2024, fenómenos meteorológicos extremos incidieron en al menos 23 procesos electorales de 18 países.
México ofrece una experiencia relevante. Durante las elecciones de 2024 enfrentamos temperaturas extraordinariamente altas. El estudio Heatwaves and the 2024 General Elections in Mexico destaca que, pese a los desafíos logísticos y climáticos, el Instituto Nacional Electoral (INE) y los organismos públicos locales electorales logramos instalar 99.85% de las casillas previstas.
Sin embargo, nuestros instrumentos de gestión de riesgos contemplan incendios, inundaciones, lluvias intensas, caída de ceniza volcánica y fenómenos geológicos, pero no específicamente las olas de calor. Superar exitosamente una contingencia no significa haber estado suficientemente preparados para ella.
Filipinas ofrece otra advertencia. En sus elecciones de mayo de 2025, los índices de calor alcanzaron entre 42 y 47 grados Celsius en diversas regiones, afectando la logística, las campañas y actividades de la jornada electoral. Aunque la autoridad electoral adoptó medidas de adaptación, IDEA Internacional identificó que sus marcos de gestión de riesgos todavía no incorporaban sistemáticamente los riesgos asociados al calor.
México también ha enfrentado otras contingencias. La pandemia de COVID-19 obligó a suspender temporalmente los procesos electorales locales de Coahuila e Hidalgo, a acelerar la implementación del trabajo virtual y a desarrollar protocolos para numerosas actividades. El huracán Otis, en 2023, requirió ajustes operativos durante el Proceso Electoral 2023-2024.
Estas experiencias demuestran que la resiliencia electoral no comienza ni termina el día de la elección. Implica preservar las funciones que permiten ejercer derechos: actualizar el padrón, credencializar, capacitar, distribuir materiales, operar sistemas y comunicaciones, instalar casillas, recibir votos, computarlos y garantizar resultados ciertos.
Debemos transitar, por ello, de reaccionar frente a las emergencias a anticiparlas, reducir vulnerabilidades y asegurar la continuidad integral de la función electoral.
La tecnología puede contribuir. México cuenta con una Estrategia Institucional de Voto Electrónico 2026-2036. Las urnas electrónicas, el voto por internet y la inteligencia artificial pueden ofrecer alternativas y herramientas para anticipar riesgos y mejorar la planeación. Pero digitalizar no equivale automáticamente a ser resilientes: la innovación requiere supervisión humana, ciberseguridad, protección de datos, auditabilidad, trazabilidad, accesibilidad, certeza y confianza ciudadana.
Durante su exposición en la Cumbre, Asplund planteó siete lecciones: anticipar riesgos; preparar alternativas y capacidades de respaldo; planear frente a riesgos compuestos y en cascada; asegurar flexibilidad legal, proporcional y transparente; colaborar antes y durante las crisis; comunicar temprana, clara y consistentemente; y proteger la participación en condiciones de igualdad.
Entre sus recomendaciones hay una particularmente sugerente: concebir las elecciones como infraestructura crítica. Ello exige incorporar la continuidad electoral al diseño institucional, la planeación, los recursos y la coordinación con otras autoridades.
Si las olas de calor son uno de los riesgos que podemos estar subestimando para la próxima década, no debemos esperar a que una elección nos demuestre sus consecuencias. La experiencia comparada advierte que fenómenos antes considerados excepcionales pueden convertirse en condiciones cada vez más frecuentes para organizar elecciones.
El reto es incorporar esa realidad desde ahora a nuestra planeación: identificar vulnerabilidades, construir capacidades de respaldo, fortalecer la coordinación institucional y asegurar que, aun frente a una contingencia, la ciudadanía pueda ejercer sus derechos en condiciones de igualdad y certeza.
Pensar las elecciones como infraestructura crítica implica asumir que su continuidad debe protegerse antes de una emergencia. Anticiparnos hoy puede ser la diferencia entre reaccionar ante una crisis o garantizar que, incluso frente a ella, la democracia siga funcionando. Porque una democracia resiliente necesita también instituciones electorales resilientes.




